No fumarán ni los malos. Un porro será como un chute de heroína en un cuarto mugriento con sujetos terminales. El cigarro pasando de boca en boca, las babas… un asco. El beso de la pareja protagónica cobrará inusitada fuerza erótica, como antaño, cuando Bogart estrechaba en sus brazos a Bacall, la miraba fijo y le estampaba sus labios sin abrir la boca. Nada de lenguas, eso es para la ciencia con escafandra. Los desnudos volverán a ser obscenos, no por pudor sino por exhibir un total descuido y falta de salud. Las ciudades perderán peso visual. Se volverá al interiorismo, a lo que sucede dentro de las cuatro paredes. Los extras y la gente serán exclusivamente electrónicos, efectos digitales. Para qué exponer personas a la contaminación si las podemos reproducir por computadora. En esta nueva normalidad en la cual todos somos bandoleros en la calle, el velo de la mujer en el islam se anotó un punto por anticipatorio. Las actuaciones volverán a centrarse en los ojos: verdes, grises, azabaches. Nos cansarán con películas de maltrato al medio ambiente. Nos cansarán con variaciones sobre contagios y pandemias. Pixar sacará una encantadora animación de virus contra bacterias. Ni los detectives, ni los bomberos volverán a ser protagonistas: los buenos ahora llevarán guardapolvo blanco. La pregunta sobre Dios será si vive o no en un tubo de ensayo. El horror ante lo que veíamos (una explosión, un avión estrellándose contra un edificio) cederá paso ante lo microscópico, lo invisible. El horror ya no se verá: se intuirá. La nueva corrección y el nuevo héroe apuntarán a la previsión. Hacia un mundo más sano, basado en la ciencia. En definitiva, un cine de mierda.

