El señor Trump es —entre otras cosas— un activo fabricante de sorpresas y desconciertos. A veces uno se pregunta si, cuando se va a dormir cada noche en alguna de las muchas camas que tiene repartidas por su país, ya sabe lo que va a hacer o mandar hacer al día siguiente, o si la mayor parte de sus decisiones (en un elevado porcentaje) se le ocurrirán mientras duerme.
Una de sus ideas fuerza recientemente concretada, en lo que tiene que ver con nuestra región de (la mal llamada) América Latina, es el invento llamado“Escudo de las Américas, consistente, según el propio Trump, en una alianza de países de la región, con el fin de combatir el narcoterrorismo y neutralizar la influencia de China en estas tierras.
Dice textualmente el plan original que “el Escudo de las Américas es una estrategia de seguridad y política exterior con el fin de coordinar esfuerzos contra los carteles de drogas asociados con Irán, y frenar la expansión económica y política de China en América Latina. La iniciativa busca fortalecer la cooperación militar y diplomática entre Estados Unidos y gobiernos afines en la región, promoviendo la seguridad, la estabilidad y la prosperidad”.
El propósito no podría ser más interesante, y seguramente por eso Pedro Bordaberry ha andado diciendo que el Uruguay debería integrarse a ese grupo, porque esos planes lucen muy convenientes.
El problema, Pedro, muchachos, en fin, todos los convencidos de que es mejor ser rico y sano que pobre y enfermo, es que ese no es un club al que uno pueda afiliarse pagando la cuota de ingreso, sino que, para ser parte del mismo, te tienen que haber invitado.
Y a nosotros no nos invitaron, como tampoco a Brasil, o a Venezuela, ahora que Delcy es amiga de Donald y se acabó la dictadura de Nicolás y ya es patria libre, y es, como Brasil también, y como nosotros, faltaba más, un territorio lleno o casi lleno de carteles de narcoterroristas escondidos vaya uno a saber dónde, tramando sus temibles propósitos de infiltrar al mundo con la maldita droga, o atentar contra los poderes constituidos con actos terroristas, a diferencia, por ejemplo, de algunos de los otros “socios” del Escudo, como Guyana, Trinidad y Tobago o la República Dominicana.
El gobierno uruguayo se ha puesto a reflexionar acerca de este desplante diplomático, y de las misteriosas causas que han motivado nuestra injusta exclusión de ese distinguido grupo regional.
Mientras el gobierno de Yamandú y sus numerosos ministros se han puesto a pensar, actividad en la que son unos maestros, porque hace un año que gobiernan y no se les ha caído ni una idea, pero, eso sí, desbordan de reflexiones, análisis y futuros planes (como el del ministro Negro, que dijo que lo iba a presentar dentro de 10 años, o que iba a durar 10 años cuando lo presentara, no me acuerdo bien), le llegó una llamada al presidente.
El que llamaba era Lula, que se quedó recaliente porque lo dejaron afuera del Escudo de Donald, y se puso a organizar un contraescudo, faltaba más.
—Eso sí —le dijo Lula a Yamandú—, lo vamos a reventar al gringo, porque nuestro escudo no va a ser solamente de América Latina, sino que va a ser mundial. Y el Uruguay va a ser la estrella de esta nueva estrategia de defensa del continente, y del mundo, así que andá organizando un encuentro y anotate por ahí que hay que invitar a Angola, Namibia, Argelia, Cuba, Nicaragua, Vietnam, España, Portugal, Suecia y Corea del Norte.
Yamandú se subió rápidamente al carro, y empezó por llamarlo a Oddone para que contratara el Enjoy completo, con reserva de la totalidad de las habitaciones, el Centro de Convenciones de Punta del Este, el Cantegril Country Club y el Yacht Club, para poder alojar y agasajar a todas las delegaciones visitantes como se lo merecen.
Le encomendó al PIT-CNT la organización de los espectáculos y shows para entretener a los visitantes, y mandó alquilar 10 aviones privados a reacción, para ir a buscar a los asistentes a sus respectivos países, y traerlos directamente al Aeropuerto de Carrasco, para llevarlos en limusinas también arrendadas a su hotel en Punta del Este.
El Dr. Jorge Díaz prepararía la agenda a tratar en el encuentro, que empezaría con un banquete para quinientos comensales, entre asistentes e invitados especiales, el cual estaría a cargo del chef Alain Ducasse, que tiene nada menos que 17 estrellas Michelin en su currículum.
El concierto de cierre del encuentro estará a cargo de la Filarmónica de Berlín, dirigida por Sir Simon Rattle, que ejecutará un programa que integran la Sinfonía del Nuevo Mundo, de Dvorák, y, en el final, la Internacional, que será coreada por todos los asistentes.
Cuando Lula llamó por teléfono porque quería saber cómo iba la cosa, y Yamandú le contó todo este plan, se impresionó un poco, y le preguntó cómo iba a hacer para financiar este programa de ensueño.
—Tranquilo —le respondió Yamandú—. Conseguimos una donación de unos comerciantes chinos de la calle Colón, que venden equipos eléctricos, cables y enchufes, gente muy generosa, y nos han financiado todo, con solo decirles y mandarles la boleta, ellos nos donan el importe.
—¿Y tenés idea de dónde sacan ellos tanto dinero para pagar todos esos gastos? —inquirió Lula.
—Ah, ni la menor idea —replicó Yamandú—, de algún lado la sacarán, pero nosotros no hacemos preguntas. Pagamos las cuentas y listo. Esto va a ser un éxito, vas a ver —concluyó.