N° 1688 - 15 al 21 de Noviembre de 2012
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLos jóvenes años de Goethe se parecieron bastante a los años de formación de aprendizaje de Wilhelm Meister en el sentido que también retratan la búsqueda, los tropiezos y el incesante asombro de un muchacho que debe vérselas con dos belicosos ángeles de análogo fervor: por un lado el descubrimiento del amor al conocimiento y la poesía y, por otro, el amor a secas, el amor a la mujer esquiva o equivocada o directamente prohibida e invariablemente eterna durante las deliciosas pocas semanas que consiguió tenerla entre sus brazos.
El personaje de Goethe va de un ángel a otro como se va de una a otra orilla del mismo río, esto es, con inocencia y fruición, con esa naturalidad que da el nacimiento patrio, sin notar las diferencias sustanciales que han de existir entre los frescos racimos de los que habla Darío y las vertiginosas luces que vienen de los libros, de la palabras, de los horizontes infinitos del conocimiento (no estoy seguro que esto sea verdadero en todos los casos, no estoy seguro que una pasión abrasadora pueda distinguir entre unos ojos que invitan y un soneto que convoca; en rigor creo que la distinción es incurablemente falsa en cualquier acepción y circunstancia).
Lo interesante es precisamente esa ecuánime convivencia de pasiones que por su índole reclaman devoción absoluta. En el joven Meister, al igual que en Goethe joven, en Goethe adulto y aún en el anciano que se encontró con aquella lejana Carlota en Weimar (recomiendo la excelente novela de Thomas Mann que recrea o inventa verosímilmente el episodio) refulge el arte de la conjugación y del equilibrio: imparcialmente se entrega a todas las demandas que la vida le impone; sus pasiones son profundas pero civilizadas y desde muy temprano aprendieron a convivir, no se traicionan entre sí y hasta le dejan espacio para satisfacer las obligaciones del mundo de los otros.
Al comienzo del Tercer Capítulo de la Primera Parte de la novela, nos revela el narrador: “Si el primer amor, según en general oigo afirmar, es lo más hermoso que, más pronto o más tarde, puede experimentar un corazón, tenemos que alabar como triplemente dichoso a nuestro héroe, ya que le era otorgado gozar en toda su plenitud de la delicia de aquellos únicos instantes. Pocos hombres son favorecidos de tan especial manera, ya que para la mayor parte de ellos los tempranos sentimientos no son más que una dura escuela en la cual, tras algún penoso goce, se ven obligados a renunciar a sus mejores deseos y a aprender a privarse para siempre de lo que se cierne ante ellos como felicidad suprema”.
En alas de la imaginación, los afanes de Wilhelm se habían elevado hasta la encantadora muchacha; después de breve trato había ganado su cariño y se encontraba en posesión de una persona, a quien amaba tanto como la veneraba, pues primeramente se le había aparecido a la favorable luz de una función teatral y su pasión por la escena se anudaba con el primer amor hacia una criatura femenina. Su juventud le permitió gozar de abundantes placeres, realzados y sostenidos por una viviente poesía. Además, la situación de su amada infundía en su conducta un tono que ayudaba mucho a los sentimientos del enamorado; el temor de que su amado pudiera descubrir antes de tiempo sus otras relaciones, vertía sobre ella un amable aspecto de inquietud y pudor; era viva la pasión que sentía por él y hasta su misma inquietud parecía aumentar su ternura; era, entre sus brazos, la más deliciosa criatura.
Al despertarse Guillermo de la primera embriaguez de su alegría y volver la vista hacia su posición y su vida, todo le pareció como nuevo: “Más santos sus deberes, más vivas sus aficiones, más claros sus conocimientos, más fuertes sus talentos, más resueltos sus propósitos. Por eso le fue fácil encontrar un expediente para librarse de los reproches de su padre, tranquilizar a su madre y gozar sin obstáculo del amor de Mariana”.
Formaba parte de la parafernalia de ese goce contarle historias que había imaginado para el teatro, hablar de los juegos que hacía con los títeres, hablar de los libros que lo iban impresionando. Mariana, que acabará eligiendo una vida acomodada con un hombre mayor antes que la aventura loca y divertida con el muchacho, no fue solamente la mujer de sus noches perfectas sino un estímulo para su formación profesional, para sus atrevimientos con el arte, para forjar su espíritu de responsabilidad y sus ansias de saber más.
Por eso el abrupto abandono, la ruptura sin que mediara una sincera conversación, lejos de quebrar a Wilhelm, lo dejaron intacto para seguir en su camino; él comprendió rápidamente que el amor es algo que permanece en zonas sobre los que la realidad de los hechos y de las palabras no tiene felizmente ninguna incidencia.