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    El virus de la corona

    No es broma

    En el reino de Urugombia las transiciones entre las tribus triunfantes que se alternaban en el poder habían sido tradicionalmente pacíficas y respetuosas. Al menos así había sido en los últimos treinta o cuarenta años.

    Pero las cosas no han vuelto a ser iguales, desde que el rey Tabarembe I, de la etnia frentamba, dejó su lugar al joven cacique Lacayimbo II, de la etnia blankonga, hijo del antiguo rey Lacayimbo I, que gobernó el país hace tres décadas.

    Lacayimbo II triunfó en las últimas elecciones al frente de una coalición tribal polícroma, que comandó él como blankongo, pero en la que participaron asimismo las etnias de los colorembes, los cabildangos, los independembes y los novikongos.

    La costumbre que había sido razonablemente respetada consistía en que los que habían perdido se la bancaban, y, al menos por un plazo prudencial, no le ponían palos en la rueda a los que habían ganado, ni les tiraban piedras o cocos, o papayas maduras, para protestar. Pero no resultó ser así en esta oportunidad.

    El grupo triunfante hizo su campaña electoral poniendo el acento en algunos temas básicos en los que, al decir de ellos, había que introducir grandes cambios, visto el fracaso de los frentambas, que habían gobernado el reino en los últimos quince años, primero con Tabarembe I, después con el desprolijo cacique Pepombo I, y de nuevo con Tabarembe I.

    La seguridad, o más bien la inseguridad, la economía y la educación estaban entre los temas prioritarios.

    Es que la indiada estaba harta de asaltos, rapiñas, copamientos en las tolderías, ajustes de cuentas entre indios delincuentes dedicados al tráfico de curare, macoña y pastabamba, una sustancia psicoactiva que estaba destruyendo las cabecitas de muchos indios jóvenes, lanzados al delito y a la inopia.

    Los guardias de Tabarembe I, comandados por el cacique Bichobonomimbi, eran ineficientes y desordenados. Lanzaban al aire drones, pero en vez de vigilar las zonas rojas donde pululaban los delincuentes, filmaban los jardines de las zonas residenciales, donde las indias tomaban sol en topless junto a las piscinas. Un desastre.

    Ni bien el nuevo jefe de los guardias nominado por Lacayimbo II, el cacique Guapongo, sacó a sus huestes a los caminos para perseguir a los sospechosos o a los delincuentes, el propio Tabarembe I, así como sus secuaces, salieron a criticarlo y a divulgar en las redes tribales toda suerte de patrañas, denuncias de abusos, fantasías y denuestos.

    Admitamos que los guardias del reino no son ningunas señoritas de esas que no desfilan el 8 de marzo (para qué se habrá metido en la manifestación la vicereina Argimonga…), pero tampoco se les puede pedir a estos indios uniformados que le acaricien el cachete para pedirle la cédula de identidad a un malabarista mamado que blande machetes en el aire para divertir a sus “clientes” en una plaza pública.

    Las redes tribales, que hacen lo suyo con total impunidad, divulgan datos como los del caso de un empleado municipal al que los guardias, para pedirle la cédula, procedieron a colgarlo de los testículos en un árbol del ornato público, y, como el desdichado no la llevaba consigo, lo dejaron colgado toda la noche, aprovechando para quemarle las extremidades con cigarrillos, tras clavarle astillas debajo de las uñas de los pies, gritándole improperios tales como “frentamba de mierda, andá a buscar la cédula al comité de base”.

    Los que parecen haberse despertado tras el cambio de autoridades son unos indios que integran un engendro reivindicativo de los derechos humanos que no se sabe bien qué funciones tiene, como no sea la de denunciar ahora las supuestas brutalidades de los guardias, a pesar de que hay denuncias de las mismas desde hace años, pero parece que las de la época de Bichobonomimbi no las habían estudiado todavía.

    Otro de los más nuevos atropellos que tanto agravian ahora a los frentombos es el valor del dólar. Hay una tormenta mundial de crisis de los mercados internacionales de las finanzas, en todo el mundo se convulsiona el tipo de cambio, y las huestes del gobierno saliente, que dejaron el tendal en la economía de Urugombia, con una deuda externa que ni los bisnietos de los indios actuales podrán pagar, y un déficit fiscal que ni la Venezuela de Maduro tiene, salen a acusar al gobierno actual de haber manipulado el valor del dólar para que subiera, y así favorecer a los latifundistas criadores de búfalos y cabras de exportación, para que lucren con la desgracia de los que tienen deudas en pesos urugombios. No les sirve nada, son incansables.

    Ni hablemos de la educación. Las pruebas Pisa no las pasan los pequeños urugombios ni con la ayuda del Maestro Tabarezembe, héroe epónimo de la gloria urugombia. Los sindicatos de indios docentes tienen aprisionada la educación, politizada al extremo, y el nuevo gobierno tiene toda la intención de hincarle el colmillo al tema. Pero los docentes, sin saber todavía qué medidas piensan adoptar las nuevas autoridades, ya tienen planificado un par de paros y huelgas, con ocupación de las tolderías educativas. Más palos en la rueda, difícil de imaginar.

    Dígase que Lacayimbo II tiene flor de pasta, y se las viene bancando con elegancia y determinación, sin perder la calma ni despeinarse el jopo. Pero les ha advertido a tirios y troyanos que no va a dejar que la máquina se deteriore y deje de funcionar.

    —Yo les vuelvo a desfilar a caballo todas las veces que sea necesario en la Fiesta de la Patria India, —dicen que dijo el rey—, pero no me obliguen a arrancar para las cuchillas…

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