N° 2036 - 05 al 11 de Setiembre de 2019
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáTodo, en el tango de fines del siglo XIX y principios del XX, sigue siendo discutido.
¿Las razones?
Una entreverada tradición oral que algunos siguen retocando, escasa documentación comprobable y hasta disidencias —muchas veces producto de una competencia de egos— entre historiadores de renombre.
Sin embargo, no se puede discutir, porque el tiempo edificó un sólido consenso, que Angel Villoldo estrenó, antes de El choclo y de El porteñito, un tango titulado El esquinazo en un sitio mítico de Palermo, en la Buenos Aires que veía el atardecer del 800, ni que esa obra, ejecutada luego allí mismo por orquestas varias, hasta siete veces en una misma noche, provocó un hecho insólito.
Pintín Castellanos lo definió como “un endiablado tango”, compuesto en dos por cuatro y muy enérgico y rápido, con un sacudimiento rítmico que movía a la concurrencia a acompañarlo golpeando sillas, vasos, cubiertos y hasta platos. A tal punto llegó el revuelo que el dueño, en ese entonces el español Anselmo Tarana, harto de los destrozos, colocó un lapidario cartel: “Se prohíbe terminantemente la ejecución de El esquinazo. Se ruega prudencia en tal sentido”.
En ese tiempo —entre 1892 y 1893— el lugar se llamó Restaurante Recreo Palermo, aunque se le conocía por Café Tarana en reconocimiento a su propietario, quien lo administró hasta su demolición en 1912.
¡Y qué lugar!
Allí, frente al Planetario Municipal de la hoy avenida Sarmiento, pero en 1877, el inmigrante alemán Johan Hansen construyó un amplio edificio bajo, rodeado de un parque, con amplios salones y patios con glorietas, que enamoró no solo a los compadritos noctámbulos sino a jóvenes de la alta sociedad, y cuyos servicios iban desde desayunos a media mañana y almuerzos familiares hasta cenas con espectáculos donde reinaba aquel “maldito tango” aún execrado por el patriciado y la burguesía.
Está claro: se conoció como Lo de Hansen y cambió de dueño y de nombre cuando su propietario murió en 1892.
Hay un dato muy disfrutable que tal vez, nobleza obliga, no vaya más allá de la leyenda: se dice, contrariando la letra del tango Tiempos viejos, muy posterior, que “estaba prohibido bailar” y que solo fue permitido, en el frondoso parque y debajo de alguna glorieta, por la bonhomía de Tarana, que se hacía el distraído; así habrían danzado por ahí la rubia Mireya, el Cachafaz —Ovidio Bianquet— y hasta el Rengo Cotongo, un muchacho del que jamás se conoció la verdadera identidad y del que se cuenta que bailaba con una muleta.
Algo es históricamente cierto: hasta que este sitio cerró estuvo vigente la prohibición de bailar tango en lugares públicos, la que recién se levantó en la década de 1910 cuando se inauguró la primera boite porteña, El pabellón de las rosas.
Si Lo de Hansen o el Café Tarana todavía encierran misterios y no pocas contradicciones en sus peripecias, se debe en gran medida a lo que en 1926 expuso al público, con gran repercusión, La Maravillosa Revista, durante la cual se hablaba de “ambientes bailables”, de personajes como Mireya y los otros, y que estrenó Tiempos viejos, cuyos versos dejaron para siempre una imagen difícil de borrar.
Curiosamente, recién después apareció la letra de El esquinazo:
—Nada me importa de tu amor, golpeá nomás… / el corazón me dijo / que tu amor fue una falsía, / aunque juraste y juraste que eras mía…
Y más sorpresas… Aunque se imaginaba otro destino, el primitivo tango de Villoldo no fue olvidado. Perduró su estilo, modernizado, en El firulete y en la milonga Taquito militar, ambos de Mariano Mores, y tuvo múltiples grabaciones: durante la Guardia Vieja, las bandas Española y Rondalla Criolla, la orquesta Pa’que Bailen los Muchachos, los cuartetos Del Centenario y De la Ochava y los conjuntos Buenos Aires del 900, Los Muchachos de Antes, Los Tubantango y Los Chochamus del 20. Años más tarde, Francisco Canaro, Los Violines de Oro del Tango, Donato Racciatti, José Basso, Juan Cambareri, Alberto di Paulo, Roberto Firpo, Carlos García, Leo Lípesker y René Cóspito.
Todas versiones instrumentales.
El único cantor que lo grabó, al menos eso perdura en mi memoria, fue Enrique Dumas.
Un apunte final: sin ser el mejor ni el más famoso tango de Villoldo, El esquinazo fue el que primero obtuvo un éxito masivo que permitió su rápido pasaje de la guitarra y flauta, habituales en el autor, a las orquestas formales.
Aunque el golpeteo lo haya prohibido durante un tiempo.