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    En sus versiones de cónsules, importantes empresarios locales se reúnen  en actividades protocolares, sociales y hasta torneos de ping-pong

    Juan Carlos López Mena (Marruecos), Alberto Fernández (Malta) y Ruben Aprahamian (Armenia) son algunos de los que representan a países extranjeros

    Si por casualidad un maltés llegara a Uruguay por estos días y necesitara acudir al consulado de su país para solucionar un inconveniente, se toparía con un panorama desconcertante: pasacalles con reclamos sindicales en el frente, un puesto de tortas fritas y una puerta cerrada que no se abre aunque suene el timbre. En síntesis, el posible maltés se encontraría con Fripur, la planta de procesamiento de pescados que cerró el mes pasado.

    Alberto Fernández, su dueño desde hace 39 años, recibió en 1990 a una delegación de Malta con la que generó una buena relación. Al poco tiempo el gobierno de esa isla le ofreció ser su representante en Uruguay. Aceptó pensando en ocupar el cargo por seis meses pero sigue hasta hoy.

    “Me entusiasmaron, era algo nuevo y representar a un país como Malta es un honor por su cultura, su historia y su gente maravillosa”, contó a Búsqueda.

    En Uruguay no viven malteses. Hasta el año pasado había cinco que estaban vinculados al área financiera agropecuaria, pero se fueron detrás de nuevos mercados.

    En estos años, Fernández encontró en su rol de cónsul una posibilidad de “ampliar diversos intereses comerciales”. 

    “Es un medio más. Las recepciones diplomáticas dan contactos nuevos y seleccionados; llegan empresarios notables con los que se formaliza una relación rápida y de bajo costo”, explica.

    Por más sorprendente que parezca, su caso no es excepcional. Ser cónsul honorario de un país extranjero es una costumbre extendida entre el empresariado local. Basta visitar la lista de cónsules honorarios en la guía diplomática del Ministerio de Relaciones Exteriores para confirmarlo.

    El asesor jurídico de la Cámara de Comercio, Juan Mailhos, es cónsul honorario de Filipinas; el dueño de la firma de maquinarias José M. Durán, Eduardo Sojo Durán, representa a Jamaica; y el presidente de la Asociación Internacional de Radiodifusión, Héctor Óscar Amengual, a El Salvador.

    En el sector portuario los casos se repiten más aún. El empresario Juan Carlos López Mena es uno de ellos. En su despacho de la terminal de Buquebús —que pasará este mes a manos de la Administración Nacional de Puertos luego de que no se le renovara la concesión— se podía ver la bandera del Reino de Marruecos, país al que representa en Uruguay.

    López Mena operaba años atrás, a través de Buquebús España, un servicio de ferries en el Estrecho de Gibraltar que unía las ciudades de Algeciras y Ceuta. De allí, según indicaron a Búsqueda algunos de sus allegados, nació el vínculo con Marruecos, aunque tiempo después vendió Buquebús España. 

    Antes de López Mena era el actual presidente de Peñarol, Juan Pedro Damiani, quien ocupaba el cargo de cónsul honorario de Marruecos. 

    Los líderes del Grupo Schandy, del astillero Tsakos Industrias Navales y del Grupo Ras son otros ejemplos de empresarios ligados al sector portuario que representan a países extranjeros. John Christian Schandy es cónsul honorario de Noruega y Suecia, el capitán griego Panagiotis Tsakos es cónsul general de Chipre y Ruben Azar es cónsul honorario de India.

    Azar mantiene una fluida relación de negocios con ese país que llevó a que el embajador de India en Argentina le ofreciera el cargo de cónsul. En Uruguay vive hoy una comunidad cercana a los 300 indios. 

    Azar colabora con ellos en tareas como la organización de festejos en fechas tradicionales y atiende también con frecuencia a uruguayos que quieren viajar a India o con empresarios que quieren establecer vínculos comerciales. Según contó a Búsqueda, en la actualidad coordina con la Cancillería uruguaya una visita del ministro Rodolfo Nin Novoa a India y, posiblemente, un futuro encuentro presidencial.

    Ciudadanos con carné. 

    Casi todas las semanas varios empresarios se encuentran en su versión de cónsules. A veces es en actividades protocolares que celebran fechas importantes para los países, otras en actividades de trabajo sobre la tarea que desempeñan y otras en eventos sociales como campeonatos de ping-pong o de golf.

    En Uruguay hay 37 consulados honorarios que integran una asociación llamada Cuerpo Consular Honorario.  Su presidente es el cónsul honorario de Croacia, Eduardo Antonich.

    Según dice, los cónsules honorarios pueden dividirse básicamente en dos tipos: los que están vinculados al comercio y los que son originarios del país al que representan. Antonich es croata y habla el idioma, pero los casos como el suyo son la minoría dentro del Cuerpo.

    Las funciones a cumplir por los cónsules están determinadas en la Convención de Viena de Relaciones Consulares. Algunas de ellas son: “Proteger en el Estado receptor los intereses del Estado que envía y de sus nacionales”; “prestar ayuda y asistencia a los nacionales del Estado que envía”; y “fomentar el desarrollo de las relaciones comerciales, económicas, culturales y científicas entre el Estado que envía y el Estado receptor”.

    Más allá de la Convención de Viena, las tareas que desempeñan varían de acuerdo a la legislación de cada uno de los países. Algunos tienen normas más restrictivas que otros. Antonich, por ejemplo, tiene como una de sus tareas la tramitación de la ciudadanía, una potestad que no tiene la mayoría de los cónsules honorarios. 

    El volumen de actividad de un cónsul honorario también depende de la existencia o no de comunidades de esos países en Uruguay. 

    En cualquier caso, según Antonich, Uruguay tiene una característica particular que hace que aquí los cónsules honorarios tengan una “repercusión mayor”. Sucede que no hay muchas embajadas residentes aquí y, de hecho, el número disminuye. Croacia, por ejemplo, tiene una embajada en Buenos Aires, tres consulados en otras provincias de Argentina y uno en Uruguay. 

    “La actividad de los consulados de Rosario o Tucumán ni se comparan con la que tengo yo. Tengo que manejar toda la parte protocolar y toda la parte consular. En Argentina casi todo se maneja desde la sección consular de la Embajada”, explicó.

    Antonich contó que asistir a viajeros que llegan en un crucero y pierden o les roban los documentos es una de las tareas que cumple con frecuencia un cónsul. En casos de detenciones también tienen el deber de “intervenir” para dar “protección” y evitar que los derechos de ese ciudadano “se vean avasallados”. 

    Para desempeñar sus tareas, cuentan con muy pocos “beneficios, privilegios e inmunidades”.

    “No percibimos salario, ningún tipo de beneficio económico ni tenemos beneficios tributarios. No podemos adquirir vehículos sin impuestos, no podemos amueblar la oficina. No podemos importar sin impuestos nada”, detalló. Esos son beneficios que suelen tener los embajadores o cónsules de carrera. 

    Algunos países dan a los cónsules honorarios un porcentaje o la totalidad de las tasas consulares de los trámites que realizan. En el caso de Uruguay es el 50% y el dinero tiene el objetivo de saldar gastos de oficina.

    En cambio, los cónsules honorarios que integran el Cuerpo, según Antonich, no corren con esa suerte. El 99%, asegura, no tienen acceso a ningún beneficio económico “ni para gastos de oficina, ni de teléfono, ni nada”.

    Lo único que los distingue de un ciudadano común es un carné que les otorga la Cancillería en el que se certifica su calidad de cónsules para facilitarles el “desempeño de la función”. Entre los pocos beneficios que tienen está la “inmunidad de oficina” y de “documentos consulares”.

    En algunos casos, lo que los mantiene en el cargo de cónsules es el afecto hacia el país que representan y, en otros, simplemente el “honor” del cargo. 

    “No todo lo que te gusta hacer tiene que tener una retribución económica. De repente una persona se siente con un gran honor por representar a un país”, dijo.

    Ayer, miércoles 9, el Cuerpo Consular Honorario realizó en la sala Reinaldo Gargano del edificio del Ministerio de Relaciones Exteriores una conferencia sobre la Convención de Viena. Luego de que hablaran los cuatro disertantes se abrió la participación del auditorio.

    En ese momento, los cónsules honorarios de Chipre, José Luis Pombo, y de Surinam, Nelson Simatovich, entre otros, formularon inquietudes respecto a la expedición de matrículas vehiculares para facilitar la función consular y la posibilidad de que se consideren algunos privilegios tributarios.

    Uno de los cuatro integrantes del panel era el subdirector de Asuntos Consulares del Ministerio, Diego Pelufo, que tomó nota de los planteos.

    Cambio de cuadro. 

    Alicia Aprahamian es hija del cónsul honorario de Armenia, Ruben Aprahamian. En el despacho de El Mundo de las Mangueras, que ocupa desde que su padre se fue a vivir a Maldonado, atiende sin problemas los asuntos del “negocio” y los del consulado. Si recibe a alguien por la empresa, el cuadro que tiene colgado a la izquierda de su silla muestra fotos del local; si es por temas consulares, baja el cuadro y coloca otro con el rostro del presidente de Armenia.

    “Mi padre es cónsul por un orgullo hacia la comunidad, porque la misma ayuda ya la hacía antes. Es un reconocimiento a todo el trabajo que ya hacía y ahora continúa haciendo”, indica.

    La comunidad armenia en Uruguay supera las 15.000 personas. Por eso, el rol principal de este consulado es social y se cumple en contacto cercano con las instituciones armenias del país. Si un armenio llega y no sabe qué hacer, el consulado le brinda ayuda. Si un armenio que vive en Uruguay quiere viajar por estudio o trabajo, el consulado lo asesora.

    En El Mundo de las Mangueras, sin ir más lejos, hay una prueba de ese trabajo. Tigran es un joven armenio que llegó hace un año a Montevideo. No tenía trabajo y solo sabía hablar armenio, por lo que su situación era compleja. Aprahamian decidió contratarlo y desde hace unos meses trabaja en su empresa como cadete. A la salida del negocio se lo puede ver ingresando mercadería. Balbucea algunas palabras, pero nada parecido al español. Alicia se ríe: “Sigue sin hablar nada, pero ya tiene trabajo”.