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    El título de Sendic

    Sr. Director:

    La macana del vicepresidente tuvo su inicio el pasado 23 de febrero cuando haciendo gala de un inusual denuedo periodístico, Patricia Madrid inquirió telefónicamente al señor vicepresidente de la República, respecto al título de grado que ostentaba.

    Hasta el momento, Raúl Sendic Rodríguez era licenciado en genética humana, título que a todos los efectos había obtenido en una universidad cubana. Como tal, figuraba en las páginas web de su sector político y de la Ancap. Como tal era presentado, era tratado, y como tal, firmaba.

    Dejando entrever cierta incomodidad, explicó: que había cursado unos años de medicina…, que había hecho un curso corto de “preparación” para impartir clases e investigar sobre genética humana…, recalcando que no había ejercido la profesión, ni hecho uso del título en ningún momento. Finalmente, ya carente de argumentación lógica, admitió que no poseía dicha licenciatura. Y al día siguiente, el Uruguay se despertó con la desconcertante noticia de que la formación académica del señor vicepresidente de la república no era tal. Sí, Sendic no era licenciado. Sendic había faltado a la verdad, engañando a propios y ajenos.

    Pero la sorpresa fue mayúscula cuando, horas después, en una conferencia de prensa (no abierta a preguntas), Sendic se desdijo, expresando en un intrincado monólogo: que nunca se había presentado como algo que no era…, que había cursado una licenciatura en La Habana… y que esa “documentación” ya había sido solicitada para presentarla cuando fuese necesario... Y con inocultable intención de vincular el hecho con la investigación en curso sobre Ancap, así como de eludir responsabilidades (usando la primera persona del plural), remata diciendo: “hace casi dos años comenzamos a recibir una fuerte campaña de hostilidad y agravios hacia nuestra persona y hacia nuestro papel, tanto en la vida privada como pública…”.

    La “fuerza política”, en una ya habitual actitud arbitraria, cerró filas tras el compañero, y la senadora Topolansky hasta llegó a expresar que ella había visto el título.

    Pasaron seis meses, el documento no apareció y el vicepresidente fue denunciado penalmente por “usurpación de título universitario”. Se lleva a cabo la primera audiencia, y Sendic nuevamente recurre a disquisiciones tales como: “que sí…, que no…, que la dictadura…, que estudié medicina…, que la democracia…, que revalidé…, que cursé en el Clínicas…, que después dejé…”.

    Seguramente, en virtud de que el título en cuestión no existe en nuestro país, la justicia dictaminará que no hubo delito y cerrará la causa. Y hasta ahí lo jurídico. Pero ¿de qué y de quién estamos hablando? Hablamos de la incalificable actitud del señor vicepresidente de la República y del poco inteligente manejo de la situación posterior. Hablamos de quien en su declaración constitucional formulada ante la Asamblea General, el día 1º de marzo de 2015 cuando asume la vicepresidencia de la República, expresó: “…me comprometo por mi honor a desempeñar lealmente el cargo que se me ha confiado…”. ¿Dónde está su honor? ¿Dónde está su lealtad hacia el gobierno y hacia los gobernados?

    Es extraño lo que nos está pasando como nación, pues parece ser que no existe real conciencia de la gravedad de la situación que ha generado este desatino, así como del daño que le causa al sistema republicano.

    La mentira permea el Estado y el colectivo social, sembrando inseguridad y desconfianza. Y sus consecuencias degradan la dignidad humana, en el entendido de que:

    a. Menoscaba el honor del legislador (sea este doctor en leyes u obrero), al verse “resignado” a ser representado, y a que su tarea sea inevitablemente presidida, por un par que obviamente no le merece la menor confianza.

    b. Genera la indignación de quienes irremediablemente deben someterse a su mandato, siendo un claro ejemplo de ello los militares, que dos veces al año deben desfilar por la “Avenida de las Leyes”, rindiéndole honores al señor presidente de la Asamblea General, en ocasión de las ceremonias de inicio y clausura las sesiones parlamentarias.

    c. Desmoraliza al ciudadano común, al joven que obra meritoriamente para obtener un título o un trabajo digno.

    d. Se acrecienta la pérdida de credibilidad y confianza de la ciudadanía en la clase política, cuando no, en el sistema republicano.

    e. Transmite una imagen negativa del país ante los de la región y del mundo.

    El tiempo pasa, y el culto a la verdad entra en penumbras. La moral decae y, al decir de José Ingenieros en “El Hombre Mediocre”: “…la nación se aduerme dentro del país”. Hay que reparar la macana.

    Luis Eduardo Maciel Baraibar