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Cuando en abril de 2002 el golpe contra Hugo Chávez fracasó, la relación entre Venezuela y Estados Unidos pasó de la tensión al enfrentamiento permanente. Mientras el presidente se encontraba prisionero, aviones de la USAir aterrizaban en Maiquetía y barcos de la USNavy se instalaban en las cercanías del golfo de Venezuela. Mientras tanto, el FMI ofrecía sus servicios al nuevo gobierno instalado por la fuerza y la Casa Blanca prolongaba su silencio. Nadie desmintió estos hechos. Cuando finalmente Chávez regresó al gobierno, Condoleezza Rice, en vez de festejar la democracia, proclamó “que le sirva de lección”, en una diatriba que no escondía su frustración ante un enemigo que parecía imbatible. Desde ese momento, Chávez no dejó de atacar, calificar, insultar y denigrar al presidente George Bush y al gobierno norteamericano. El “comandante” parecía intocable.
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Fortalecido por el fracaso golpista, Hugo Chávez encaró la limpieza de las fuerzas de seguridad, y transformó a la Fuerza Armada Nacional en un bastión bolivariano, en la base fundamental de su poder. La transformación de su Movimiento V República en el Partido Socialista Unificado de Venezuela (PSUV) contó con el apoyo de casi toda su coalición, excepto con el Partido Comunista, siempre díscolo, desde la década de 1960 cuando se enfrentó con el castrismo. Con sus bases de poder unificadas y homogéneas –ejército y partido– el chavismo ganó elecciones y plebiscitos, sin fraude, pero acomodando las circunscripciones a su favor, apuntalando en la representación aquellas regiones más proclives, debilitando las zonas de los “escuálidos”, en una manipulación evidente, pero que evitaba el escamoteo en las urnas.
Chávez se volvió eterno, habilitando la reelección infinita, haciendo de las instituciones un mero decorado. La modalidad populista caminaba a paso de vencedor en Venezuela, con un presidente que rompía los canales de representación, concentraba el poder y gobernaba en directo por televisión. La renta petrolera hizo el resto.
Con el barril arriba de los 100 dólares, la chequera chavista hizo milagros. Los servicios sociales llegaron a lugares donde nunca antes habían visto un médico, un maestro o un odontólogo. Las pensiones y las asistencias, realizadas por las “misiones” dignificaron a millones, en un país que en 1998 tenía un 70% de pobreza. Hugo Chávez era tan adorado como odiado, tan respetado como temido. Y todo envuelto en un discurso socialista, pero del “siglo XXI”, y con un discurso antimperialista tan radical como impertinente.
La época de Obama limó ciertas asperezas. Hubo acercamientos en varias cumbres, mientras los precios del petróleo comenzaban su descenso, en el marco del cambio de las matrices energéticas y con la llegada del fracking a Estados Unidos. Parecía que todas las hipótesis de crisis petrolera, incluída la del cenit de Hubbert, derrapaban con el bajón del barril hasta los 60 dólares. En medio de ese proceso, en poco más de un año, un cáncer terminó con la vida de Hugo Chávez Frías. El sucesor bendecido por el dedo del caudillo, Nicolás Maduro, no dio la talla, y para peor en el momento donde Estados Unidos viró hacia una derecha de raíz populista, nacionalista, fundada más en la vulgata que en un pensamiento elaborado y con claras intenciones de reubicar al país en el tablero como potencia hegemónica e indiscutida, por la fuerza o por el dinero, con poco lugar para la razón.
El gobierno de Nicolás Maduro comprobó, una vez más, los límites terribles de los modelos populistas. Cuando falta el líder, nada ni nadie puede sustituirlos. Hugo Chávez era todo, pero principalmente el fiel de la balanza para conjugar las tensiones sociales, en un país dividido pero que desde 2007 había logrado una cierta estabilidad y equidad. Todo se fundaba en el precio del barril y en la capacidad de Chávez como timonel y guía. Cuando el precio del crudo colapsó y el “comandante” murió quedaron en evidencia las fragilidades del modelo. El poder carismático es uno e intransferible.
La escasez, la inflación y sus efectos colaterales reaparecieron, con todas sus secuelas de protestas y emigración. Millones abandonaron Venezuela, otros tantos se volcaron a las calles, mientras que la oposición lograba por primera vez derrotar al PSUV en las elecciones parlamentarias, obteniendo la mayoría en la Asamblea Nacional. Y Nicolás Maduro respondió al desafío con la sutileza de un boxeador acorralado. Sus intentos antidemocráticos –incluida la sustitución del Parlamento por el Poder Judicial– fueron detenidos por la presión internacional, donde el Uruguay tuvo un papel preponderante. Finalmente, este año, los pocos petrodólares en caja sirvieron para comprar a una “oposición” parlamentaria que desplazó a Juan Guaidó, acusado de corrupción… Y así, la interna venezolana quedó entrampada en un equilibrio de incapaces. Una oposición dividida y corrupta, inepta para presentar una alternativa, y un gobierno incapaz y corrupto, afirmado en el pilar de la burocracia y de los militares, y estos últimos beneficiarios de las prebendas obtenidas gracias a la administración del Arco Minero del Orinoco, una zona militarizada donde se explotan minerales y petróleo, en beneficio de la marina, el ejército y la aviación.
En ese marco, Donald Trump, tan sutil como Nicolás Maduro, llevó la situación a una escalada de amenazas, donde el reconocimiento de Guaidó como presidente tensó la relación en una clave intervencionista que acorraló a los países latinoamericanos y empujó a Caracas a buscar aliados donde fuera. La amenaza de intervención militar directa, proclamada, de nuevo, el 30 de enero por el jefe del Comando Sur, almirante Craig Faller, encendió todas las alarmas de la región. La Colombia uribista desea desde siempre hacer tronar el escarmiento contra su vecino bolivariano. El gobierno de Iván Duque responde al uribismo en todo, pero muy especialmente en su veta guerrerista, reaccionaria. El uribismo necesitaba la guerra para ser, de ahí su rechazo a los acuerdos de La Habana y su esperanza cuando el plebiscito colombiano los rechazó. Y este último dato debe ser tenido en cuenta: el pueblo colombiano no está totalmente convencido de la paz. Y las guerrillas desmovilizadas tampoco.
La desestabilización venezolana y el peligro de intervención multilateral reciclarían el conflicto colombiano y todo lo logrado en favor de la paz sería arrojado al basurero de la historia. ¿Podría Colombia reingresar en su conflicto civil pero ahora enmarcado en una guerra regional? ¿Alguien puede suponer un escenario más desolador? Si prestamos oídos a los irresponsables que quieren “uno, dos, muchos Vietnam”, que sueñan con la guevarización del continente, el panorama no es esperanzador. Brasil, o mejor dicho su ejército, no está dispuesto a intervenir ni a permitir invasión alguna en su frontera norte. Mientras tanto, China y Rusia se transforman en el respaldo internacional del gobierno de Nicolás Maduro y no están dispuestas a aceptar ni su caída en manos de la oposición ni la intervención norteamericana, ya sea directa o lateral. El estancamiento, entonces, parece ser el escenario inmediato, y mientras tanto millones de venezolanos quedan entrampados entre los intereses y las ineptitudes.