• Cotizaciones
    miércoles 12 de junio de 2024
    • Temas del día

    El voto que el odio pronuncia

    Nº 2195 - 13 al 19 de Octubre de 2022

    Pocos opuestos se usan tanto y para situaciones tan disímiles como amor y odio. Son dos caras de una misma moneda, sostienen algunos de los académicos que se dedican a estudiar esos sentimientos antiguos como la humanidad. La diferencia principal es que el primero sirve como impulso para construir y el segundo destruye con su fuerza desbordante y, en la mayoría de los casos, ciega.

    A través del amor se han formado desde países, nacionalidades y ciudades hasta familias, sociedades, obras artísticas y una larga lista de motores que empujan al mundo hacia delante. En otras palabras: la vida. A través del odio se han derribado imperios, combatido religiones, destruido especies, personas, grupos o hasta civilizaciones. En otras palabras: la muerte. Así, como vida y muerte, amor y odio están unidos y se complementan. Es muy difícil concebir o entender uno sin el otro. Cada cual los combina de la manera que quiere o que puede. Tanto en lo general como en lo particular, el porcentaje que se le otorgue a uno y a otro es una de las elecciones más importantes de la existencia.

    En política el odio tiene, lógicamente, muy mala prensa. Los discursos proselitistas son construidos con base en el amor al prójimo, a la patria, a las instituciones, a la prosperidad, a todo lo que se pueda. Propender al bien es la máxima con la que se presentan la inmensa mayoría de los que pretenden obtener el voto popular. Pero esa es solo la superficie. De hecho, los que se levantan y alimentan desde el odio suelen tener buenos resultados. En especial en algunos lugares muy polarizados y con sistemas políticos desacreditados entre la mayoría de la población.

    Para no hacer un largo análisis histórico, basta con detenerse en lo que ocurrió hace poco más de una semana en Brasil. Resulta que el presidente de ese país, Jair Bolsonaro, que pretende ser reelecto en su cargo y que basó su campaña en duras críticas a sus adversarios y en desacreditar a algunas minorías, obtuvo más de 50 millones de votos, pese a que las encuestas aseguraban que el apoyo iba a ser mucho menor. Que el 43% de los brasileños lo haya elegido fue una sorpresa para la mayoría de los analistas, que ahora buscan explicaciones.

    Ya lo había sido su triunfo cinco años atrás. Los resultados económicos de su administración no son malos, según sostienen los expertos, y eso puede explicar que no haya perdido mucho caudal electoral. Pero también resulta bastante obvio que su discurso es atractivo para muchos otros por fuera del tema económico. También que una parte importante de ellos son los fastidiados con lo que hizo el Partido de los Trabajadores en los anteriores gobiernos. Son los que odian a todos “esos comunistas” y sus aliados, alimentados por varios escándalos de corrupción que pudieron comprobarse y que los tuvieron como protagonistas.

    No son pocos. No son ningunos locos sueltos. No pasan desapercibidos ni merecen ser catalogados de extremistas o subestimados. Brasil no tiene 50 millones de fanáticos. Tampoco Estados Unidos, que hace unos años eligió a Donad Trump como presidente con un discurso con algunos puntos en común con Bolsonaro. Lo mismo ocurre con países europeos, como Italia, que parecen haber adoptado un camino similar. El odio también mueve montañas y pone presidentes.

    Ahora tiene además un aliado de lujo: las redes sociales. Con el funcionamiento de sus algoritmos esas redes van empujando a sus usuarios hacia corrales, como si fueran ganado, y allí adentro los hacen convivir con los que piensan de una forma similar. El espacio que dan para la discrepancia es con el objetivo de favorecer un choque ruidoso entre las distintas posiciones. Cuanto más virulento sea ese intercambio, mejor. Eso sumado a un descreimiento cada vez más creciente con los líderes políticos tradicionales, en especial en algunos países, genera un cóctel explosivo.

    El error es pensar que en Uruguay estamos lejísimos de eso por dos motivos. Primero porque no es cierto. Aquí también hay políticos que crecen a partir del odio compartido con sus votantes. Y segundo porque no asumirlo es la mejor manera de fomentar que siga creciendo.

    Se equivoca, por ejemplo, el presidente del Frente Amplio, Fernando Pereira, cuando dice de forma descalificatoria que los senadores nacionalistas Graciela Bianchi y Sebastián da Silva son parecidos a Bolsonaro. Así lo argumentó en una entrevista que le realizó Búsqueda y que fue publicada la semana pasada. Lo hizo como forma de deslegitimar a esos dos legisladores y argumentar que no están a la altura de su investidura.

    Lo que no ve Pereira es que sí lo están. Ambos representan a un grupo importante de votantes muy fastidiados con los que se ubican en la izquierda del espectro político. Es más, muchos de ellos no tienen ningún tipo de respeto por esos que ven como sus adversarios. Lo que sienten por ellos es odio y necesitan justificarlo y alimentarlo. ¿O no es así? ¿Cuántas personas hay que sostienen que Bianchi y Da Silva se animan a decir verdades que otros callan? ¿Y cuántas que suben la apuesta y hasta dicen que se quedan cortos? Muchas más de las que parece.

    Lo mismo ocurre del otro lado. Hay unos cuantos dirigentes del Frente Amplio que basan su actividad proselitista en el odio. Pereira lo niega en la entrevista con Búsqueda. Dice que no los ha visto y que si lo hiciera los llamaría al orden. Pero la verdad es que la ahora fuerza política de oposición creció en parte fomentando ese rechazo a todo lo que hacían y decían los representantes de los partidos tradicionales. Son todos corruptos, acomodados, defienden solo a los ricos, muchos de esos latiguillos superficiales todavía tienen cabida entre algunos frenteamplistas. Así que ese odio no es algo novedoso ni tampoco patrimonio de nadie.

    Lo que sí parece es que se ha puesto de moda. Lo muestra la región y también el mundo. La historia es cíclica y el pasado tiende a repetirse, aunque con modificaciones típicas de cada época. En muchas partes la política parece haber malgastado su cuota de amor y ese espacio está siendo ocupado rápidamente por el odio. Menos mal que dicen que a Uruguay llega todo un poco tarde. Aunque no siempre.