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    Estética del forense

    No da entrevistas, como su amigo y colega Thomas Pynchon, y se entiende. A los 93 años tiene menos ganas que nunca de soportar a un periodista o a un curioso merodeando a su alrededor con preguntas.

    Lo poco que sabemos de Rubem Fonseca es que nació en 1925 en Minas Gerais.

    Estudió leyes y se especializó en Derecho Penal. Otro abogado, dirán. Pero este es distinto. Un señor con conocimiento de las normativas para beneficio de su hiperlúcida literatura, que produjo una vasta obra entre cuentos y novelas.

    Fue comisario en un distrito de Río de Janeiro, lo que se conoce como un policía de oficina, hasta 1958. Y ese escritorio de por medio —con su eterna luz artificial y su café que siempre sabe a jugo de paraguas— lo mantuvo alejado de la acción directa pero bien cerca de los casos a través de expedientes, que es mucho mejor, al menos para un artista.

    Empezó a escribir a los 38 años. ¿Tarde? No, cuando sintió que estaba listo para emprender la carrera literaria y dejar atrás el ruido de las comisarías.

    Algunos de sus cuentos y novelas generaron malestar y hasta censura en el gobierno brasileño, en particular, en ese tipo de gobierno que no es afín a que los escritores —o la gente en general— tengan una visión crítica o sucia —o crítica y sucia al mismo tiempo— de sus siempre bienintencionadas administraciones, donde nunca ocurre nada malo, corrupto ni injusto.

    También ha escrito guiones de cine porque es un tipo al que se le da muy bien no solo escribir sino también imaginar diálogos y personajes.

    Vive a una cuadra de la playa Leblon, en Río, porque sus libros se venden muy bien y han sido traducidos a varios idiomas.

    Y va al supermercado y a la panadería con una gorra y lentes negros y conversa animadamente con los dependientes, que le conocen pero no le molestan con preguntas.

    Lo más importante: Fonseca dice que un autor habla exclusivamente a través de su obra, como también lo dice Pynchon, que tampoco da entrevistas.

    Historias cortas (Tusquets, 2018, 172 páginas) es su nuevo libro de cuentos, 38 en total. Realmente muy breves: tres, cuatro, cinco carillas a lo sumo. Leer estas historias es como marcar a un puntero endiablado: nunca sabés qué hará, si tirar un caño, si levantar un centro de rabona, si tocar para atrás, si correr hacia el medio y saludar a la tribuna. Son cuentos imprevistos, absurdos y con abundante humor. Van al hueso y prescinden de preámbulos y descripciones que no sean sintéticas, mínimas.

    Las primeras líneas de Televisión: “Me gustaba dibujar. Estaba siempre dibujando. Eso fue antes. Ahora se me quitaron las ganas de dibujar, o, mejor dicho, no sé qué dibujar”. Si no tiene qué dibujar, el personaje mira televisión. O puede que se compre un revólver para pegarse un tiro. O para pegarle varios tiros al televisor. Ahí tienen: Fonseca puede ir para cualquier lado.

    Sobre las mujeres: “Una mujer casada no se asemeja a otra mujer casada, cada una tiene algo secreto, escondido, no compartido con otra. Una mujer soltera es igual a todas las mujeres solteras” (Atracción).

    Sobre el público, las ediciones y las editoriales: “No puedo decepcionar a mis lectores. Tampoco quiero decepcionar a mi editor, y por editor me refiero a la persona que hace la edición, una mujer muy competente; en cuanto al dueño de la editorial, lo que quiero es que se joda” (El arete de perla).

    Sobre la sexualidad: “No se necesitan dos piernas para tener sexo. Se necesitan otras cosas, y todas están en la mente” (El amputado).

    Sobre la feijoada completa: “Frijoles negros, carne seca, lomo, cola, oreja y manitas de cerdo, salchichón, chorizo, un montón de chicharrón, tocino ahumado, berza cortada en tiritas, naranjas sin cáscara y varios chiles malaguetas” (Miradas y susurros).

    En cuanto a las múltiples formas del delito, hay quien roba el cuerpo de Cristo de las iglesias (Hostias), quien tira gente desde los balcones (Dios y el diablo), quien colecciona primero mariposas y después cráneos humanos (El coleccionista), quien ejecuta chulos y golpeadores de mujeres (Justicia), quien seduce, asesina y entierra los cadáveres bajo las rosas (Jardín de flores) y quien harto de ser portero y decir todos los días con cara de estúpido “Buenos días”, opta por ser ladrón y ahora vive bien y duerme mucho mejor (Un buen trabajo).

    Este es el último Fonseca, ahorrativo, muy agudo, por momentos telegráfico. Nada de dar vueltas: si a tal cosa hay que llamarla sublime, es sublime; si a tal otra hay que llamarla mierda, es mierda.

    Pero también tenemos al Fonseca de cuentos más largos, aunque igual de absurdos e irónicos. Por ejemplo, el Fonseca de Los prisioneros y El collar del perro (Cuenco de Plata, 1963 y 1965, respectivamente). En el primer caso hay fisiculturistas que se visten de mujer y salen en Carnaval a destrozar a piñazos a quien los peche en un desfile o les tire cerveza encima. También hay un artista ambientado que se llama Franz Potocki, un tipo que está de moda —hasta que deja de estarlo, claro— y vende sus “naturalezas podridas” a las mejores galerías, que les venden a los clientes más adinerados, que a su vez cuelgan esos escrachos en sus casas, visitadas por otros ambientados que se babean haciendo la deconstrucción de la construcción del imaginario de Potocki.

    Y un cuento imponente: Doscientos veinticinco gramos, sobre tres amantes que esperan la autopsia —y uno de ellos la presencia— de su amada. El médico corta y pesa: encéfalo… un kilo doscientos; hígado… un kilo cien (“evidentemente no bebía”, dice el forense al enfermero, “el otro día encontramos uno que pesaba dos kilos, ¿no?”). Después vuelve a meter todas las vísceras dentro del cuerpo y cose con una aguja curva el enorme tajo. Un trabajo, como cualquier otro.

    En El collar del perro —todos los cuentos de Fonseca son buenos o buenísimos o tienen algo— está Madona, un estudio adolescente plagado de observaciones y detalles que van mucho más allá de la juventud, sobre un muchacho que no tiene un plan definido para pasar la tarde —aunque tiene que ser con una chica— y termina con unos gamberros en un fusca y el objetivo final de ir a ver aterrizar y despegar aviones lo más cerca posible, de modo que el alcohol y las drogas quedan reducidos a nada ante la experiencia visual y sonora del premio gordo: un Boeing sobre sus cabezas.

    Fonseca ha escrito novelas a propósito de ese entramado policial, social y político llamado Brasil, un país enorme y multicultural que siempre parece estar sumido en un caos del que se levanta una y otra vez. El caso Morel (1973) fue confiscada por la Policía y El gran arte (1983) le dio a este escritor, antaño nuestro poli de escritorio, el merecido espaldarazo internacional.

    El gran arte (Casa de las Américas, 2004) se desata con los horrendos asesinatos de mujeres mediante arma blanca y la inscripción de la letra P en sus cuerpos. Desfilan cantidad de personajes, pero son cuatro los centrales: el abogado Mandrake, una especie de alter ego de Fonseca, que intenta desentrañar los pesados hilos de la trama; un enano de circo convertido en genio del mal; el misterioso sicario boliviano Fuentes y el siniestro industrial —y también intelectual— Thales de Lima Prado, que evoca a los filósofos y asesina con la misma frialdad. Para muchos, es la gran novela de Fonseca. Y rebasa los contornos del policial ubicable en un tiempo y espacio (“En Brasil el poder crea corruptos y la corrupción crea poderosos”) para dejar al descubierto la compleja autopsia del género humano con los afilados escalpelos de la mejor literatura.

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