Lo que sucede en la escuela que lleva el nombre de Martha Gularte —histórica vedette nacida allí— es solo una muestra de lo que vive el pueblo de poco más de 100 habitantes. De regreso a sus casas, los 16 alumnos de la escuela vuelven a beber, comer y bañarse con el agua de los aljibes o del arroyo Tacuarembó Chico, que queda a unos dos kilómetros.
Paso de los Novillos es un pueblo castigado por el agua. En verano suele haber escasez, los aljibes se secan y entonces empieza el desfile al arroyo a lavar la ropa o a acarrear agua en baldes. Eso siempre que la cantidad de agua lo permita, porque cuando las sequías son grandes el agua del arroyo apenas cubre los pies.
Cuando llueve intensamente, como el viernes 11 y el sábado 12, algunos vecinos llenan grandes baldes azules que ponen bajo la caída de los techos de chapa. Pero la lluvia no es del todo una buena noticia. En contrapartida, los aljibes se desbordan, se contaminan por el “arrastre” de los pozos negros y luego esa agua solo sirve para lavar la ropa. Encima el arroyo crece, corta el paso en el camino de entrada al pueblo y sus habitantes pueden llegar a pasar días sin poder salir.
Inés Mezquita nació en Montevideo pero con dos años su familia se mudó a Paso de los Novillos, donde vive hasta hoy, 48 años después. Hasta 2016 fue la encargada de enfermería en la policlínica del pueblo pero este año el Ministerio de Salud Pública no renovó su contrato. Por su experiencia ahí, cuenta que “casi siempre hay casos de diarrea y vómitos” y es por el agua que consumen. Hace algunos veranos el pueblo sufrió varios episodios de hepatitis y sus hijas estuvieron entre los afectados.
La experiencia de Silvana Fabila también es testimonio de las consecuencias del agua que consumen. “En verano siempre estaban todos con diarrea”, recuerda.
La falta de servicios esenciales como el agua es, según Mezquita, una de las causas principales de la disminución de la población de Paso de los Novillos. En los últimos ocho años —y principalmente antes de que llegara la luz al pueblo cuatro años atrás— estima que se fueron más de treinta personas.
Su propia experiencia familiar da cuenta del fenómeno al que se suma la falta de oportunidades de trabajo. Entre quienes decidieron buscar nuevos destinos estuvieron la madre, dos hermanas, un hermano y una hija de Mezquita.
Ella hubiera preferido “mil veces” que arribara el servicio de agua antes que el de la luz. Sin embargo, aunque las gestiones comenzaron más o menos al mismo tiempo el agua sigue sin llegar. Según cuenta, la OSE hizo varias perforaciones en la zona y algunas de ellas tenían la cantidad de agua necesaria para abastecer al pueblo pero no la calidad.
“Si el agua de los pozos esos dicen que es mala, imaginate la de nosotros que escarbamos seis metros”.
“Como en África”.
En Uruguay, el 98% de la población nucleada —aquella que vive en centros poblados— tiene acceso al servicio de agua potable. En Montevideo, así como en otros departamentos, la cobertura llega incluso a niveles de 99,9%.
De ese 2% sin cobertura, OSE recibía permanentemente solicitudes de abastecimiento de las escuelas rurales. Esas inquietudes llevaron al organismo a elaborar el Programa de Abastecimiento a Pequeñas Localidades y Escuelas Rurales. En 2009 ese proyecto recibió el apoyo del Fondo Español para Agua y Saneamiento, que se comprometió a aportar mediante un préstamo no reembolsable el 50% de la inversión, que en total alcanzaba los US$ 12,2 millones.
Para determinar cuales serían las escuelas —y por ende las poblaciones— beneficiarias, en 2010 OSE firmó un convenio con la Administración Nacional de Educación Pública (ANEP). La coordinadora del programa Pequeñas Localidades de OSE, Karina Azuriz, explicó a Búsqueda que para la selección se tomaron en cuenta las matrículas de alumnos y se hizo un trabajo de campo para valorar cuáles eran las situaciones más riesgosas.
“En algunos lugares se tomaba agua de cañadas; en otros, de aljibes, en otros, de techo. Se hizo todo un relevamiento y se priorizó de acuerdo con la vulnerabilidad de la fuente de agua y la cantidad de alumnos de la escuela”, resumió.
Como resultado se llegó a una lista de unas 350 escuelas rurales a abastecer. El programa culminó en julio del 2016. Si bien representó apenas un aumento menor al 1% en el abastecimiento de poblaciones nucleadas, para OSE el programa implicó duplicar la cantidad de servicios que brindaba. La empresa pasó de tener unos 350 servicios en todo el país a superar los 700 luego de culminarlo.
Además de la inversión en infraestructura (perforaciones, bombas, techados, instalaciones de energía eléctrica y solar, tendidos de tubería, medidores), llevar agua a esas poblaciones implica un esfuerzo importante de operación y mantenimiento. “Se abarca muy poca población con muchos recursos. Hay que ir con una frecuencia de 15 o 20 días, tomar muestras, hacer análisis, llevar hipoclorito, chequear las bombas… No es para nada rentable, es parte del fin social de OSE”, cuenta Azuriz.
Además de las instalaciones en las escuelas el programa incluía el tendido de tuberías y la conexión de las casas de la localidad. En esos servicios se aplica una tarifa rural que tiene un costo de apenas $78 mensuales por consumos de hasta 15 metros cúbicos. A veces las casas eran tan pobres que solo se instalaba una canilla en la entrada porque ni siquiera tenían baño. Esa canilla implica para los habitantes un cambio sustancial en su calidad de vida.
“En Arroyo Blanco, en Rivera, donde hay una población muy primitiva, las que quedaban en las casas eran casi todas mujeres y niñas, porque los hombres son peones rurales. Las chiquilinas pudieron empezar a ir al liceo gracias a que ya no tuvieron que acompañar a la madre a acarrear el agua. La traían de una perforación que estaba a dos kilómetros. Era como en África, la traían en la cabeza caminando dos kilómetros”, recuerda Azuriz.
Particular y costoso.
Cuando tenía 16 años, Gonzalo Guedes, que integraba la ONG Tacuarembó Solidario, estuvo en Paso de los Novillos colaborando en la construcción de viviendas. Entre esas casas estaba la de Juan Carlos Cima, el Bebe, el habitante más veterano del pueblo, con quien estableció una buena relación.
A mediados del año pasado, en una de las visitas que siguió haciendo a Paso de los Novillos, Guedes decidió iniciar un contacto con OSE para intentar acelerar una solución para el pueblo que aún no tenía agua y para el Bebe, que con 80 años la seguía acarreando desde el aljibe de la escuela rural hasta su casa. En el permanente intercambio de mails que inició desde entonces con el subgerente de OSE, Mario Barbato, se pueden seguir los intentos de la OSE por dar encontrar una solución.
Paso de los Novillos estuvo desde el principio entre las 350 localidades beneficiarias del plan de pequeñas localidades. Según Azuriz, es el caso más “particular” y el que tendrá una de las soluciones más costosas. A pesar de haber hecho numerosas perforaciones en el pueblo, la OSE no lograba dar con ninguna que cumpliera con la cantidad y la calidad del agua necesarias. El organismo se planteó incluso instalar una planta desalinizadora para suministrar agua desde una de las perforaciones que cumplía con la cantidad de agua necesaria, opción que fue desestimada por los costos.
En general, las perforaciones del programa Pequeñas Localidades se hacen en los mismos predios de las escuelas rurales. En el caso de Paso de los Novillos, en cambio, la solución recién se encontró en una perforación en un campo que queda a unos tres kilómetros.
El jefe regional de OSE, Eduardo Ferreira, dijo a Búsqueda que ya está instalado el tanque y están llevando adelante los “trámites de expropiación”. Una vez que se concrete la expropiación empezarán a hacer el tendido de tuberías para que finalmente llegue el agua al pueblo más rezagado del programa que culminó hace un año. Guedes y algunos vecinos ya se organizan para colaborar en el trabajo de zanjado.