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    Escrito en el cuerpo

    “Un método peligroso”, de David Cronenberg

    En los primeros tiempos todo fue salvaje. Sobrevivir de la caza y de la pesca, dormir en cavernas, fornicar promiscuamente y combatir a las tribus vecinas era algo de todos los días. Para salir de la barbarie y entrar en la civilización, fue necesario instaurar mandamientos, prohibiciones, leyes. Los monos deben ser domesticados. Quien no cumple con las leyes queda al margen: es un ladrón, un asesino... o un loco. De la máquina a vapor al acelerador de partículas hay un salto muy grande, pero las pulsiones que anidan en el ser humano y en ocasiones lo llevan a la combustión, son siempre las mismas. Ya estamos en el campo del psicoanálisis, que es el del mono sufriendo la domesticación.

    Y los primeros tiempos del psicoanálisis fueron muy duros, más que nada por la reacción al nuevo método. La conservadora moral victoriana no veía con buenos ojos que un puñado de médicos europeos de avanzada intentaran curar a los pacientes por la palabra, y menos aún que esa misma palabra remitiera siempre a la sexualidad. Imaginen un café vienés a principios del siglo XX, con los caballeros de impecable levita y corbata y las damas tapadas de pies a cabeza, mientras un reputado psiquiatra de pronto suelta una máxima en las mesas como quien deposita un café o un strudel de manzana: “El niño es un perverso polimorfo”.

    Lo interesante de este filme de David Cronenberg, un cineasta acostumbrado a servir al espectador miedos, fierros y entrañas sin cortapisas, es que elige el camino de la amabilidad y la sencillez. Con excepción de la escena inicial, que muestra la llegada de un carruaje a un sanatorio con una mujer en pleno ataque de histeria, el resto de la película transita a través de diálogos, opiniones y consideraciones de escritorio. Es como si “Cuerpos invadidos” (Videodrome, 1983), “Pacto de amor” (Dead Ringers, 1988), “El almuerzo desnudo” (1991), “Crash” (1996) y “Una historia violenta” (2005) representaran a Cronenberg acostado en el diván, con su imaginación más frondosa y sus fantasías más profundas expuestas al público, en tanto que Un método peligroso sería Cronenberg detrás del diván tomándose una pausa, haciendo un alto en el camino para escuchar y reflexionar.

    La anécdota es sencilla y no escapa al tradicional triángulo con sus aristas afectivas: tenemos a dos señores, los psicoanalistas Carl Jung (Michael Fassbender) y Sigmund Freud (Viggo Mortensen), y una señora, la paciente primero y luego también terapeuta Sabina Spielrein (Keira Knightley). Por allí asoman un par de personajes secundarios importantes, como la esposa de Jung (Sarah Gadon) y un descarriado hedonista (Vincent Cassel). El elenco es sobrio y ajustado: no se le pide otra cosa.

    ¿Qué está en juego? Un sistema de ideas que se discute, se pone en práctica y cambia, y ciertas consecuencias de esa práctica incipiente, todo sin demasiadas estridencias. La única tensión reside en un par de encuentros sexuales y en el desvanecimiento del propio Freud: “La muerte debe ser algo muy dulce”, dice el austríaco desde el piso y con rostro de asombro.

    Entonces, quien quiera encontrar un Cronenberg escabroso o al menos un drama pesado, se quedará con las ganas. Aquí tenemos una cuestión más costumbrista que atañe a los primeros tiempos de la cura por la palabra y donde la densidad reside precisamente en las propias ideas que manejan los médicos, en los sueños que se cuentan mutuamente, en las correspondientes interpretaciones y en los pequeños detalles de cómo se inserta una teoría revolucionaria a la hora del almuerzo o en un viaje en barco.

    Sabina Spielrein fue el primer gran nombre femenino asociado al psicoanálisis. La pulsión de muerte, que luego sería capital en la obra freudiana, fue idea suya. Tuvo como paciente célebre a Jean Piaget y fue asesinada junto a sus dos hijas por un comando de las SS en 1942.

    Jung fue quien más amplió los horizontes de la psicoterapia hacia otras regiones, como la filosofía, la antropología y la mitología. Murió en 1961 y tuvo tiempo de ver unas cuantas cosas: dos guerras mundiales, mucho arte, muchas novelas, tal vez discutir la película “Cenizas y diamantes” de Wajda y tal vez disfrutar el disco “Kind of Blue” de Miles Davis. Más que en otros psicoanalistas, influyó en escritores claves del siglo XX, como Herman Hesse, Jorge Luis Borges y Philip K. Dick. Eso sí: James Joyce lo odiaba porque no pudo hacer nada por su hija Lucía, diagnosticada como esquizofrénica e internada de por vida en un psiquiátrico.

    Freud, además de sus más conocidos pacientes Anna O., Dora o Juanito, aconsejó a un par de celebridades pesadas: Gustav Mahler y la princesa Marie Bonaparte. A la distancia psicoanalizó a Dostoievski, a Leonardo Da Vinci, a Miguel Ángel e incluso a... Edipo de Tebas, quien de haber sabido que lo suyo con su madre tenía cura por la palabra, no se hubiera arrancado los ojos. Murió en Londres en 1939, antes de que se desencadenara el desastre bélico, que siempre es un poco más pesado que las fantasías.

    Su teoría conserva total vigencia y, si hoy viviera, sostendría los mismos argumentos y diría que el presidente de Irán, con su insistente ansiedad por construir reactores nucleares, no hace otra cosa que escenificar algún deseo sexual inconsciente, y que Barack Obama, detrás de su orden y pulcritud, reprime una tremenda fiesta negra.

    “Un método peligroso” (“A Dangerous Method”). Reino Unido-Alemania-Canadá-Suiza, 2011. Dirección: David Cronenberg. Guión: Christopher Hampton, sobre libro de John Kerr. Duración: 99 minutos.

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