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    Empresas sin filosofía son como barcos sin brújula

    N° 1760 - 10 al 16 de Abril de 2014

    Aunque no seamos conscientes de ello, aunque nunca hayamos leído un libro al respecto ni dedicado un minuto a pensar en el asunto, todos las personas hemos adoptado —por acción u omisión— una filosofía de vida que guía nuestras acciones cotidianas.

    Pero, ¿qué es la filosofía? Harry Binswanger, en su ensayo “Philosophy, the ultimate CEO”, la define como “la ciencia que estudia los principios fundamentales de la existencia y del hombre”.

    Estos “principios fundamentales” no son otra cosa que ciertas creencias, valores y criterios que utilizamos a diario para tomar decisiones en la vida. Así, dos niños de cinco años que están construyendo dos casitas con ladrillos Lego y a cierta altura se les viene abajo, reaccionan en forma diferente: uno analiza qué paso, corrige el rumbo y reconstruye su casita, mientras que el otro se pone a llorar y le pide ayuda a la maestra. Cuando estos niños crezcan (y cada uno siga aplicando sus propios principios filosóficos), es altamente probable que el primero se haya labrado su propia vida, mientras el segundo esté mendigando en una plaza o ante el Mides.

    Hoy, son dos las grandes corrientes filosóficas que separan claramente las aguas: el colectivismo esclavizante y el individualismo liberal.

    El colectivismo es la filosofía que más daño ha causado a la humanidad. Bajo sus sábanas se cobijaron las dictaduras más criminales de todos los tiempos: el comunismo estalinista, el nazismo, la China de Mao o la Cuba de Castro, las que han impedido una actividad empresarial pujante y han sometido a los consumidores a restricciones y falta de opotunidades.

    En cambio, la filosofía basada en el libre mercado y el individualismo parte de los principios de que cada ser humano es único e irrepetible, de que cada individuo debe buscar su propia felicidad y de que producir riqueza (en el amplio sentido de la palabra) es una obligación moral. Se basa en que los hombres deben ser diferenciados solamente por sus talentos y sus virtudes, no por la “clase” social a la que pertenecen, ni por su raza o sus creencias. Es entender que el individuo —cada individuo— es el constructor de su propia vida y que no puede sacrificarse ante el altar de un partido político, de un sindicato, de un Estado, ni ante el altar de cualquier otro individuo. Es, en definitiva, respetar su libertad de ser, hacer y tener lo que le plazca, sin violentar los derechos de otros.

    Con las empresas sucede lo mismo. Son pocas las que adoptan una serie de principios filosóficos que las guíen y prefieren basarse en el “pragmatismo”, la intuición o las “talenteadas” de sus dueños. Del lado de enfrente, los sindicatos sí tienen una clara filosofía que guía sus acciones en el largo plazo: la lucha de clases para imponer la dictadura del proletariado. A la larga, se puede anticipar quién ganará la batalla cultural.

    La mayoría de las empresas en Uruguay no poseen una filosofía que guíe su acción. No tienen claro su propósito, no utilizan siempre los mismos criterios para tomar decisiones, haciendo primar los “humores” del gerifalte. El “como te digo una cosa, te digo la otra” no es patrimonio exclusivo del candidato a Premio Nobel.

    Al empresariado local le encanta aplicar el “pragmatismo”, al que ensalzan como una virtud, pero en realidad —como dice el filósofo Binswanger— “el pragmatismo es un antiprincipio. Enseña expresamente que las contradicciones son inevitables y que es una locura intentar guiarse por una serie de principios perdurables. Sostiene que lo que es verdad hoy, puede no serlo mañana. Que todo es relativo y que la verdad es lo que funciona hoy”.

    Los empresarios no son del todo conscientes del rol protagónico que juegan en la sociedad, creando valor y transmitiendo valores. Son los que innovan, los que arriesgan, los que planifican, los que organizan la producción y la hacen llegar a cada hogar para satisfacción de los consumidores. Y si lo hacen bien, tienen éxito. Aunque suene increíble, muchos se avergüenzan de ello.

    Por eso, los empresarios deberían incorporar más filosofía en sus empresas para tener claro el rumbo a seguir cuando navegan en aguas turbulentas y así fortalecer la autoestima de un buen navegante que conduce a puerto a la nave y a sus tripulantes.

    Para lograrlo, deben combinar filosofía y experiencias, tal como lo sugiere el gran Leonardo da Vinci cuando sostiene: “Los que se enamoran de la práctica sin la teoría son como pilotos sin timón ni brújula, que nunca podrán saber a dónde van”.

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