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Todas las personas que estén un poco —o muy— saturadas de la insistente presencia de los zombies en el cine, la ficción televisiva e incluso en una buena porción de la literatura, posiblemente no le presten atención ni siquiera a la sinopsis de una película como esta. Para empezar, porque en español se llama Invasión zombie —a pesar de que en su idioma original se la conoce por medio del más recatado y hasta insulso título de Tren a Busan. Pero existe un pequeño gran detalle que, como su título original, lo cambia todo. Invasión zombie es un largometraje que proviene de Corea del Sur. Y, a menos que se haya estado viviendo en algún rincón demasiado apartado y hermético del planeta (en Piongyang, por ejemplo), es bien conocida la potente versatilidad y originalidad del cine que produce la industria surcoreana desde fines del siglo XX y principios del siglo XXI.
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Dramones desgarradores, thrillers despiadadamente oscuros, producciones de acción, fantasía, ciencia ficción u horror —con o sin ingredientes sobrenaturales—, comedias pop, películas románticas, coloridas, dulzonas, combinaciones que parecen imposibles de estos géneros, les han valido a cineastas surcoreanos premios en festivales de prestigio, elogios de la crítica internacional y el éxito —a veces masivo— en salas de distintas partes del mundo.
La capacidad con la que algunos directores y guionistas disuelven y coagulan de manera fresca y desprejuiciada varios géneros en una misma película, es una de las razones para amar al cine surcoreano de las últimas décadas. Y en la intensidad y consistencia estética con la que se plasman belleza y horror en narraciones emocionantes, protagonizadas por personajes de espesor humano, se encuentra también parte del secreto que convirtió a esta cinematografía en una de fuente de originalidad, provocación y materia prima para remakes.
La lista de referentes se nutre de nombres como Kim Ki-duk (salvaje, desparejo, prolífico y genial, autor de Primavera, verano, otoño, invierno… y primavera, Hierro-3 y Chica samaritana, entre muchas), Bong Joon-ho (director y guionista de las obligatorias y necesarias Barking Dogs Never Bite, Mother, Memorias de un asesino, The Host y Snowpiecer), Na Hong-jin (The Yellow Sea, una muestra de noir coreano), Park Chan-wook (el de Oldboy, gran premio del jurado en Cannes) y Kim Jee-woon (otro especialista en la salvaje integración de lo más noble con lo más oscuro y amargo, creador de obras poderosas como A Tale of Two Sisters). Y hay muchos más. Ahora se suma al club Yeon Sang-ho, responsable de la película conocida como una de las grandes sorpresas del último Festival de Cine de Cannes y uno de los mayores éxitos del cine coreano: Invasión zombie.
Lo que ocurre es muy sencillo. Y una vez más, lo que interesa, lo que realmente tiene valor, es cómo se narra todo el asunto. En Seúl, Seok Woo (Gong Yoo) viaja en tren junto a Soo-an (Kim Soo-an), su hija, que para su cumpleaños quiere ir a Busan a visitar a su mamá. Padre e hija toman el tren rápido a Busan. Y también una joven infectada por un extraño virus que, en cuestión de minutos, la convierte en zombie —como está convirtiendo a otros miles en Seúl—. Ya con el vehículo en marcha, y con las limitaciones correspondientes a un espacio como un tren, por más coreano que sea, a pura mordida, los muertos vivos irán sumando integrantes a sus filas, mientras el resto intentará zafar.
Desde el comienzo, con una escena breve, sencilla y muy efectiva que se desarrolla en la ruta, se percibe que se está frente a algo diferente. Antes, este mismo director filmó Seoul Station, una animación sobre los desastres que provoca una epidemia de similar naturaleza cerca de una estación de la capital de Corea del Sur. Ahora, con actores de carne y hueso, construye un puñado de escenas notables, sacándole partido a lo que ya se ha visto un millón y medio de veces, solo que —mayormente— en los claustrofóbicos vagones de un tren o en los espacios sin vida de una estación. Hay que ver cómo se van presentando los efectos del contagio, primero a través de imágenes aisladas, en apariencia sin una conexión demasiado evidente, como el reflejo de un edificio en llamas, luego por medio de manifestaciones y actos de violencia en las calles. El director reelabora incluso la forma de andar de estos muertos vivos, que se desplazan poseídos, con una velocidad quebradiza y siniestra, con las extremidades partidas, la mirada gris, desesperada, y una temible voracidad.
En la lucha a toda velocidad hay niños, ancianos, una mujer embarazada, un marginal que parece saber algo que otros no (“todos están muertos”, repite), un equipo juvenil de béisbol, nada que no se haya visto antes. Como sucede, por ejemplo, en La guerra de los mundos, el peligro y el horror despertarán lo mejor y también lo más desagradable de la condición humana. Todos están condenados, pero algunos más condenados que otros. Quienes se mantienen sanos no solo afrontan, con distintos grados de fuerza, destreza e ingenio, los embates de los zombies que se multiplican y conquistan más cuerpos y vagones: también se enfrentan entre ellos. Porque siempre hay alguien que se quiere salvar primero. El apocalipsis zombie mostrará a las personas como lo que realmente son más allá de apariencias. Entonces ese grandote mala onda demostrará tener, además de una gran fuerza muscular, un fuerte sentido de la solidaridad. Ese señor de traje, elegante y pragmático, dejará expuesta su alma negra. Sí, claro: aquí hay algunas metáforas. Un poco para eso se inventó la ciencia ficción.
Pero es ahí donde Yeon no hace pie. El director utiliza el estereotipo más rancio del zombie, ese ente que no es enteramente humano y que se alimenta de lo humano, y lo revitaliza de una forma notable. Sin embargo, con algunos personajes vivos se mueve con rigidez, aparcado en los modelos y patrones básicos. El ejecutivo adicto al trabajo es un padre distante y egoísta a extremos caricaturescos porque Yeon necesita mostrar, precisamente, cómo la catastrófica sucesión de eventos de extrema violencia que genera la epidemia lo llevará a experimentar la realidad de una manera diferente, ejerciendo papeles para los que tal vez no sabía que tenía la capacidad y la fortaleza de asumir. Y al fallar aquí, Yeon también falla en sus intentos por ofrecer un discurso sobre las enfermedades sociales del capitalismo y sus efectos en los coreanos. Falla, de un modo triste, en su intención de presentar una mirada crítica hacia el poder de las corporaciones y su tentacular influencia en la vida de las personas. Se vuelve obvio en el retrato de los débiles y de los poderosos, en la ilustración de las diferencias y las luchas de clases, conduciendo peligrosamente hacia un final que quizás no sea el más adecuado para una película que maneja con altura el suspenso, la tensión y el drama.
Con aciertos y fallas, Yeon no inventa nada nuevo. Y, al menos por ahora, no está a la altura de Bong o Kim Ki-duk. Pero con este largometraje demuestra que los zombies están más vivos que nunca. Ya hay una remake en marcha.
Invasión zombie (Train to Busan). Corea del Sur, 2016. Dirección y guion: Yeon Sang-ho. Con Gong Yoo, Kim Soo-an, Jung Yu-mi. Duración: 118 minutos.