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    En serio: no es broma

    En esta edición especial, el Dire nos dio carta blanca para chivear y salirnos del tema reglamentario.
    Así que esta no es una columna de humor como lo son —o pretenden serlo— las columnas de Kid Gragea.
    Aquí procuraré historiar algunas de las peripecias y las tribulaciones de este alter ego, que me ha permitido mantenerme en contacto con ustedes por tan largo tiempo.

    Como tal vez lo dice alguna otra nota en esta edición de Búsqueda/galería, ostento el dudoso honor de ser el más viejo de todo el plantel, pero la parte positiva es que ello me ha permitido compartir mi vida con la de Búsqueda a lo largo de medio siglo, sin faltar ni a una edición. Eso tampoco quiere decir que ese mismo privilegio lo pueda exhibir Kid Gragea. No, señor.

    Kid Gragea tiene padre, pero su vida se la debe a su padrino. Allá por 1976, yo conté en una de las reuniones de Búsqueda que manteníamos periódicamente con Ramón Díaz, Manfredo Cikato, Pablo Fossati y Danilo Arbilla uno de los tantos mamarrachos burocráticos que había tenido que vivir mi hermano Gonzalo al tratar de poner a su nombre el teléfono de línea de un apartamento que había comprado. Era, como tantas anécdotas que todos hemos vivido más de una vez, un verdadero disparate, en medio además de unos tiempos tormentosos en los que los jerarcas de los entes estaban mezclados con tenientes de navío, coroneles y demás mandos injertados a prepo. Como sea, termino mi cuento y Arbilla me dice: “¿No te animás a escribirlo?”. Acababa de nacer Kid Gragea. Nunca terminaré de agradecértelo, Danilo.

    En esos tiempos yo trabajaba en una empresa farmacéutica. Y los boxeadores asumían sobrenombres con la palabra Kid. Kid Gavilán, Kid Pambelé. Bauticé al muñeco como el peleador que vivía entre pastillas, jarabes y grageas: Kid Gragea sería desde entonces mi otro yo.

    No salió desde ese número en adelante en forma continua. Pero estábamos atentos a algunos asuntos que en serio era complicado o incómodo mencionarlos, y Arbilla me decía: “Este, tomátelo para la broma”. Recién en setiembre de 1981, cuando pasamos del formato “revista” al semanario, tras una primera y excelente columna de humor escrita por Jorge Borlandelli en la penúltima página, a partir del segundo número del semanario el Kid colonizó esa zona, y no ha faltado ni una sola vez. Delicadamente el otro yo se volvió titular, y el antiguo “periodista”, que escribía sobre política internacional y otras yerbas desde el número cero, pasó a unos dignos cuarteles de invierno. Les confieso que me siento mejor así.

    La veta humorística tal vez se hereda en parte, pero sobre todo se cultiva. De ser el que escribía los versitos en broma que les dedicábamos a los profesores en las fiestas de fin de año del liceo (sí, créanme, alumnos y profesores celebrábamos juntos la despedida de los cursos y les leíamos a los profes unas bromas en las que les tomábamos el pelo, además de otras cosas, como por ejemplo la vez que a Hugo Balzo, nuestro profesor de Cultura Musical, además del versito le regalamos un peine, porque era pelado) pasé a leer humor en serio, valga la contradicción. Mis fuentes de inspiración fueron el incomparable Enrique Jardiel Poncela (búsquenlo en Google, porque en las librerías no existe, injusta e inexplicablemente), el admirable Art Buchwald (quien en una recopilación de columnas publicadas en la prensa norteamericana sobre Watergate le dedicó el libro al presidente Nixon, “sin cuya colaboración esta obra no hubiera sido posible”), el húngaro-israelí Ephraim Kishon, maestro de la sátira costumbrista, y el insuperable César (el Negro) Di Candia, cuyas columnas en la prensa uruguaya bajo el seudónimo DIC nutrieron a mis neuronas de un estilo de humorismo exquisito, a veces surrealista, siempre incisivo, manejando el bisturí y no el mazo y la porra.

    Kid Gragea, a lo largo de tanto tiempo ha tenido vicisitudes, alegrías, porrazos y no pocos enfrentamientos. En una sociedad que ha ido evolucionando en sus estilos, en sus costumbres y en sus valores, uno ve que en los tiempos que corren a nadie se le ocurre mandar cartas al semanario quejándose de que le tomen el pelo. En tiempos del gobierno de facto la cosa era más difícil, y la columna de humor motivó, junto con otros artículos que molestaban a los mandamases, hasta una clausura por ocho números. Y una visita a “la Tintorería” de Maldonado y Paraguay, a la que el humorista fue trasladado en un Falcon con un flaco que me apretaba las columnas con un rifle. Pero eso no viene al caso.

    Sí en cambio viene al caso cuando los judokas se enojaron con Kid Gragea y pidieron que lo despidieran del semanario. Tras una fracasada participación de un grupo de deportistas de judo en una competencia en los EE.UU., en la que les dieron unas palizas sin precedentes, Kid Gragea los agarró para la broma y dijo que en fija que se habían llenado de hamburguesas en MacDonald’s (que todavía no había llegado al Uruguay) y que por eso no levantaban los brazos, y cosas por el estilo. El presidente de la Federación de Judo mandó una indignadísima carta a Búsqueda diciendo que esa injuria a los sacrificados deportistas uruguayos debería motivar el alejamiento de ese pretendido humorista. Yo me la tomé por el único camino posible, o sea, para la broma, y le escribí una carta al semanario, defendiendo mi posición, y pidiendo que la Federación de Judo lo despidiera a su presidente por atentar contra la libertad de expresión del pensamiento. El judoka máximo tenía escaso sentido del humor y volvió a la carga con otra carta, indignadísimo, y ahora sí exigiendo el inmediato despido de ese sinvergüenza que le tomaba el pelo. Como se imaginarán, le volví a contestar con otra carta, y la sección Cartas al director se nutrió en varias ediciones de esta singular polémica editorial, en la que algunos otros lectores escribían a favor y otros en contra de los contradictores. En medio de las amenazas, que llegaron a decir que los judokas lo esperarían al piojoso del humorista en la esquina de la sede de Búsqueda, apareció un lector, el queridísimo Pipe Stein, autodenominándose “presidente del Club de Fans de Kid Gragea” y diciendo que reuniría amigos para ir a enfrentarse con los judokas. Todo terminó bien, como era de imaginarse, y Danilo además ya estaba medio aburrido de tanta macana. Pero como anécdota no dejo de recordarla entre las mejores. Tuve otra polémica bastante divertida en la misma sección de carta va y carta viene con la desaparecida colega (abogada) Fanny Puyeski, pero si me pongo a contar anécdotas me fagocito esta columna.

    Le he tomado el pelo a tirios y a troyanos, de todos los pelos políticos, socioeconómicos y filosóficos, dentro y fuera del territorio nacional. Pero solamente uno me llevó a los estrados, y fíjense quién.

    Un novio que tuvo Cris Namús, la boxeadora, era un flaco esmirriado, que al lado de ella parecía más un sobrino que un novio. El personaje era mediático por contagio y proximidad, porque la que tenía fama era ella, pero él aparecía una y otra vez en las fotos en los diarios junto a la estrella del pugilismo. A mí se me ocurrió calificarlo de alfeñique, haciendo alusión al término que el diccionario define como “persona de aspecto delicado y constitución física débil”, poniendo como sinónimos enclenque, endeble. En realidad, yo tomé la palabra de un antiguo aviso que aparecía en los “comics” de Superman de la época de mi adolescencia, en el que un personaje real, que se autodenominaba Charles Atlas, vendía un método para sacar músculos que se llamaba “tensión dinámica”. El tipo aparecía en las fotos como esos físicoculturistas llenos de protuberancias en los bíceps y los cuádriceps, junto a la frase: “Yo era un alfeñique de 44 kilos, y miren lo que soy ahora”. Pues bien: el alfeñique de Cris Namús se enojó, y me demandó por “difamación e injurias”. Terminamos en un juzgado penal con un juez y una fiscal a los que les costaba disimular la risa cuando el agraviado decía que, en la oficina en la que trabajaba, le pedían que sirviera un café diciéndole: “¡Bo, alfeñique, servime otro que el anterior estaba frío!”. Como era de esperar, con la vista fiscal conforme, el juez decretó el archivo de la causa. Me dejó como recuerdo que, hasta ahora, ha sido el único caso en el que la columna me ha llevado a tener que defenderme en un juzgado de la disconformidad de una víctima…

    Podría seguir con otras anécdotas, pero creo que hasta aquí tenemos una mirada nostálgica de esta trayectoria, que a quien le ha dado más satisfacciones es a mí. Me ha servido para mantener el cordón umbilical con el desarrollo de la sociedad en la que vivimos, atento a lo que pasa, y a lo que no pasa, ironizando, criticando y tratando de entretenerlos a ustedes, mis fieles lectores, a quienes les agradezco que se tomen un ratito cada semana para alivianar la carga de tantos artículos en serio que pueblan dignamente la publicación en la que convivimos.

    Lo hago cumpliendo con una máxima que acuñaron los romanos, que bien que se tomaban el pelo entre ellos con sus sátiras e ironías: “Castigat ridendo mores”, que quiere decir “castiga a las costumbres riéndote de ellas”.

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