N° 1993 - 01 al 07 de Noviembre de 2018
N° 1993 - 01 al 07 de Noviembre de 2018
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáUno de mis recuerdos soleados de infancia es un viaje en el Águila Blanca desde Manga a la Estación Central. Vamos sentados mi madre, mi hermana y yo. El sol entra, difuso, por los vidrios sucios de las ventanillas. Miro para afuera y atrás del vidrio borroneado veo pasar las flores violetas que bordean la vía cerca del Paso Molino. El Águila Blanca era una Brill 60, uno de los motocares parte de esa especie de tren de cercanías que Montevideo tuvo hace 40 años. Una maravilla que te llevaba desde las afueras al Centro en un ratito.
Por eso, cuando leo una publicación de Ghierra Intendente que llama a apoyar una propuesta vecinal que apunta a “devolver la Estación Central de Montevideo al uso original de ser una estación de trenes, ampliada con un sistema multimodal de transporte y ofertas comerciales y artísticas”, me prendo. Y así es: los vecinos del Municipio G proponen usar la Estación Central General Artigas como lo que es: una estación de trenes. Agregándole, eso sí, una zona para la operativa de buses, una plaza de comidas, comercios y hasta usos alternativos (culturales y comerciales) para los inmensos galpones que permanecen abandonados sobre la calle Paraguay. De hecho, esta parte de la propuesta me recuerda que en Rosario, Argentina, hicieron eso mismo con un par de enormes depósitos fuera de uso a orillas del Paraná y que hoy son parte integral del tejido cultural, comercial y social de esa ciudad.
Como encuentro interesante la propuesta y como creo que por lo general es bueno estimular los planteos de la ciudadanía, apoyo la idea online (eso sí, podrían haber usado un método más simple, el elegido seguro disuade a muchos de hacerlo) y publico la campaña en mi muro de Facebook. De inmediato aparece gente alegrándose por la iniciativa. Otros, más precavidos ponen en duda su viabilidad, aunque desearían ver recuperado ese maravilloso edificio. Luego aparecen quienes dicen que eso es imposible, que no se puede hacer, que eso es caro, que no está la plata, que el edificio es viejo y que hay que mirar al futuro. Todo suma, pienso.
Pero no es cierto: detecto cierto patrón de opinión que no suma, más bien al revés: que se planta con aires de (impostada) sensatez en el camino de cualquier idea que intente avanzar con cierto criterio en este reflujo constante que es el debate público en Uruguay. Una corriente de pensamiento difusa (que no sé si califica como tal o como mera costumbre local), en donde se mezclan, por un lado, una especie de esperanza más o menos religiosa en un futuro mejor que, pareciera, va a llegar caminando solo hasta las sillitas de playa en donde los uruguayos esperan sentados, tomando mate. Y, por otro, el rechazo a la idea de que cualquier gesto en relación con el patrimonio es una pérdida de tiempo y de dinero. Si lo que queremos en nuestro futuro son rascacielos, parecen decir estos materos sentados, ¿qué sentido tiene preservar edificios viejos que a nadie le importan?
Lo curioso es que si uno escarba un poco, muchos de quienes sostienen esas ideas son gente que regresa admirada de su viaje a Barcelona, Londres o París. Admirada por cómo esas ciudades han construido un patrimonio que es hoy un poderoso imán para turistas como ellos mismos: “increíble la Sagrada Familia”, “qué bueno el puente de Londres”, “alucinante Notre Dame”. Es una mirada que no logra conectar los resultados que percibe (y que disfruta) con una estrategia previa de urbanismo y de preservación patrimonial.
Es común la idea de que “gastar plata” en recuperar un edificio histórico es una pérdida para el país. Y, sin embargo, bastaría con sacar la cuenta del impacto turístico y económico que tienen la Sagrada Familia, el puente de Londres o Notre Dame para ver si es tan así. Cada uno de ellos es, a su manera, un mojón cultural y patrimonial de sus ciudades. Y si los conocemos y los podemos valorar en esa dimensión, es porque alguien antes se tomó la molestia de cuidarlos y protegerlos. Porque alguien se encargó de hacer visible (y hasta tasable, en varios de esos lugares se pagan entradas nada baratas) el vínculo que existe entre los mejores resultados del pasado y la posibilidad de una experiencia más rica en el presente.
No estoy diciendo que haya que proteger el pasado, así, genéricamente. Más bien que hay que usar las herramientas patrimoniales existentes y desarrollar las que hagan falta. En el caso de la Estación Central, la inteligencia con que se plante la sociedad civil, la sensibilidad social real que muestren los gobernantes, la capacidad de generar una buena propuesta que además de garantizar el perfil social genere interés en los privados podrían ser un lindo parteaguas, un antes y un después sobre cómo tratar esos mojones simbólicos que tiene la arquitectura de la ciudad. Y eso se logra recuperando la infraestructura para el público y para el transporte, que era su cometido original, ampliada y aggiornada a las demandas urbanísticas y socioculturales del presente.
Dicho más simple: si no sos capaz de proteger un edificio tan emblemático (construido por el ingeniero italiano Luigi Andreoni, responsable del Hospital Italiano y el Club Uruguay), de revalorizar para el público un espacio que pide a gritos una inversión (y nunca mejor dicho, es una inversión en calidad de vida, en ciudadanía y hasta en turismo), entonces es muy probable que no te interese proteger cosas mucho menos obvias.
Para poder imaginar el impacto que podría tener una renovada Estación Central hace falta sacarse el balde del “no se puede”, “es caro” o “es difícil”. En realidad todo eso ya se sabe, lo que importa es el paso siguiente: si soy un gobierno con sensibilidad social, ¿qué debo hacer para proveer a la ciudadanía de un equipamiento que puede volver a vertebrar una zona de la ciudad que llora por un cambio? Ahí está el MAM como muestra de la capacidad transformadora que tiene una infraestructura pública de calidad sobre el tejido urbano y ciudadano.
Y además están las otras razones, las meramente pragmáticas. Los vecinos de ese municipio tardan una eternidad en llegar al centro desde sus barrios (Lezica, Colón, Peñarol) y con el tren lo harían en mucho menos tiempo. Un montón de vecinos a quienes el combo tren + tarifa integrada les haría la vida más fácil, con una alternativa veloz que implicaría más tiempo en casa y menos en el transporte. Es casi la definición de política social.
Capaz que es difícil, capaz que es caro, pero se puede. En esta clase de cosas es donde se define qué tan social es el uso de los dineros públicos y cuánto es necesario agudizar la inteligencia para que esas definiciones sean viables. No es cuestión solo de voluntad, es verdad. Pero si no somos capaces de empujar una buena idea para la Estación Central, un edificio que es citado por Le Corbusier en su libro Cuando las catedrales eran blancas, ¿para qué somos ciudadanos?
Si no somos capaces de imaginar y hacer una ciudad distinta, una que reúna una mirada hacia el futuro con un pie firme en lo mejor de nuestro pasado, después no vale quejarse de que triunfe el capitalismo de amigotes, nuestro pan de cada día. A esta altura ya deberíamos saberlo: el futuro no va a venir a buscarnos a nuestra sillita de playa.