El 21 de agosto de 1939 arriba al puerto de Buenos Aires el crucero polaco Chrobry. Entre los tripulantes se encuentra un señor serio, atildado, que ha decidido cubrir el viaje inaugural del barco como periodista y tiene en sus bolsillos 200 dólares, más que suficiente para unos días. Camina por el puerto y las calles del centro bonaerense entre gente que habla otro idioma y tiene otras costumbres. Poco más de una semana después, el 1º de setiembre, Alemania invade Polonia. El mundo entra en pánico y este señor, con buen olfato e intuición, decide no retornar a Europa y exilarse en Argentina hasta que el peligro se disuelva. Y se queda… 24 años… con 200 dólares. Dicen que lo vieron bajar del barco a último momento, cuando estaba por zarpar, presuroso, con pasitos cortos y sus dos valijas.
Así comienza su periplo bonaerense, pernoctando en pensiones pedorras, con alguna ayuda de la Embajada Polaca y de amigos ocasionales, realizando diversos trabajos (colaborador en revistas, empleado bancario), aprendiendo el idioma y la supervivencia como un náufrago, un eterno extranjero. Pero este señor, llamado Witold Gombrowicz y que en el incipiente entorno que lo rodea de estudiantes, beatniks porteños y poetas se lo conoce como “el polaco raro”, era licenciado en Derecho, había reinado entre los intelectuales del café Ziemianska de Varsovia, “una especie de terrible sopa de humo y tufo”, y había publicado un libro de cuentos, una obra de teatro y una novela, Ferdydurke (1937), que si bien era muy poco conocida estaba destinada a convertirse en una de las piezas fundamentales de la literatura del siglo XX.
En una reciente entrevista a Olga Tokarczuk, la premio Nobel polaca declaró que no entendía por qué la Academia Sueca no había distinguido con ese galardón a Jorge Luis Borges y a Witold Gombrowicz. Además de quedar afuera del Nobel, ambos escritores ganaron el Premio Formentor, Borges por Ficciones y Gombrowicz por su novela Cosmos, que fue concebida en unas vacaciones en Piriápolis. Y es muy probable que se hubiesen repelido mutuamente en la charla de un café. De un lado estaba el prestigioso grupo Sur, liderado por Borges y Bioy Casares; del otro, el polaco maldito. Borges declaró no haber leído a Gombrowicz; peor para el autor de El Aleph, que se consideraba antes que nada un gran lector. “A mí me encantaba la oscuridad de Retiro, a ellos las luces de París”, anota Gombrowicz en su monumental Diario (1953-1969). Las estúpidas distancias que ponen los egos de los artistas.
Durante su estadía en Argentina fue un escritor oculto y de culto en un ambiente bastante reducido. La clase de tipo al que debemos tenerle una permanente deferencia por su genialidad, al mismo tiempo que nos somete con su sobredosis de neurastenia. Frecuentaba la confitería Rex, una de las más grandes de la capital, donde jugaba al ajedrez y donde nació, luego de muchas sesiones junto con sus acólitos bohemios y discusiones lideradas por él, la esforzada y difícil traducción al castellano de Ferdydurke en 1947. Gombrowicz leía en polaco, traducía en francés y esperaba la respuesta en español. Hasta los mozos de la confitería colaboraron con jergas y modismos porteños.
Asistía a otras tertulias y aguardaba paciente hasta ser invitado para almorzar y si es posible también para cenar. Vestía humildemente, casi siempre de traje, tenía un semblante distante y seco y casi nunca miraba a los ojos a su interlocutor. Pero su enorme cultura y filosa ironía eran temibles. Hablaba de un pasado esplendoroso en Polonia, de una trayectoria literaria seria, pero quienes le rodeaban no podían discernir con claridad si ese mundo realmente había existido o era un delirio del eterno varado en una tierra que no es la suya, al otro lado del océano. En el prólogo de Ferdydurke de la edición de Seix Barral, Ernesto Sábato confiesa su asombro ante la lectura de un capítulo suelto de la novela, Filifor forrado de niño. Y recordaba a su autor como a “un individuo flaco, muy nervioso, que chupaba ávidamente su cigarrillo y desdeñosamente emitía juicios arrogantes e inesperados”.
¿Qué es Ferdydurke? Una novela sobre un mundo delirante y absurdo, escrita de un modo vanguardista que suena extraterrestre al día de hoy. Y todo sin perder jamás la elegancia narrativa, una furibunda inteligencia, un humor que puede llegar a provocar la risa de convulsiones y lágrimas y un sentido filosófico profundo. Cuando en literatura se menciona la palabra “vanguardia”, por regla general se piensa en química de palabrerío incomprensible o en rebuscados experimentos formales, es decir, en libros impenetrables. Nada que ver con esta maravillosa novela que tiene una historia clara, acertadísimas descripciones y también juegos de palabras, porque los personajes son como niños, o niños locos, o niños locos que sueñan con la superabundancia de lucidez. Como un latiguillo, Gombrowicz repite variaciones de la palabra culo: cuculito, cuculeíto, culalalo, cuculalambo, etc.
Todo comienza cuando el protagonista se despierta “a esa hora inanimada y nula en que la noche ya está por terminar y sin embargo todavía no ha nacido el alba”. Un tiempo detenido. El cuerpo muestra desacuerdo entre sus partes. La pierna ríe como si le hiciesen cosquillas, como si tuviese vida propia. Tiempo en pausa, cuerpo fragmentado.
El protagonista y narrador tiene 30 años pero es totalmente inmaduro. Ni hombre ni adolescente. Más bien un vaivén entre dos posibilidades, un péndulo que nunca llega ni a una posición ni a la otra. Ahí es donde se juega la historia. Más adelante nos enteraremos de que se llama Pepe Kowalski. De pronto suena el timbre y se presenta un tal Pimko, un viejo profesor, maestro filólogo de Cracovia que de golpe conduce al protagonista a una escuela de niños que tienen entre 10 años y algo más, pero nunca 30, como Kowalski. En el recreo, las diferencias se resuelven en un combate de… muecas.
Pepe es alojado en la casa de una familia en la que viven el padre, un ingeniero amante de canciones putañeras y risita fácil; la madre, una señora entrada en carnes con ideas progresistas y modernas, “enardecida con el colectivismo y la emancipación”, que a partir de entonces será “la Juventona”, y la hija, conocida como “la Colegiala”, una Lolita de quien Pepe se enamora pero al mismo tiempo pretende exterminar. De cada personaje podríamos sacar montañas de significados, como de un par de tíos aristócratas o de Polilla, un compañero de aventuras del protagonista que desea a toda costa “confraternizar” con un peón rural.
Gombrowicz puede detenerse en una mancha de humedad para iniciar una historia policial, en la figura proyectiva de un cielorraso y ubicar formas como si de un continente se tratase, con países, ríos y montañas; o señalar el movimiento de una mosca al mismo tiempo que destaca las virtudes del teléfono. Y entre la mancha de humedad, la mosca y el teléfono teje sábanas de sentido que en primera instancia parecen algo completamente absurdo, y lo son, pero al instante esas sábanas se solidifican en ideas provocativas, removedoras.
Ferdydurke tiene muchos pasajes sublimes. Uno de ellos es la infructuosa clase de un profesor para transmitir el gusto por las virtudes líricas y las grandiosas y exaltadas estrofas de Slowacki y su poema En Suiza (el poeta existió en realidad, dardo para él), que termina en un aquelarre por parte de los estudiantes, en un no poder apreciarlo, no poder entenderlo y no poder disfrutarlo. A esto Gombrowicz lo denomina, con un genial neologismo, un nopodermiento.
El capítulo que había encandilado a Sábato, una especie de cuento independiente dentro de esta novela inclasificable, trata de dos sabios que se detestan, Filifor, especialista en síntesis y descomposición del individuo, y su enemigo, un anti-Filifor y doctor en análisis, empeñado en perseguir y humillar a Filifor. La reyerta termina con un duelo e incluye a las esposas de los distinguidos caballeros. Ni a Kafka se le hubiese ocurrido.
Quien busque esos mundos demenciales tipo Kafka, Robert Walser o Felisberto Hernández, donde la inteligencia y el humor desbordan las páginas por dosis iguales, donde la payasada con duende te asalta al dar vuelta una página, aquí tiene un representante de majestuosa singularidad, un imponente escritor llamado para subvertir la realidad, lo racional y el orden circundante.
“Pronto nos daremos cuenta —dice Gombrowicz en Ferdydurke— de que ya no es lo más importante morir por las ideas, estilos, tesis, lemas y credos, ni tampoco aferrarse ni consolidarse en ellos, sino esto: retroceder un paso y distanciarnos frente a todo lo que se produce sin cesar en nosotros”.
Aterrizar en el planeta de este escritor es, realmente, una experiencia sin igual. Puede ser a través del libro de cuentos Bacacay o mediante las novelas cortas Trans-Atlántico y Cosmos, esta última una fantasmagoría policial que sigue la pista de… una flecha indicada en el techo de la habitación de un hostal, un gorrión ahorcado entre los arbustos y la sonrisa errática de dos mujeres, una aventura plagada de personajes que podrían ser fellinescos pero son witoldescos. Los tres libros se consiguen en plaza editados por El Cuenco de Plata, con impecable traducción del polaco de Sergio Pitol. También es recomendable su Diario argentino, que resume sus experiencias —todas vigentes— en un país que día tras día siempre tiene algo para dar a nuestra inagotable capacidad de asombro.
Hay escritores a quienes uno lee por la empatía que nos causan sus ideas o sus imágenes. A otros para ver cuán largo es su ostentoso vocabulario. A otros para saber cómo salen del berenjenal en el que se han metido. A Gombrowicz se lo lee por algo más sencillo pero más difícil de conseguir: puro placer.
En abril de 1963, un cuarto de siglo después de haber desembarcado en Argentina “por unos días”, decide regresar a Europa. Reside en París y Berlín. Su fama como escritor, tan esperada y tan ansiada, se acrecienta a nivel internacional, en particular gracias al Formentor recibido por Cosmos. Se casa con la canadiense Marie-Rita Labrosse. Y el 24 de julio de 1969 muere de insuficiencia respiratoria —era asmático— en Vence, en los Alpes Marítimos, unos días antes de cumplir 65 años.
Un escritor marginal.
Un sensible poeta forrado de ogro.
Un oficinista antipático.
Un payaso dislocado.
Un asesino reprimido.
Un ensayista muerto de hambre.
Un desesperado perverso de baños públicos.
Una mente brillante.
Un inútil incapaz de cocinar un huevo duro.
Un genio.
Agítese bien antes de usar: Witold Gombrowicz.