Nº 2108 - 28 de Enero al 3 de Febrero de 2021
Nº 2108 - 28 de Enero al 3 de Febrero de 2021
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa primera semana de enero la ciudad parecía muerta. O mejor dicho, parecía una de esas ciudades de las películas y novelas de ciencia ficción donde todos los habitantes desaparecieron y dejaron tras de sí el café aún humeante, la ropa todavía húmeda colgando de la cuerda, los ecos de sus pasos resonando en el pasillo. Las veredas estaban vacías, a la sombra o bajo el sol aplastante de un verano que sigue sin dar tregua y que, de tan calcinante, ya parece mediterráneo. Apenas algún vecino que, de chancletas y musculosa, paseaba al perro con aire resignado. Por lo demás, todo vacío, todo cerrado, nadie en la vuelta.
La segunda semana trajo un poco más de ruido a las calles aunque no mucho: era difícil escuchar un coche hasta mediada la mañana y las conversaciones que usualmente se producen al paso al otro lado de la ventana, eran aún muy escasas. Lo de los comercios cerrados siguió casi idéntico aunque por suerte la panadería de la vuelta abrió y ya no hubo que caminar tres cuadras para tener pan fresco. El vecino del perro, en cambio, no estaba. Seguramente se había ido con su bestia en busca del fresco de la costa. Algo que resultaba visualmente extraño en esa ausencia generalizada de gente es que era fácil olvidarse de que estamos en una pandemia: sin mascarillas en la vuelta, sin tiendas a las que entrar con sus carteles reclamando distancia, cupo en el interior y barbijo como requisito de admisión, la ciudad parecía más una ciudad sin gente tras una pandemia que una ciudad con una pandemia en curso.
A medida que enero se fue arrimando a su fin, las señales de vida volvieron y hoy casi todos los comercios de la vuelta están abiertos y atendiendo al público. Con mascarilla se puede ir a buscar milanesas a la rotisería de arriba, llevar el perro a la veterinaria de la esquina, comprarle jabones orgánicos (¡sin parabenos!) al negocio de acá atrás. Lo que no varió fue el pedido a la feria: si el puesto te trae el pedido, mejor no amucharse en la feria. El puesto del que somos clientes es tan pro que no solo te traen el pedido sino todo lo que necesites de la feria. Y el encargado de la entrega siempre llega con el prescriptivo barbijo y los correspondientes guantes de silicona. Lo que, otra vez, recupera la idea de la película de ciencia ficción.
Otro ruido que fue creciendo en enero (aunque en redes nunca cesó) es el del cuestionamiento o enmienda a la totalidad. Para mucha gente, difícil saber cuántos, el problema ya no es respecto a tal o cual medida concreta que se toma para manejar la pandemia, sino la situación toda. Quizá por el agotamiento propio de altísimo nivel de incertidumbre en el que venimos remando todos estos meses, algo parece empezar a quebrarse en muchos y crece el miedo ante lo variable del escenario. Y con eso crece la sospecha como motor de la acción: esto lo hicieron para jodernos, esto es un plan digitado por las farmacéuticas, esto son los medios que nos quieren dormidos, esto es una trampa que nadie ve, salvo yo y los que piensan lo mismo que yo.
Una parte de ese ruido seguramente se debe a la debilidad que parece tener nuestra formación científica liceal. Es verdad que el análisis de lo que viene ocurriendo implica, en la inmensa mayoría de sus aspectos, un conocimiento específico que está muy por encima de esa formación básica y general que recibimos todos. Pero también es verdad que todo aquel que termina el ciclo básico debería ser capaz de distinguir entre números absolutos y números relativos, entre un total y una tasa. De darse cuenta de que es esperable que los países con más habitantes sean quienes tienen más casos y que por eso comparar totales entre países no tiene el menor sentido. O que el problema de esta pandemia no es tanto su tasa de mortalidad como su velocidad de contagio y expansión, y que por eso no puede ser comparada con otras pandemias que se han expandido de manera distinta.
Sin embargo, hay otra parte de ese ruido que lo que hace es apoyarse en esa debilidad para intentar cumplir con una agenda política propia. Sabe que mucha gente no sabe, que mucha gente está agotada, que muchas cosas cambiaron y que no somos bichos acostumbrados a quedarnos sin piso de golpe. Sabe que esa incertidumbre puede ser canalizada hacia el descontento y que el descontento puede ser utilizado con fines políticos. En tiempos “normales”, esto es, sin pandemia, esos usos pueden parecer algo inmorales pero son legítimos: así es como se hace política desde siempre y, en una democracia de mercado como la nuestra, así seguirá siendo ya que el partido A debe “venderle” al ciudadano que es mejor que el partido B.
Cuando la senadora Carmen Asiaín tuitea desde Rocha que “cuestionar las medidas de este gobierno en su manejo de la pandemia es cuestionar a los científicos de primerísimo nivel e incuestionable idoneidad del GACH”, hay dos posibles lecturas. O bien la senadora no es capaz de distinguir política de ciencia, algo dudoso tratándose de una representante de su nivel, o bien está haciendo “palanca” con la ciencia para arrimar las ascuas a su sardina partidaria. Cualquiera que se haya tomado la molestia de escuchar las ruedas de prensa del GACH pudo ver que el gobierno, obviamente, no hizo todo aquello que el GACH recomendaba. ¿Por qué obviamente? Porque la política no es una línea recta que se traza a partir de determinadas verdades científicas. Es (o debería ser) la articulación de esas verdades con un sinfín de intereses, necesidades, equilibrios, etc., que deben ser considerados para sacar adelante a un país. Reclamar política basada en la evidencia, como hice en la columna anterior, no implica reducir la política a la ciencia. Son ámbitos distintos, uno tan necesario como el otro. Si la política fuera reducible a la ciencia no harían falta políticos.
Otro caso, pero en la dirección ideológica opuesta: el exviceministro de Salud Pública, Miguel Fernández Galeano, celebra la llegada de las vacunas y en la misma oración reclama el cronograma de vacunación. Acto seguido exige “medidas restrictivas fuertes que reduzcan la actividad a las actividades esenciales” y “la movilidad”. Y al instante agrega que “eso tiene costos económicos y de salud mental, entre otros varios costos que tiene”. Es decir, sabe que está reclamando algo que tiene un montón de costos sanitarios para la población. Y costos políticos para el gobierno, claro. Fernández Galeano es médico, conoce los impactos pesados que tiene lo que reclama (es científico), pero su ideología lo empuja a obviar la contradicción (es político) para que el marrón de los efectos de lo que reclama se lo coma el gobierno.
Y uno, que mira todos estos peloteos desde este llano cada vez más ruidoso, no puede sino pedirles a los políticos patrios que bajen la pelota al piso, ya que es casi únicamente para eso para lo que sirven en una pandemia. Y que sean conscientes de que si siguen intentando hacer pasar decisiones políticas por verdades científicas, en cualquier momento la gente se termina de cansar, los manda para la casa y los deja sin laburo. Y eso sí que da miedo, lo sabemos de primera mano.