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    El poder de los sindicatos

    Sr. Director:

    Desde que el Frente Amplio triunfó en las elecciones nacionales de octubre de 2004 y hasta el día de hoy —por parte de algunos de sus voceros— estamos oyendo hablar de la “herencia maldita” que, supuestamente, le habría legado la administración anterior. Y no les importa a estos dirigentes “progresistas” si el gobierno frenteamplista reconoció la real situación de la economía que recibía, en el mensaje de Rendición de Cuentas del año 2004, firmado por el presidente Tabaré Vázquez, el Cr. Danilo Astori y todos los demás ministros, en junio de 2005. Allí se admitió que en el transcurso de 2004 la economía uruguaya consolidó el proceso de recuperación y de fortalecimiento del sistema financiero que se había iniciado a comienzos de 2003; que el superávit primario subió a 2,5% del PBI; que los precios estaban bajo control; que la inflación minorista había descendido a niveles de un dígito; etc., etc.

    No obstante lo cual, cuanto más nos acercamos a la fecha del cívico depósito de nuestra voluntad en la urna, más se trata de embarrar la cancha con desinformación o falacias. Máxime, en tanto que lo que hace seis meses parecía una utopía: que el FA perdiese las elecciones nacionales, hoy se ha convertido en una posibilidad cada vez más cierta. Y si se concreta, el partido que acceda al gobierno, a ese sí lo van a obligar a lidiar con varias herencias malditas.

    Como, por ejemplo, en materia de educación, de salud pública, de seguridad, de política exterior, de infraestructura, va a tener que barajar y dar de nuevo. Pero, quizás, la peor y más pesada, va a ser desarrollar una labor de gobierno con un PIT-CNT agrandado por el apoyo incondicional (y el miedo enfermizo) de las izquierdas vernáculas. Las alas que les han dado la administración actual y la anterior a la central obrera son suicidas, porque a ellas mismas la ha ocasionalmente perjudicado. Así, el sindicalismo uruguayo domina la enseñanza a todo nivel, y la salud pública, gracias a las malhadadas reformas propulsadas por el Dr. Tabaré Vázquez, y de las cuales se enorgullece.

    Es más, de la mano del Frente Amplio, la dirigencia sindical es uno de los tres poderes del Estado actual: junto con el Poder Ejecutivo y el Partido (el FA), que funcionan con la jerarquía e independencia de poderes constitucionales, lo cual dos de ellos no son. Y a tal punto es poder, que una crisis de gabinete (Kreimerman) se negocia entre la Torre Ejecutiva y el sindicato.

    Entonces, el PIT-CNT cogobierna el Uruguay, donde obtuvo, además, la ley de fueros sindicales; la aceptación de la ocupación como una extensión del derecho de huelga; unos consejos de salarios por rama, apoyados por un Ministerio de Trabajo siempre a favor de los gremialistas; la ley de responsabilidad empresarial con las empresas tercerizadas; la de responsabilidad penal del empleador, etc., etc.

    Porque a nadie se le puede escapar que el PIT CNT debería ser —como lo indica su estatuto— “independiente del Estado, los patrones, los partidos políticos y las sectas religiosas y filosóficas”, para defender al universo de sus sindicados. Sin embargo, no representa más que marginalmente el interés gremial de los trabajadores, en tanto que como meta principal se ha subordinado a un partido político, en el cual ocupa cargos militantes, directivos, ejecutivos y legislativos.

    En estos días, el PIT-CNT convocó a una reunión de planificación, en función del Plan de Acción 2014, bajo el lema: “Ni un voto de los trabajadores para la derecha y la reacción neoliberal”. La central ha proclamado oficialmente lo que en los hechos todos sabemos que ocurre desde siempre: su apoyo al Frente Amplio; y se ha lanzado abiertamente a propiciar un nuevo gobierno “progresista”, lo cual es un atropello a su estatuto, ya que mal puede defender los intereses de todos los trabajadores, cuando se está embanderando con un partido político, violando la norma de independencia que debiera respetar.

    En los países en que no hay una central única, la pluralidad de centrales sindicales permite que sean afines a un partido político, de manera que los trabajadores pueden elegir, cosa que no ocurre en el Uruguay donde si un obrero quiere sindicalizarse cae en el PIT-CNT —sucursal del Frente Amplio— o no se sindicaliza.

    Por su lado, la central única dispone de cuantiosos fondos por las nuevas afiliaciones cada vez más numerosas, con el atractivo que tiene el compartir el poder; y maneja planes de vivienda y otros recursos, como si fueran empresarios, con la ventaja que ellos no tienen un sindicato que los acose. Y lo que sí han aparecido ya, son las denuncias de corrupción.

    Esto es preocupante, nuestros dirigentes gremiales se parecen cada vez más a los argentinos: politizados (los del otro lado, con el peronismo), manejando grandes sumas de dinero y siendo burócratas que no trabajan, hablan de todos los temas, tengan o no que ver con sus representados y en materia internacional, no les importa interpretar al mundo, lo único que les concierne es denunciar. Por supuesto que siempre a los gobiernos de “derecha”. Nunca a Cuba, Corea del Norte, Venezuela o Irán, países en los cuales no podrían existir como sindicatos libres ni expresarse soberanamente como ciudadanos, sin ser reprimidos.

    En síntesis, en el caso, posible, que el Frente Amplio pierda las próximas elecciones nacionales, el partido que las gane —ese sí— va a sufrir en carne propia lo que es una verdadera herencia maldita.

    Adolfo Castells Mendívil