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    En este café donde cambiaremos al mundo

    Sentados ante una mesa y con horas de charla por delante los intelectuales siempre arreglaron las cosas. Aunque luego, al retirarse a sus casas, esas mismas cosas volvieran otra vez a su sitio mediante un engranaje natural, inexorable como la ley de gravedad. Gracias a un café o un té, una copa de jerez y tal vez algún bocadillo dulce, las razones se desenvolvían solas, sonaban lúcidas, perfectas y también se peleaban y picoteaban para explicar una nueva disposición municipal, justificar o no la pena de muerte, las virtudes y defectos de una novela, la necesidad o el horror del patriotismo y la guerra, la bienvenida y el rechazo a las nuevas costumbres. Hay quien habla por hablar y quien lo hace antes de ejecutar. También están los que sueñan despiertos, montañas de durmientes con los ojos abiertos. Y hay quien permanece inmóvil como una estatua mirando por la ventana, ensimismado en oscuros pensamientos que nadie puede adivinar. En Montevideo fue el Sorocabana. Allí se hizo y se deshizo la revolución una y otra vez a nuestro modo rioplatense, más o menos gritón, más o menos compatible, más o menos tolerante. Más o menos. Y en la imperial Viena fue el Café Central, que desde su fundación en el siglo XIX y hasta nuestros días funciona —bueno, no, ahora mismo está cerrado por esta mierda de la pandemia— en el Palacio Fertsel de la calle Herrengasse, un edificio neorrenacentista en cuyo patio se reunieron, por ejemplo, Sigmund Freud y Leo Perutz para hablar sobre el inconsciente, el sueño y la literatura, mientras un tal Trotsky, un tal Stalin y un tal Hitler eran de los que callaban y miraban por la ventana. No culpen al café, ni a sus tortas y postres, siempre frescos, ni a los camareros. A veces ni ellos mismos entendían el pedido de esos sujetos.

    En semejante aula magna de pocillos, vasos y platos se juntaron, alternaron, acordaron y discreparon, solos o en grupo, en días lluviosos o de sol, en tiempos del imperio austrohúngaro y de la Gran Guerra, bajo la vibrante República de Weimar o ante la inminente II Guerra Mundial, Heinrich Heine, Karl Kraus, Alfred Polgar, Robert Walser, Stefan Zweig, Rosa Luxemburg, Hermann Hesse, Joseph Roth, Thomas Mann, Walter Benjamin y Robert Musil, entre muchos otros, la flor y nata de las letras y de la crónica en idioma alemán. Hay que ver la cantidad de diarios, suplementos y revistas que había en ese entonces, y por lo tanto la cantidad de firmas valiosas. La eternidad de un día (Acantilado, 403 páginas), cuyo subtítulo es Clásicos del periodismo literario alemán (1823-1934), recopila una significativa selección de artículos producidos por esos popes de la observación y de las ideas. Si alguien cree que el nuevo periodismo es un invento de los estadounidenses, se equivoca. En Viena, Berlín y Praga ya se cocinaban la información y las frases elegantes, los reportajes de gran valor literario, las crónicas de color con libertad estilística, llamadas también folletines. Dicho sea de paso, “folletín” viene del francés feuilleton, que alude a “hojita” o “suplemento” y ya lo practicaban Balzac, Alejandro Dumas y Victor Hugo. Entonces, Capote y Talese le deben a los alemanes, que a su vez le deben a los franceses, y si seguimos así podemos llegar hasta la gran deuda con Homero, el primer corresponsal de guerra.

    Pero volvamos al sorprendente periodismo alemán de mediados del siglo XIX y principios del XX recopilado en este libro, un periodismo que parece tan lejano y sin embargo suena tan cerca. La puntería irónica, el giro sorpresivo, los mecanismos ingeniosos para construir, el ritmo de las palabras y el humor los acercan al relato de ficción, los vuelven modernos y actuales, desde la crítica de un concierto de Paganini hasta la ejecución de un polaco injustamente acusado de asesinato; desde los fantasmas que brotan en el todavía humeante campo de batalla de Verdún, con más de un millón de soldados muertos, hasta una entrevista a Isadora Duncan; desde la extraña quietud del balneario Bad Ischl hasta la psicología de los berlineses a la hora del almuerzo. Y la mayoría no superan, para hablar en nuestra jerga, los 15.000 caracteres.

    Enormes ventanas que dejan entrar una generosa luz cinematográfica y también los ruidos de la calle, majestuosas columnas, la vitrina con las exquisiteces del día, los diarios desplegados por los clientes vestidos de riguroso traje y corbata, camareros dispuestos como soldados. Qué mundo el del Café Central para escrutar con lentitud. Allá, en aquella mesa está Heinrich Heine, que asistió en Hamburgo a un concierto del violinista genovés Paganini en agosto de 1830 y no lo puede olvidar. Dice que el hombre tocaba como si estuviese en el infierno.

    —Las torpes contorsiones de su cuerpo eran de una rigidez espeluznante, pero en ellas había cierta comicidad animal que nos habría provocado unas extrañas ganas de reír si no fuera porque su semblante, cuya cadavérica blancura se acentuaba con el reflejo de la deslumbrante luz del foso, mostraba una expresión tan sumisa, de tan estúpida súplica, que una incómoda compasión acababa reprimiendo nuestra risa. ¿Ha aprendido los saludos de un autómata o de un perro? Parecía un hechicero que dominaba los elementos con su varita mágica. Del fondo del mar llegaba un ruido atronador y las enrabietadas olas de sangre saltaban a una altura tan colosal que casi salpicaban con su roja espuma la pálida bóveda celestial y las negras estrellas. Todo aullaba, crujía, bramaba, como si el mundo se cayera a pedazos, al tiempo que el monje rasgaba el violín de forma cada vez más impetuosa.

    ¿Qué discuten en esa otra mesa de modo tan acalorado? Parece que el asunto consiste en el arte de dormir o de aburrirse a uno mismo. Estallan algunas risotadas. Sin embargo, uno de los comensales mantiene su rostro serio, almidonado, a prueba de balas. Es Ernst Ludwig Kossak, hijo de un alto funcionario prusiano. Ha visitado un mercado para pobres en Berlín en 1851 y desea hacer algunos comentarios. Todavía resuena en él la tristeza de los carruajes que depositan a los obreros para realizar la compra con apenas unos míseros centavos en sus bolsillos. Cuando las risas se atemperan y las voces dejan espacio, Kossak toma la palabra:

    —Hay hogazas de pan tan grandes y tan negras que asustarían a un estómago delicado. Hay panecillos de Viena agazapados dentro de un saco, como los hombres de Ulises en la cueva de Polifemo. Hay también cebollas, tantas y tan grandes que podrían hacer llorar al mundo entero (¡como si hicieran falta cebollas para hacer llorar a este mundo aciago!). Salchichas de una fisonomía apta para que las confisque la policía, embutidos de tocino de nariz romana y rostro adusto. Morcillas de hígado lívidas e hinchadas de hipocondría y hepatitis, de manifiesto mal humor por haber sido interrumpidas a estas horas en sus meditaciones. Y, por último, partes de animales que debieron de servir para caminar a sus antiguos dueños, expuestas ahora como alimento, aunque más bien invitan a echar a correr.

    Ferdinand Kürnberger, que nació en un barrio modesto de Viena y su padre era farolero, conoce el tema. Las salchichas enfermas que describió su colega le han dado hambre. Se comería alguna cosita. Sin embargo, le gustaría compartir, para no dejar los alimentos de lado, las insufribles escenas diarias que ocurren en los restaurantes de Viena, tan mal atendidos.

    —Llego al restaurante. Cuando desaparezca el celibato y todos nuestros solterones sin excepción pasen por el altar, la convulsión social traerá consigo —junto con los arrebatadores encantos de nuestras mujeres— una indudable ventaja para la ciudad: la mejora de la calidad del servicio en los restaurantes. Un camarero con frac me da la bienvenida. “Sopa de arroz, sopa de gallina, sopa de verduras”. “Sopa de verduras”. Se acerca otro: “Sopa de arroz, sopa de gallina”. “Ya he pedido”. Un tercero me susurra: “Sopa de arroz, caldo de gallina”. “Ya he pedido”. Tintinea una fuente, el maitre del hotel me ofrece una pizquita con la convicción de estar anunciando algo novedoso: “¿Sopa tal vez?”.

    Vuelven las risas a la mesa e inmediatamente se alzan los brazos llamando a los camareros. El café está a rebosar. Entra más gente que debe esperar a que una mesa quede libre. Por encima del gentío, como si ondularan sobre un mar de cabezas y rostros, viajan hacia un lado y el otro las bandejas con tazas, vasos, teteras, cafeteras y platos con strudel de manzana y bochas de helado. Detrás de un diario desplegado, solo, se encuentra Kurt Tucholsky. Su padre era un rico comerciante judío de Berlín, pero Kurt no quiso seguir la ruta de los negocios y optó por la literatura y el periodismo. Lo han enviado a Verdún ocho años después de la batalla y ha escrito uno de los artículos más impresionantes del libro. Colaborador en medios de izquierdas y pacifista a ultranza —cuando lo llamaron a filas igual combatió e hizo tareas en la retaguardia alemana—, todavía no sale de su impacto ante la brutal carnicería que dejó este escenario de la Gran Guerra. Baja el diario, lo deposita delicadamente sobre la mesa y recuerda:

    —Del lado francés cayeron cuatrocientos mil hombres; aproximadamente trescientos mil no han podido ser hallados, están desaparecidos, sepultados, perdidos… El terreno semeja un paisaje lunar en el que ha crecido hierba, los campos apenas han sido cultivados, por todos lados hay agujeros y depresiones producto de los impactos. A lo largo de los caminos, fragmentos de hierro retorcido, refugios subterráneos en ruinas, hoyos en los que una vez se cobijaron personas. ¿Personas? Apenas lo eran. (…) Y en una pendiente hay viejos fusiles, se ven también las cantimploras planas y con el canto afilado de los franceses, roñosas, abolladas, agujereadas. Una vez fueron aplicadas sobre labios sedientos. El agua fluyó dentro de un organismo para que pudiera seguir matando. ¡Adelante! ¡Adelante! (…) Por cierto, en ningún lugar se halla ni la más mínima palabra injuriosa hacia el enemigo; siempre, en todas partes y sin excepción, en letreros, en rótulos, se honra al enemigo y se le califica de “soldado combatiente”. (…) ¿Existe hoy día algún periódico capaz de admitir: “¡Nos hemos equivocado, nos hemos dejado engañar!”? Sería lo mínimo. ¿Hay ni tan siquiera uno que se haya atrevido a aleccionar machaconamente a sus lectores sobre la verdadera faz de la guerra, del mismo modo que antes les martilleaba en sus páginas, año tras año, ese repugnante entusiasmo por el crimen? “¡No podíamos arriesgarnos a que nos cerraran el periódico!”. ¿Y luego, cuando ya no había censores? ¿Qué es lo que no podíais entonces? ¿Habéis mostrado después alguna vez toda la verdad, aunque solo fuera una única vez, la verdad desnuda, repulsiva y sangrienta? Noticias es lo que quieren los periódicos, noticias es lo que quieren todos ellos. La verdad no la quiere nadie.

    En la puerta del Central se tropiezan Peter Altenberg y Ludwig Speidel. Altenberg es un habitué. Su tarjeta de presentación tiene la dirección del propio café, al que considera su casa y donde ha creado la mayoría de sus artículos. Ambos no se toleran demasiado. Altenberg cree que Speidel es un fetichista de los pies (de hecho ha escrito un artículo sobre el pie de la bailarina Fanny Elssler) y Speidel cree que Altenberg es un pedófilo (de hecho ha escrito un artículo en el que confiesa amar a una joven de 15 años). Pero exhiben una extrema amabilidad: “Pase usted primero, por favor”. “Faltaba más, después de usted”. “Insisto”. “Yo también”. Y así están un buen rato hasta que llegan otros clientes y deben despejar la entrada.

    Aquel hombre que comanda la animada tertulia es Thomas Mann, Premio Nobel de Literatura en 1929 y novelista de Muerte en Venecia. Está hablando de cine. En realidad aclara que el cine no es un arte, sino un entretenimiento. Todos asienten con un leve gesto de la cabeza, le dan la razón sin abrir la boca. Qué alcahuetes. Seguro que Mann debería tragarse las palabras si hubiese visto la versión que hizo Visconti de su novela. Y ese que ríe y parece susurrarle algo al camarero es Alfred Polgar, según Kafka “un maestro de la miniatura”. Vaya elogio. Polgar tiene precisamente una miniatura de 1926 sobre el Café Central, sobre sus habitantes, en los que él mismo está incluido, o debería. No los trata muy bien. Entre otras cosas los llama “parásitos” y “desnudos psíquicos”, gente que viene con un “malestar cósmico” y es muy poco pragmática. En una palabra: una aldea cotidiana rebosante de “cotilleos, intrigas y maledicencias”. Más o menos el corazón de cualquier café del mundo.

    Estalla un ruido de platos y vasos que caen al piso. Por un instante los clientes dirigen las miradas hacia el foco de la cuestión. Una mujer se ha incorporado de golpe de su silla y señala bajo la mesa: “¡Allí, una rata almizclera!”. Enseguida acuden los camareros con escobas. Se abren camino entre la gente con mayor velocidad que la habitual, barren, juntan los trozos de los platos y los vasos rotos y se retiran.

    Joseph Roth conserva en su mesa siete copas de jerez vacías. No le gusta que las retiren: desea verlas como trofeos de la reunión. En su mano tiene otra copa a mitad de camino y a punto de echársela al coleto y terminarla. Roth ama los hoteles. Ha vivido toda su vida en ellos. ¿De qué habla al resto de los comensales que lo acompañan? De hoteles. Se define como un ciudadano, un patriota, de hoteles. Pero antes, como postre, junta el pulgar y el índice de la mano derecha y pide “un simpático vinito del Rhin”. El camarero, que lo conoce, sabe que serán tres o cuatro.

    —Así como otros hombres vuelven al calor del hogar, junto a su mujer y a sus hijos, yo regreso a la luz del vestíbulo, junto a las camareras y al portero, y siempre logro consumar la ceremonia del regreso de forma tan plena que ni siquiera da tiempo a cumplimentar los formalismos del hospedaje. La mirada con la que me recibe el portero supera cualquier abrazo paternal. (…) Y cuando llega el repartidor de giros postales me lo anuncia con discreto júbilo. Es italiano. El camarero es austríaco. El portero, un francés de la Provenza. El recepcionista, de Normandía. El maitre, bávaro. La doncella, suiza. El chico de los recados, holandés. El director, de algún lugar del Mediterráneo oriental, y desde hace años sospecho que el cocinero es checo. Los huéspedes provienen del resto del mundo. Los continentes y los mares, las islas, las penínsulas, los barcos, los cristianos, los judíos, los budistas, los musulmanes y hasta los disidentes están representados en este hotel.

    El señor al costado de la columna es Gottfried Benn. Su padre era un pastor protestante. Gottfried primero fue hacia la teología, pero cuando se radicó en Berlín estudió medicina y se recibió de médico. Un poemario suyo se titula Morgue. Otro Carne. Y su colección de textos breves se llama Cerebros. Se lo conocía como “el poeta del bisturí”. Imaginen. Al principio saludó con esperanza el avance del nacionalsocialismo comprando ese numerito tan abonado del “renacer de una nación”. Pero el amor duró poco. Cuando los nazis leyeron sus poemas los tacharon de “porquerías perversas y antinaturales”. Benn devolvió el golpe y llamó a los oficiales del régimen “hocicos de césares y cerebros de trogloditas”. Acabó trabajando en un hospital para pobres y prostitutas. Le interesa muchísimo el arte y sostiene que es lo único que puede redimir a esta asquerosa humanidad. Muy interesante. De todos modos, cuidado: la rata almizclera puede estar bajo la mesa entre sus piernas.

    Ah, pero miren quién está aquí: es el enorme Stefan Zweig. Gesticula alzando los brazos como si quisiera abarcar enormes alturas y estructuras. Claro, habla de su viaje a Nueva York y de un artículo que publicó en 1911. Está sentado contra una ventana. De pronto, del lado exterior, tres skinhead con esvásticas tatuadas en sus cabezas se detienen y golpean el vidrio. Hacen muecas, uno de ellos enseña el dedo corazón, otro se lleva la mano a la entrepierna y otro achata el rostro contra el vidrio, que se llena de babas. Zweig los mira inexpresivo tres segundos, vuelve a girar y continúa su conversación:

    —El secreto de las ciudades americanas, salvajes y extrañas en un primer momento, es que no están sujetas a un plan paisajístico determinado, sino que tan solo aspiran a ser elementales y primarias. Nueva York imita inconscientemente a la cordillera, al mar y a los ríos. Si se contempla desde la distancia al atardecer, la ciudad semeja un macizo escarpado y desnudo, como el de Montserrat, con sus abruptos riscos y picachos. Y el flujo humano de sus calles es como el mar, sometido a leyes establecidas, porque también aquí existen las mareas.

    Un camarero anuncia que el café cerrará en breve. ¡No, todavía no! Falta Robert Walser, que tiene algo que decir sobre un pueblo fantasma. Y Egon Erwin Kisch, un sobreviviente de sus propios camaradas, que desesperados —la desesperación sin igual de una batalla— no lo querían dejar subir a una barcaza por temor a naufragar en medio de una balacera serbia. Y Robert Musil, y tantas otras celebridades que han vivido lo suyo y lo que tienen de particular es que saben contarlo mejor que nadie.

    —Caballero, esta es la salida, por favor —indica el camarero con buen tono y modales, los que siempre caracterizaron al Café Central desde 1876.

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