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    El reposo del guerrero

    Nº 2124 - 27 de Mayo al 2 de Junio de 2021

    Jorge Larrañaga fue un símbolo positivo de su tiempo, de este tiempo. Su prematura y sorprendente muerte sirvió para dejarlo en evidencia. No hubo casi ningún dirigente con el que hubiera tenido trato que no lo recordara con dolor y con aprecio. Su memoria se transformó en un factor de unión entre los distintos partidos políticos. Y eso, en los días en los que vivimos, dice mucho, muchísimo.

    Quizá el principal motivo de esa reacción masiva y unánime entre sus colegas es que Larrañaga fue uno de los mejores representantes de la vieja política, como quedan pocos. Su condición de caudillo del interior del país le significó que todo le costara un poco más de esfuerzo pero eso nunca fue un impedimento para él. Su capacidad de trabajo era muy difícil de igualar, así como su apuesta a la charla mano a mano y al intercambio con todos los que fuera necesario.

    De esa forma se hizo conocer desde muy joven, recurriendo a eso que antes era el ABC de la política y que hoy ya no lo es tanto: el estar donde hay que estar, dar la cara, hacerse presente. Las formas fueron recorrer, conversar, llamar, abrazar, ayudar y escuchar, todas actividades que Larrañaga hacía muy bien. Y bastaba con conocerlo por unos minutos para darse cuenta de su condición de buena persona. Por eso no es extraño el afecto generalizado que quedó de manifiesto luego de su fallecimiento.

    Ese es además uno de sus principales legados. Larrañaga mostró que es posible hacer política convencional de una forma noble y con resultados positivos. Terminó su carrera con una exitosa gestión en el Ministerio del Interior, aunque eso es solo un detalle. Lo que más importa es lo que hizo a lo largo de toda su vida. Lo que queda en la memoria de sus correligionarios, pero también de todo su pueblo, es su ejemplo de que luchar sin descanso da resultados positivos. Puede tardar en llegar, pero al final hay recompensa.

    Larrañaga empezó muy joven su carrera política. Con 33 años, en 1989, fue electo intendente de Paysandú. Su buena gestión al frente de la comuna sanducera facilitó que fuera reelecto en el cargo en 1994. En 1999 fue por más y buscó proyectarse a nivel nacional. Para eso, acompañó al entonces dirigente blanco Juan Andrés Ramírez en una fórmula, que luego perdió la interna partidaria con Luis Alberto Lacalle Herrera.

    Ante esa derrota es que se consolidó el temple de Larrañaga, ese que mantendría hasta el día de su muerte. Porque, al reunirse con la cúpula de su grupo político unas horas después de perder con Lacalle, algunos plantearon la posibilidad de llamar a sus adherentes a votar en blanco en las elecciones nacionales para no respaldar a Lacalle Herrera. Larrañaga se opuso fervientemente, resolvió encabezar su propia lista al Senado y recorrió todo el país en dos oportunidades. Salió senador y obtuvo una importante votación, mostrando su condición de guerrero.

    Con ese empuje que lo caracterizaba y las ganas de comerse al mundo, tuvo una legislatura muy activa y en 2004 venció en la interna partidaria con mucha holgura a Lacalle Herrera, transformándose en el candidato presidencial único del Partido Nacional. Perdió las elecciones nacionales con el frenteamplista Tabaré Vázquez, en primera vuelta, pero igual obtuvo la mayor votación que el Partido Nacional logró desde la restauración democrática.

    Lo que vinieron después fueron tres derrotas sucesivas en las elecciones internas partidarias. Primero con Lacalle Herrera en 2009 y después con Lacalle Pou, en 2014 y 2019. Sin embargo, nunca bajó los brazos ni dio un paso al costado. Anunció que lo haría después de la derrota de 2014, que fue la más inesperada. Dijo públicamente que no volvería a subir las escaleras del Directorio del Partido Nacional, pero cuatro años después allí estaba, en el mismo lugar, y también como derrotado.

    Es que para un luchador inagotable, como fue Larrañaga, no hay derrota posible. Por más limitaciones y techos naturales que tuvo y que no pudo sobrepasar, lo que lo motivaba era esa batalla cotidiana que nunca daba por perdida. Dicen incluso que ya estaba preparando su estrategia electoral para 2024. Conociéndolo de cerca, como lo conocimos, es probable que así fuera. Y es seguro que otros vendrán para levantar su bandera. A él le llegó el momento del descanso, del bien merecido reposo del guerrero. Que sean otros los que continúen su tarea. Esa es la mejor forma de homenajearlo.

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