• Cotizaciones
    jueves 02 de abril de 2026

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
    $ Al año*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
    $ por 3 meses*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * A partir del cuarto mes por al mes. Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
    stopper description + stopper description

    Tu aporte contribuye a la Búsqueda de la verdad

    Suscribite ahora y obtené acceso ilimitado a los contenidos de Búsqueda y Galería.

    Suscribite a Búsqueda
    DESDE

    UYU

    299

    /mes*

    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá

    El regreso de El Mulo

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2096 - 5 al 11 de Noviembre de 2020

    En su trilogía de las fundaciones, Isaac Asimov imaginaba una galaxia gobernada por el Imperio galáctico que, pese a haber traído estabilidad durante miles de años, viene en decadencia desde hace tiempo. Aplicando la “psicohistoria”, combinación de historia, psicología y estadística matemática que permite calcular el comportamiento de poblaciones extremadamente grandes, un científico de entonces concluía que el ciclo del imperio, pese a sus bondades, podía estar acercándose a su fin. La cosa se complicaba cuando, a contramano de todo lo que esa ciencia decía (esto es, lo que la mirada racional decía), aparecía El Mulo, un mutante con la habilidad de manipular las emociones de las personas que intentaba destruir el Imperio galáctico. De manera elíptica, esa maravillosa space opera parece adelantar en 60 años la actual fragilidad del que aparentemente era nuestro camino a la prosperidad y la libertad.

    Y así llegamos al presente: miércoles 4 de noviembre de 2020, el día después de las elecciones en Estados Unidos (EE.UU.). Donald Trump ya se declaró ganador y afirmó que cualquier otra cosa que se diga es fraude y que el conteo de los votos que faltan debe ser detenido. Lo cierto es que aún restan por contar suficientes votos como para que Trump pierda, pero el presidente de EE.UU. ya sabe que fue reelecto y que todo el procedimiento que la democracia necesita para serlo no es más que un obstáculo que le imponen los desleales y malvados del bando de enfrente.

    ¿Cómo llega una de las primeras democracias del mundo (no de las plenas, ahí EE.UU. ya no ranquea) a esta situación delirante? ¿Cómo es posible que con tantísimos sistemas de contrapeso y verificación que tiene esa democracia El Mulo haya llegado al poder y lo use para dinamitar las mismas bases del procedimiento que lo llevó allí? ¿Qué clase de vacío o transformación necesita una democracia consolidada para que eso ocurra? ¿Es algo que pasa en exclusiva en EE.UU. o es solo que lo vemos allí? ¿Por qué a los candidatos del establishment político de EE.UU. les cuesta tanto derrotar a quien se supone representa el mal encarnado y en las encuestas no le gusta a casi nadie?

    Intentando responder estas y otras cuestiones que atañen a las actuales flaquezas de la democracia liberal, el filósofo y politólogo español Manuel Arias Maldonado acaba de publicar la última parte de su ensayo La mutación de la democracia liberal. La idea que guía su texto, publicado en su blog en www.revistadelibros.com, es que efectivamente algo está cambiando en nuestras democracias actuales y que si bien la situación aún no es catastrófica las señales de tal cambio no pueden ser desechadas como simple exageración. Que hacer eso es peligroso porque le hace el campo orégano a quienes vienen empujando y aprovechando esa mutación.

    “La democracia que se ve amenazada hoy es la democracia liberal y (…) son los elementos liberales de la misma, en particular, los que mayor riesgo corren. O sea, el imperio de la ley, la separación de poderes, la limitación del poder”, señala Arias en su ensayo y recurre una vez más a John Rawls para intentar explicar su perspectiva: “El empeño de Rawls está en que los miembros de las sociedades liberales se hagan conscientes de la necesidad de encontrar un marco justo para la convivencia pacífica y democrática, de tal forma que el acuerdo correspondiente tenga un contenido moral y no sea el simple producto del equilibrio de fuerzas en un determinado momento histórico: que el socialista y el conservador lleguen a creer que es bueno convivir, en lugar de resignarse a aceptar que es inevitable hacerlo porque ninguno puede hacer desaparecer al otro”.

    Arias recuerda también que sin tomar en cuenta el profundo descontento que produce la creciente desigualdad económica no es posible entender este desplazamiento, esta crisis o mutación de los aspectos liberales de la democracia presente: si la promesa de prosperidad que traía consigo el respeto al procedimiento democrático se revela falsa, ¿por qué seguir apegándose a ese procedimiento? Sin embargo, y aunque es una de las claves evidentes de la pérdida de legitimidad de las democracias liberales, no alcanza para explicar por qué la mayor parte de los ataques a los aspectos liberales de la democracia vienen desde quienes usufructúan su sistema de garantías y se presentan libremente a elecciones para, una vez electos, dinamitar el kiosco que los aupó hasta ahí.

    Esto es algo visible no solo en Trump: de manera similar funcionan los intentos de Evo Morales por modificar la constitución de Bolivia para poder reelegirse eternamente. O ese mismo cambio constitucional ejecutado de manera efectiva por el chavismo en Venezuela años antes. O el discurso que de manera sistemática deslegitima la ley y sus procedimientos, impulsado por populistas y nacionalistas de todo signo en buena parte de Europa. Diferentes ideologías, el mismo patrón de desprecio a los aspectos liberales de las democracias. Y el mismo énfasis en la supuesta comunicación casi telepática entre el líder y la masa.

    Como apunta Arias: “Estamos más lejos que nunca del acuerdo moral sobre las bases de la convivencia. Abundan las doctrinas comprensivas que se comportan como religiones de salvación y aspiran a la homogeneización del cuerpo social, exigiendo a los demás que vivan de acuerdo con sus postulados o tratando de que el Estado los imponga de manera hegemónica en su nombre”. El filósofo español concluye: “Esto quiere decir dos cosas: una, que se ha perdido —si se tuvo— la convicción moral de que ninguna ideología debe definir al conjunto de la sociedad, porque no sería justo que así fuese; otra, que se abandona incluso la cautela de que no se puede lograr esa victoria. Así operan el populismo, el nacionalismo, los social justice warriors de la izquierda autoritaria y los ultraconservadores nativistas”.

    Ahora, esto no es algo que esté ocurriendo en todas las democracias liberales. Algunas resisten relativamente bien a pesar del intento constante de sus propios populismos internos por socavar los procedimientos. Por eso, en medio de todo este lío durante el recuento de votos en EE.UU., no viene mal recordar que en la última elección nacional en Uruguay se tardó casi una semana en conocer el resultado exacto de la votación y que nadie saltó gritando fraude y atacando al órgano electoral. Que los dos candidatos se fueron a dormir esa primera jornada tras llamar a la calma y a esperar el resultado. Y que eso mismo hizo la ciudadanía.

    La calidad de las instituciones de la democracia se ve en la confianza que los ciudadanos tienen en ellas. Y eso es así todo el tiempo, no solo ante unas elecciones. No vale sacar pecho por la institucionalidad cuando no sabés el resultado y descalificarla si el resultado no te favorece. La democracia no es un paquete divino que nos fue entregado por la gracia de algún dios, es el resultado estricto de todo aquello que hacemos en nuestra vida pública. La tentación iliberal es especialmente fuerte en tiempos de crisis, conviene tenerlo presente y no ceder a los cantos de El Mulo. O de Los Mulos, que ya son unos cuantos a izquierda y derecha.

    // Leer el objeto desde localStorage