“No podemos seguir teniendo zoológicos. Si bien hay movimientos y exigencias por parte de organizaciones animalistas, aún no son una mayoría, pero de a poco el mundo va hacia ahí”, indicó.
Hoy el zoológico de Tacuarembó alberga a más de 2.500 animales. En ese predio de 80 hectáreas donde coexisten además una escuela granja, un camping y una zona de canchas deportivas, las autoridades se dedican principalmente a la conservación de la fauna autóctona en ambientes de semilibertad, mientras que las especies exóticas no se reponen a medida que mueren.
“Está escondido”.
De todos modos, hay quienes ven con cierta nostalgia la pérdida de los zoológicos y reclaman que en espacios grandes y arbolados, como los que se promueven hoy en día, a veces es difícil apreciar a los animales. Claro, con los barrotes de hierro y las pequeñas jaulas de piso de hormigón (de las que pocas quedan en el país) la cercanía era mayor.
“Los monos en San Carlos estaban en jaulas chiquitas, no eran las mejores condiciones. Igual hay gente que llega, se para frente a la jaula en donde estaban y quiere verlos”, dijo a Búsqueda Carmen Vilar, integrante del equipo de extensión del Centro Universitario Regional Este (CURE) de la Universidad de la República, que trabaja en el proyecto Construyendo Juntos: asesoramiento para la transformación del Parque Quinta Medina, en convenio con la Intendencia de Maldonado.
“Hay de todo, hay gente que reconoce que el zoológico no es la situación ideal pero iba de chica y quiere seguir yendo. Entonces es difícil dejar contento a todo el mundo”, agregó. Vilar contó que por eso el plan para la transformación del Parque Quinta Medina hacia un parque educativo ambiental es hacerlo de manera participativa. Llevan un año de reuniones con vecinos y tres con docentes de la zona, quienes propondrán actividades y proyectos a realizarse en el lugar. Este enfoque educativo ya está presente en el Ecoparque y Reserva Tálice de Flores, en el Bioparque de Durazno y en Pan de Azúcar, así como en el Parque Lécocq y en el zoológico de Tacuarembó con su escuela granja, por mencionar algunos.
“Siguen existiendo visitantes que dicen: ‘Ah, pero el animal está echado’, o ‘está escondido’. Claro, no va a estar todo el día ahí contra el cerco para sacarle fotos, hay que dejarlo vivir. Ahora, con los nuevos encierros van a tener la posibilidad de irse hacia el fondo y hacer su vida”, explicó Hugo Arellano, médico veterinario de la Estación de Cría de Fauna Autóctona (ECFA) de Pan de Azúcar, en relación con los cambios que comenzaron allí el martes 3. “El cambio de mentalidad y el apoyo es bastante reciente, de los últimos años. Antes teníamos los zoológicos clásicos y ahora la tendencia es otra”, aseguró.
Mal visto.
El cartel oficial en la vía pública indica el comienzo de una calle arbolada entre la cancha de Atenas de San Carlos y el arroyo San Carlos para ingresar a un lugar que la gente tradicionalmente conoce como “el zoológico de San Carlos”. Hace un tiempo en el cartel se leía Zoo Parque Municipal Medina; ahora la palabra zoo está tachada con escasa prolijidad, solo es un parque.
El cambio tiene que ver con un nuevo proyecto que incluirá, en su segunda etapa, señalización nueva. “Hubo un pedido (en el primer informe realizado por el CURE) para que se quitara la señalética, porque la gente va con la expectativa de un zoo y no lo encuentra. No puedes prometer un zoo si no hay uno”, comentó Vilar.
Ahora la tendencia es hablar de bioparque, parque, reserva o estación de cría. “La palabra zoológico da cosa”, comentó Arellano. Es que el término tiene hoy una mala connotación, asociada a la vieja forma de encierro de animales para exhibición con jaulas con barrotes y piso de concreto.
El director del Sistema Departamental de Zoológicos de Montevideo, Eduardo Tavares, dijo a Búsqueda que actualmente el término reserva “está mal utilizado”. Según el jerarca, en Uruguay solo se puede hablar de bioparques o zoológicos modernos. Tal es el caso del Parque Lécocq, y del nuevo proyecto que la Intendencia de Montevideo prevé realizar en los próximos dos años para que el zoológico de Villa Dolores vuelva a abrir sus puertas (ver recuadro).
“Los únicos que han tomado ese camino son la Reserva Rodolfo Tálice en Florida, el Bioparque de Durazno y el de M’Bopicuá (emprendimiento privado de la empresa Montes del Plata localizado próximo a la ciudad de Fray Bentos, Río Negro). El de Tacuarembó también está cambiando su formato, pero todos siguen siendo zoológicos”, señaló Tavares. Para él, una reserva debe tener miles de hectáreas, algo que no ocurre en ninguno de los recintos del país.
“Se trata de una cuestión de semántica, el término zoológico está muy mal visto. Por eso, algunos se autodenominan como reservas (concepto más amigable) cuando tienen la modalidad de un zoológico moderno, para diferenciarse de los tradicionales. Pero en realidad el problema es que la gente tiene una concepción errónea de lo que debe ser un zoológico”, afirmó Tavares. Según el director, las personas piensan que los zoológicos implican jaulas pequeñas y superpobladas, algo que responde a una concepción de “20 siglos atrás”.
Arellano explicó que hoy la tendencia es el “semicautiverio”. Pan de Azúcar es “un zoo para animales en semicautividad, no hay muros, hay área verde”, definió Brenda Bon, directora de la ECFA. Ahí está la clave. En el semicautiverio los animales no están libres pero tampoco “encerrados en jaulas de 2x2”, sino que tienen espacios verdes y a cielo abierto, apuntó Arellano.
“En la concepción de zoológicos modernos hay que contemplar las condiciones de bienestar animal. Son seres vivos que merecen estar bien, como estamos nosotros”, dijo Bon. En Uruguay hay una “concientización” en este sentido, incluso de las autoridades que se animan a tomar medidas, aseguró. Bon opina que en Pan de Azúcar está la “oportunidad” de mostrar ese cambio en los hechos. Por ejemplo, los encierros de los felinos como los jaguares construidos en 1980 son chicos para la concepción actual. Esta semana comenzaron las obras para duplicar su espacio y tendrán más área verde, no habrá tejido en el techo, habrá más árboles y aguadas con un diseño que incluyó el trabajo de paisajistas y arquitectos. Seguirán con las jaulas de los gatos monteses y luego otras especies.
Dadas las malas condiciones en las que estaban los zoológicos municipales en algunos departamentos, surgieron establecimientos privados que se abrieron para tener a los animales en mejor estado y que no lo ven como un negocio.
En Artigas, el BioParque Javier Ferreira es un establecimiento familiar que desde 1998 se encarga de cuidar animales. El año pasado cambiaron su denominación de zoológico a bioparque por la mala connotación de la palabra. “Cuando nombras la palabra zoológico, la gente piensa en las jaulas chicas, con piso de hormigón y barrotes. Nosotros siempre apuntamos a otra cosa”, dijo a Búsqueda Javier Ferreira, director del bioparque. “La gente ya no quiere ver a los animales encerrados, estos cambios que se están dando en los distintos zoológicos eran lógicos”, aseguró.
Ferreira y su familia están en el día a día con los animales. Tienen una comisión de apoyo integrada por 18 personas. Ayudan en eventos mensuales y cobran una cuota a los 70 “socios colaboradores”, que ingresan sin pagar entrada.
En Rivera, el matrimonio de Nelson Lisboa y Raquel Martínez mantiene el Refugio Ecológico Mi Zoo, que en 2008 consiguió la habilitación de la intendencia. Pero desde 2004 comenzaron a recoger animales que estaban en casas de familia o lesionados y contrataron a una persona. “Nuestro permiso de la intendencia dice que somos un zoológico pero siempre nos dedicamos a ser un refugio”, comentó a Búsqueda Martínez.
Ambos emprendimientos solo reciben ingresos por las visitas. Al ser los únicos lugares con exhibición de animales en cada departamento, todas las escuelas concurren a verlos.
Dinero para cambiar.
Las transformaciones de los zoológicos a parques requieren de inversión. Las obras tienen un costo elevado. Según fuentes técnicas consultadas por Búsqueda, los cambios más significativos en el interior del país son respaldados por las intendencias. En Durazno la transformación del zoológico hacia bioparque costó US$ 2,5 millones y fue parte de un proyecto de campaña del actual intendente Carmelo Vidalín. Con más de 400 animales, de aquellas jaulas victorianas solo queda una para mostrar “el antes y el después”, en contraste con los actuales grandes predios arbolados con aguadas, contó a Búsqueda la bióloga María Ruiz, técnica en bienestar animal del Bioparque de Durazno.
En Maldonado los cambios que se están realizando en Parque Medina dependen del Municipio de San Carlos y los de Pan de Azúcar del Municipio de Piriápolis y aseguran que hay apoyo político y económico para hacerlos. El ecoparque y Reserva Tálice de Flores estuvo en etapa de transformación para respetar el bienestar animal y darle un perfil más educativo y lúdico con obras que rondan el millón de dólares con inversión privada y de la Intendencia de Flores.
El zoológico de Atlántida no tiene más capacidad para expandirse. No se prevén nuevas inversiones y la Intendencia de Canelones trabaja en un nuevo proyecto que le dé un destino diferente al lugar.
Los establecimientos privados van creciendo lentamente porque la posibilidad económica no se lo permite. En Rivera no tienen animales grandes y exóticos porque no los pueden mantener. “Me ofrecieron un león blanco pero fue imposible tenerlo”, contó Martínez. En Artigas han ido agrandando los espacios pero no al ritmo que les gustaría. Ninguno de los dos recibió apoyo económico de las intendencias hasta que en 2017 el Parque Nacional Piedra Pintada cerró su zoológico y trasladó sus animales al bioparque de Artigas. “Logramos un acuerdo de que ellos se encargan de los costos de alimentación y de limpieza de los 14 animales que llegaron”, informó Ferreira.
?? A cuatro años del cierre, no hay reformas en Villa Dolores