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Aquí tenemos un solo tema: la montaña. Pero las variaciones se las da el amor que siempre le profesó el escritor italiano Dino Buzzati (1906-1972) a las grandes alturas generadas por la naturaleza, desde los Alpes y sus queridos Dolomitas, donde nació, hasta el Everest y el Himalaya, las dos mayores cimas del planeta, con casi 9.000 metros hacia el cielo. Los indómitos de la montaña (Gallo Nero, 324 páginas) es una recopilación de artículos y textos, en su mayoría publicados en el Corriere della Sera, a través de los cuales Buzzati aborda el alpinismo y la aventura —para muchos descabellada— de escalar enormes piedras verticales, los héroes que desafiaron la roca, las tragedias (y quienes han sobrevivido a esas tragedias, que siempre son mal vistos), los temporales y los refugios salvadores, las históricas expediciones y sus pormenores, el milagro de 26 alpinistas que salieron ilesos de una tormenta que los hizo desaparecer y dar por muertos, los picos malditos, el cambio de colores en cumbres que se comportan como camaleones y también los sueños, porque el propio Buzzati nunca dejó de soñar ni un solo día con la montaña, hasta que estalló la II Guerra Mundial y los acorazados irrumpieron fatalmente en su descanso nocturno, no por mar sino a través de… montañas.
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El novelista de El desierto de los tártaros destila todo su nervio narrativo en la expedición de 1954 al K2, dentro de la cadena del Himalaya y considerada la punta más difícil de escalar del planeta. Nos hace estar allí, colgados con los alpinistas, en vértigo constante. Sentimos los 40 grados bajo cero, el paso a paso y clavo a clavo de los heroicos escaladores, la apoteosis de conquistar la cima y al mismo tiempo lo insignificante que resultan esos puntitos humanos en la nieve, la tumba de un compañero que murió en la expedición, el silencio aterrador de los 9.000 metros y el paisaje de ciencia ficción que dejan las bombonas de oxígeno abandonadas en las alturas.
Buzzati perdió amigos en la montaña. A uno de ellos lo fue a visitar al cementerio cuando ya estaban cerrando la verja. Así remata la nota: “En la puerta había un policía que tenía orden de no dejar pasar a nadie. ‘Soy amigo suyo’, dije. ‘Han venido ya decenas de ellos’, respondió el policía. ‘Hoy todos se han convertido en amigos suyos’. Y volvió a cerrar la verja”.