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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn toda instancia electoral trascendental, y esta de junio lo es, los que sentimos la inspiración del pensamiento y de la acción de Don Enrique Tarigo volvemos a sus escritos.
Es así que, releyendo sus magistrales editoriales, me topé con uno de los más recordados, el de Opinar, del 27 de noviembre de 1980, publicado 72 horas antes del histórico plebiscito del No.
Lo traigo a colación empujado por una fuerte propensión —que no sé cómo evitar que sea tan ostensible— de rendir tributo siempre a la memoria del gran republicano que fue Enrique Tarigo, junto a Julio Ma. Sanguinetti, hacedores ambos de este tiempo democrático, regocijo de todos.
De esa columna editorial a la que me refiero, titulada Mis muchas razones para el No —célebre por su contenido, a más de por su estilo y su forma muy peculiar—, voy a tomar prestados, con el debido decoro, ese estilo y esa forma, para decir apenas una docena de mis muchas razones para votar al economista Ernesto Talvi en las internas de junio.
He de votar a Talvi el próximo 30 de junio porque soy colorado y batllista y estoy persuadido de que Talvi, con su arraigada pasión por el batllismo primigenio —batllismo no proclamado ni vociferado para ufanarse de él en los mítines, pero sí sentido en la hondura de sus vísceras— es quien mejor representa el ideario liberal y progresista, proclamado por Batlle y Ordóñez, desde el ya remoto Manifiesto Colorado de 1901.
He de votar a Talvi el último domingo de junio porque desde su aparición en la escena política uruguaya ha contribuido de manera concluyente a generar un efecto revulsivo, capaz de relanzar al Partido Colorado y de ponerlo en condiciones de rivalizar con éxito.
He de votar a Talvi el último día del venidero mes de junio porque lejos de ser apenas un iniciado en la carrera de los honores, hace 21 años que, vivamente familiarizado con el ámbito de gobierno, trabaja en la elaboración de políticas públicas.
Porque su fuerte vocación y ansias de servir —y no de servirse— lo distinguen. En un entorno como el político, en donde el narcisismo, el oportunismo y la sed patológica de poder son los peores enemigos de la vida democrática.
He de votar a Talvi el próximo 30 de junio por el conjunto de virtudes que lo definen. Porque sin ser un hombre joven, aún está en la plenitud de sus condiciones vitales, óptimas para asumir la pesada carga de gobernar.
He de votar a Talvi el 30 de junio porque ha escogido —igual que Batlle y Ordoñez en los albores del siglo pasado— evitar la cooptación de las cúpulas partidarias y construir un camino propio.
He de votar a Talvi el último domingo de junio próximo porque reconozco en él las cualidades del tipo de líder que me gusta. No tiene la apariencia de uno fuerte, de los que solo ambicionan acrecentar su posición dominante. Tampoco se crea que es un líder tibio, calculador o medroso. A poco de conocerlo, la gente descubre en él un ser humano apasionado, entusiasta, dispuesto a jugarse por una gran causa.
He de votar a Talvi en las internas de junio por la firmeza que revelan sus posturas. Porque es justamente la firmeza la cualidad esencial de un gobernante, la que provee de garantías y de certezas a los ciudadanos.
He de votar a Talvi el próximo 30 de junio porque sus palabras y su trayectoria inspiran credibilidad.
Porque creo que el descrédito actual que vive la clase política, en el país y en la región, solo podrá superarse con un decidido impulso —tendiente a robustecer la cultura de la rendición de cuentas— de regeneración de la democracia, basado en el respeto y la decencia de los gobernantes. Y Talvi aflora haciendo punta en ese nuevo empuje regenerativo de la democracia uruguaya. Es un rara avis de la política, trata a los ciudadanos como a iguales y adultos que son. Inculca y practica la idea de verdad fundado en la realidad. Y porque sabe que las soluciones fáciles y mágicas no existen, prefiere afrontar las dificultades con soluciones genuinas, aunque complejas.
He de votar a Talvi el último domingo de junio porque Talvi tiene autoridad, que no es lo mismo que firmeza, puesto que esta está referida a la previsibilidad del yo, en tanto la autoridad se ejercita hacia los demás.
Tampoco confundo la autoridad que aprecio en su liderazgo con autoritarismo. Autoritario es aquel líder que pierde las referencias y siente que él se ha convertido en la política misma.
Talvi en cambio instruye normas de trabajo y de conducta. Sabe cómo administrar autoridad, lo hace con buen oficio, vive en equipo.
He de votar a Talvi en junio porque para él la honestidad es el valor primero; y yo creo que es, sobre esa cualidad, que se fundan todas las otras de un gobernante —aun cuando la gravedad del momento pudiera impactar violentamente en la conciencia colectiva—.
He de votar a Talvi el último día del mes próximo en tanto considero su sólida convicción como una de sus mayores potencialidades.
Conociendo que la autoridad es más moral que ejecutiva —un líder debe apuntar a convencer, a persuadir con fundamentos irreductibles tanto a sus seguidores como a sus adversarios— y eso es lo que se percibe, a poco de analizar el accionar político de Talvi.
He de votar a Talvi finalmente, el último domingo del mes que viene, por la más etérea de sus cualidades, la que los consultores consideran más preciada: la Empatía.
Talvi tiene ese don sublime, por lo general escaso entre los políticos, que no es precisamente la capacidad de escuchar con atención, ni de saber conectar, ni de seducir —habilidades estas que también posee Talvi en abundancia—. Es saber empatizar, estar solícito a prestar oídos con llaneza, a meterse en el pellejo del ciudadano que, atribulado por sus penurias, viene a él.
En consecuencia, he de votar a Talvi en las internas. Y puesto que Ope Pasquet Iribarne es de los lugartenientes de Enrique Tarigo el de mi dilección e, incluso, el destinatario de mis constantes halagos por su actuación pública, asumo que es la Lista 85600 la mejor manera de votar a Talvi ¡Y así lo haré! Permítaseme, al concluir, hacerlo repicando el final de aquel memorable editorial. ¡Arriba los corazones!
Jorge E. Leiranes