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    El pensamiento comunista

    Sr. Director:

    Querría referirme a una carta de los lectores aparecida en la última edición de Búsqueda titulada “El Pensamiento Comunista”. En ella se nos acercan los aportes de Noam Chomsky, un experto en lingüística del MIT y referente mundial del neocomunismo, amén de otras consideraciones de cosecha propia del autor de la carta acerca de la temática de referencia.

    Chomsky es ese mismo personaje que hacia fines de los años 70 lideró el negacionismo del genocidio camboyano a manos de los hordas comunistas de los jemeres rojos de Pol Pot (1.700.000 personas masacradas), relativizando y poniendo en duda las terribles denuncias que hiciera el sacerdote francés François Ponchaud. La estrategia usada fue la de siempre y consistió en relativizar hasta el extremo de la negación las denuncias que acusan al genocidio comunista, anteponiendo otras, en donde siempre se sienta en el banquillo de los acusados al imperialismo americano. Chomsky tardó muchos años en aceptar plenamente el genocidio camboyano. Idéntica estrategia aplicó para relativizar el atentado de las Torres Gemelas. Reconoció que fueron grandes atrocidades pero colocándolas en un mismo grado de prelación con la política exterior americana, frente a la cual y en su concepto, el atentado queda reducido a una minucia. Una manera de comparar lo incomparable y de justificar lo injustificable; en suma, nada nuevo bajo el sol tratándose de estrategias usadas hasta el cansancio por los voceros del comunismo.

    Según el autor de la carta, este personaje aporta al pensamiento comunista la idea de que el colapso de la URSS no estuvo tan mal: “…la caída del llamado campo socialista fue de alguna manera una liberación para el pensamiento de la humanidad en tanto permitió volver a la fuente original de los problemas” A ver si entendemos: que fue una liberación, de acuerdo, pero aparentemente no lo fue como consecuencia de haber permitido derribar el muro del oprobio, no como consecuencia de haber echado a tierra un régimen liberticida y atroz, no como consecuencia de haber hecho justicia con los tiranos de Rumania, sino para que los intelectuales comunistas pudieran volver a visualizar la fuente original de los problemas, es decir: el capitalismo. Ahora el pensamiento de la humanidad (léase Chomsky y sus discípulos) gozarán de mayor impunidad para cuestionar al sistema, al verse liberados de defender aquello que era francamente indefendible. Bien podría haber dicho algo similar un nazi en 1946 y congratularse de la caída del III Reich, para poder reeditar libremente una nueva versión del pensamiento nazi, al haber cortado amarras con las barbaridades de Hitler.

    En la referida carta, se nos expresa que el mencionado autor resucita el viejo postulado trotskista de la “revolución permanente”, que se oponía a la tesis leninista y stalinista del socialismo en un solo país y resurge así la idea de que el comunismo no es posible si no se instala en todo el planeta, ya que resulta perdidoso en la competencia con la economía de mercado. El retorcido razonamiento invoca a los maestros fundadores, Marx y Engels, (¿maestros?, ¿a esta altura todavía maestros?, ¿maestros de qué?), quienes se habrían encargado de probar hasta el cansancio que dicha situación de competencia no sería sostenible. No se parte de la base de reconocer que la planificación central y la colectivización de la economía es un enorme disparate que derivó en hambrunas generalizadas en todos los lugares donde se llevó a la práctica, sino que se estriba en determinadas ventajas que exhibiría la economía burguesa (en particular la de los países desarrollados) sobre la economía comunista (en la atrasada Rusia) en virtud de las cuales la primera siempre primará sobre la segunda, a menos que desaparezca. En conclusión, el comunismo solo es posible si abarca todo el planeta. Mientras esta no sea la realidad, no será válida ninguna crítica al comunismo y después que sea una realidad, claro está, menos aún, pero por otras razones desgraciadamente muy conocidas.

    Por increíble que parezca, en el mismo sentido van las declaraciones de Juan Castillo a radio Sarandí del viernes 2 de junio a la hora 8:45. Preguntado por el periodista acerca de qué aportaba ser comunista hoy, a la luz de los reiterados fracasos del comunismo, Castillo alega que el “capitalismo” (algo así como el Partido Capitalista por oposición al Partido Comunista) gobierna el mundo y en este estado de cosas “… a nosotros hasta ahora no se nos dio la oportunidad de gobernar el mundo”. Esto es: Pinky y Cerebro… pero no en una tira cómica para niños sino en la realidad. Esta gente va por más; va por todo.

    Sigue la carta diciendo que “los viejos comunistas cometen el grave error de no reconocer que los comunistas que hicieron posible la Revolución de Octubre fueron asesinados por quienes creyéndose iluminados vanguardistas construyeron un Estado…”. Los que creyéndose iluminados vanguardistas construyeron ese Estado, cometieron crímenes bastante más importantes que el mero hecho de haberse fagocitado a los propios revolucionarios. ¿Cómo es que no se menciona al Holodomor, a la Siberia y a los gulags? ¿Se admite o se niega que el comunismo costó al menos decenas (sino cientos) de millones de víctimas; varias veces superiores en número a las del nazismo? Y cuando se invoca a esos “maestros” siempre vigentes, fuentes de permanente inspiración, cuando se afirma con esa frivolidad rampante que está bueno que la URSS haya caído porque así se vuelve a poner el talento comunista al servicio del análisis de la fuente original de los problemas, ¿no se siguen creyendo tan iluminados vanguardistas como los que crearon el Estado soviético? La verdad es que quienes llamándose comunistas, todavía hoy, reclaman el dominio del mundo para probar sus nuevas tesis (que son más o menos las mismas de siempre), son doblemente responsables de los mismos errores de Stalin. Persisten en confiar en su inspiración, aún después de que la historia demostrara que sus antecesores ideológicos no solo no fueron iluminados, sino por el contrario, equivocadísimos doctrinarios, que al perseverar en el dogma se convirtieron también en asesinos.

    El pensamiento comunista se ha convertido en la ideología de las masacres. Claudio Fantini en su última columna de “El País”, también del 2 de junio, nos informa que el conspicuo referente del Partido Comunista argentino, Atilio Borón, reconocido sociólogo y politólogo graduado en Harvard, le reclama públicamente a Nicolás Maduro que “aplaste” la rebelión; lo que para Fantini, dada la situación de los enormes contingentes de personas en las calles de las ciudades venezolanas, implica una sola cosa: la masacre. Para el prestigioso columnista, esto no tiene nada de nuevo y se insertaría de producirse, en la conocida serie de brutales represiones: Hungría en 1956, la Primavera de Praga en 1968 o en 1989 la Tiananmen del sanguinario comunista Li Peng.

    El comunismo plantea una idea atractiva pero equivocada. Por ser atractiva, seduce y fanatiza y por ser equivocada convierte en criminal al fanático que la lleva hasta sus últimas consecuencias. Tal es el llamado “Pensamiento Comunista” y tal ha sido su triste historia hasta nuestros días.

    Pero el pensamiento comunista es también la ideología de las tiranías: Lenin, Stalin, Mao, Fidel, Pol Pot, Ceaucescu, Jaruselki, Nyýazow, Maduro, Kim Jong un (su padre y su abuelo). El pensamiento comunista es antidemocrático por definición, a pesar de que siempre se las ha arreglado para establecer alianzas con sectores que no lo son. Nunca ha podido implantar el comunismo sin establecer una dictadura, lo cual si bien está previsto en los manuales de los que todavía ostentan el título de “maestros” (dictadura del proletariado), nunca pudo superar esa etapa “provisional” en la que se reprimiría durante un período a la burguesía para luego instalar el Paraíso comunista. Y nunca la dictadura establecida fue “del proletariado”, sino sencillamente la de una casta que se hizo del poder. Ahora nos enteramos de que para que se haga tangible el avance civilizatorio comunista, se hace necesario el dominio global.

    La indisoluble correlación del pensamiento comunista con regímenes opresivos, dictatoriales, cuando no también genocidas, lo transforma entrado el siglo XXI en un estandarte anacrónico, portado por camaradas más obsecuentes que consecuentes y más dañinos que valiosos. Como dice Marcos Cantera Carlomagno en su columna de Búsqueda del 25 de mayo: “La izquierda tradicional tal como la conocemos desde los tiempos de Marx, es un cadáver político e ideológico podrido y maloliente”.

    Para todo aquel que comulgó en algún momento con estas ideas, resultan calificativos fuertes y dolorosos, pero a poco de razonar, también resultan certeros. Para demostrar que son inmerecidos, el pensamiento comunista debería denunciar a regímenes como los de Corea del Norte, Cuba y Venezuela. Debería renunciar a la política de despojo de la propiedad y explicitar un enorme mea culpa por los horrores de la colectivización forzada en China y en la URSS. Debería reconocer sin cortapisas los crímenes de los líderes históricos del comunismo internacional, y finalmente, debería aceptar a la democracia representativa en todo su alcance, no como un mero valor estratégico y funcional al proceso de acumulación de fuerzas, sino como un fin en sí mismo, valioso e insustituible. El pensamiento comunista, en Uruguay y en el globo está a años luz de este sinceramiento.

    Juan Pedro Arocena

    CI 1.246.439-7

    Cartas al director
    2017-06-08T00:00:00