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Pensaba que conocía la judeofobia uruguaya. Preocupada, seguía día a día, año a año, la creciente oleada de comentarios antisemitas donde observaba que la Suiza de América estaba adoptando características de la vieja Suiza de Europa. Aquella misma Suiza que impidió a miles de judíos refugiarse durante el nazismo.
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Hoy, la xenofobia globalizada ha adquirido una nueva faz. Además de los sentimientos judeófobos que azotan los valores uruguayos, he descubierto una sorpresiva fascinación por el islamismo y una tolerancia a sus aspectos más sombríos que me dejan anonadada.
Desde hace unos años, el amor por los palestinos se ganó el corazón de muchos uruguayos. Es probable que la inmensa mayoría de aquellos que opinan en las redes que Israel no debería existir y que “¡Viva Palestina…!” no conozcan islamistas de carne y hueso, ya no virtuales.
Yo creo que la mayoría inmensa de los uruguayos no podrían vivir un instante bajo un gobierno donde los dictadores de Hamás les prohibieran todo tipo de libertades personales, desde tomar cerveza, enviar a sus niños a una escuela laica o que las mujeres se suban a una bicicleta. Nadie aceptaría que sus hijos crecieran con una ametralladora como libro y juguete.
Pero la fascinación por el islamismo avanza. Este verano, en una afable cena entre vecinos, informé a mis invitados que dos de los ex presos de Guantánamo, a quienes el país había dado tan cálida bienvenida, habían sido denunciados por sus flamantes esposas por violencia doméstica. Lo sufrido por ellas parecía una película de terror.
Pero los comensales le restaron importancia diciendo: “Es su cultura…”. Y agregaron: “Los uruguayos también pegan y matan a sus mujeres”. Intenté argumentar que los derechos humanos están por encima de las normas culturales pero tuve que desistir. Nadie me escuchaba.
Rara indiferencia… ¿Realmente les duele a los uruguayos que exista en el siglo XXI un movimiento islámico en el mundo, armado hasta los dientes, que decapita con delectación en primer plano, que acribilla bañistas en una playa de Túnez, que asesina a cineastas y a dibujantes occidentales por contradecir leyes religiosas musulmanas, que lapida mujeres en Afganistán, que esclaviza el cuerpo femenino bajo el burka, que mata homosexuales tirándolos por las azoteas en Siria, que pulveriza aviones, trenes, edificios llenos de seres humanos desarmados e inocentes?
No, a muchos uruguayos les importa un bledo.
Como en verdad les importa muy poco que se haya asesinado a David Fremd con un cuchillo por la espalda, invocando a Alá, como lo sucedido esa misma semana en la rambla de Tel Aviv.
Estos días he escuchado a jóvenes decir “a los judíos no los quiere nadie” o “los judíos de antes eran bien; los de ahora no”. O que el asesino de Paysandú era “un loco suelto”.
Dicen que el odio y el racismo se combaten con educación. ¿Estarán muchos políticos convencidos de que hay que educar en la idea de que Israel tiene derecho a existir y de que el islamismo es un movimiento fascista?