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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáUna carta en Búsqueda del Dr. Gonzalo Aguirre, sobre que el Uruguay no es tan pequeño, me trajo recuerdos de una historia que relaciona algunas cosas, y vale la pena recordarla.
Con noventa y siete premios Nobel en Física, Química, Medicina, Economía y hasta de la Paz, el MIT (Instituto de Tecnología de Massachusetts) es en 2021 una vez más la universidad número uno del mundo.
Mientas la Universidad de la República de Uruguay en 2021 cayó debajo del puesto 800 del mundo, y, en América Latina, donde una vez fue la primera, cayó al puesto 47.
En 1978 yo ya era ingeniero de Dieste, habíamos diseñado la bóveda gausa de cerámica de doble curvatura con 50 metros de luz libre, el récord absoluto, con tensores pretensados y apoyada en los viejos muros de ladrillo de los antiguos depósitos portuarios. Mientras, diseñamos una estructura metálica para el encofrado móvil, que era ella también otra prima ballerina. Un molde con seis ruedas, que nunca se separaban de los tres rieles que los guiaban, para deslizarse de una posición a la siguiente con un solo movimiento. Y columnas telescópicas, que se alzaban como en puntas de pie para llegar a la altura exacta y, después de terminada y fraguada cada bóveda, bajaba eléctricamente para ser corrida a la posición exacta de la bóveda siguiente. Planeábamos todo, todo el tiempo, éramos como la NASA, y todos uruguayos.
En ese año, Dieste estaba en Boston. Asociados con una enorme consultora americana, Louis Berger era la mayor firma de ingeniería de la costa este de Estados Unidos, Dieste estaba trabajando con ellos en los detalles más complejos del diseño de la represa de Salto Grande.
Un detalle los preocupaba muchísimo, era casi imposible conseguir que los larguísimos ejes de las turbinas de generación, ya en fabricación en Rusia, cumplieran la tolerancia de alineación del eje que pedían las especificaciones del proyecto. Capaces ingenieros, acostumbrados a problemas complejos de cohetes espaciales y centrales nucleares, no podían resolverlo.
Con calma, como nos había acostumbrado a nosotros, Dieste retrocedió a las ciencias básicas. Por algo antes que ingeniero fue profesor de Física. Tomó el diagrama de cuerpo aislado de la turbina girando como un trompo, aplicó las leyes de Newton, la cantidad de movimiento, la conservación del movimiento angular y la energía, las ecuaciones diferenciales en una matriz de seis dimensiones, e integró la matriz homogénea: impuso condiciones de borde e integró la particular. Cuando terminó, la turbina bailaba dormida como un trompo mientras pasaba el agua y generaba corriente, el movimiento siempre estable y no era problema la tolerancia rusa de fabricación.
Delante de los mejores ingenieros americanos, Dieste desarrolló desde la más básica abstracción teórica, la teoría particular del movimiento de una turbina, hasta el menor detalle práctico, como nadie lo había pensado. Y en unas pocas semanas. Contándolo se reía después, cómo los yanquis estuvieron pasando en limpio y rerazonando cada paso, hasta convencerse. Lo mismo que nosotros, cuando Dieste sacaba una liebre de su galera para resolver un problema estructural impenetrable.
Antes de volver, lo llamaron para una reunión muy importante.
El MIT, la mejor universidad del mundo quería ofrecerle una oportunidad.
Habían estudiado, con las referencias de los ingenieros que estuvieron trabajando con él, las obras de Dieste y su trayectoria. Las estructuras cáscaras en Uruguay y en Brasil, las Iglesias de Atlántida y Durazno, su docencia en Estructuras Especiales.
El MIT quería crear una carrera nueva, la de Ingeniero Arquitecto, a imagen de Dieste, y que Dieste fuera el catedrático que la guiara.
Además de un sueldo (unos US$ 200.000 por año), podría trabajar en Estados Unidos ganado otro tanto o más, y le darían gratis la educación de los once hijos en la mejor universidad del mundo. Sería el ingeniero mejor pagado del planeta.
Dieste ni lo pensó. Tenía claro su compromiso con la patria que lo formó, desde su Artigas natal hasta la universidad, y el compromiso de construir lo mejor a los costos mínimos para poder desarrollarse en un país pobre y competir de igual a igual. Un compromiso cristiano de dar lo mejor de uno, para agradecer a Dios los talentos y las gracias que nos ha dado, para mejorar la vida de los demás.
Les dijo que era un honor, pero que en Uruguay los muchachos lo estábamos esperando y que lo necesitábamos. No les iba a fallar.
Los muchachos éramos nosotros, los ingenieros, arquitectos, capataces, constructores, con los que se divertía construyendo un Uruguay nuevo, un Uruguay atrevido y más solidario.
La fachada marxista-masónica de la Universidad de la República lo radió a Dieste. A él no le gustó cómo radiaron al gran ingeniero Walter Hill y a otros, y a Dieste no le perdonaron no ser de la barra. Se mantuvo unos años, pero no lo llamaron, como lo llamó el MIT, a posiciones que él se merecía y Uruguay necesitaba en el gobierno universitario.
Algo hay que hacer, aprender del MIT. A identificar a los genios entre nosotros, protegerlos y defenderlos, y que sean ellos los que guíen la Universidad para ser otra vez la número uno de América Latina.
Un desafío para dos jóvenes, Rodrigo Arim y Luis Lacalle, para romper moldes y, sin prejuicios, abrir las puertas a un Uruguay más preparado, más abierto y solidario, pero con un escudo para protegernos de los de afuera y los de adentro que nos quieran esquilmar, como quería Artigas, como nos desafió Juan Pablo II.
Para crear una civilización nuestra, bien gaucha, basada en la solidaridad y en el amor al trabajo.
Ing. José M. Zorrilla