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    Explotación política de la pobreza

    Sr. Director:

    Hace décadas que en esta república mesocrática se promociona una campaña de desprestigio hacia una supuesta casta llamada “los ricos”, con una lógica que postula que si alguien tiene, es porque otro no tiene, y para que el que no tiene llegue a tener, deberá sacarle al que tiene. El que tiene, por definición, es el rico. No importa cuánto tiene ni cómo lo consiguió; será digno del desprecio y la condena social, por el mero hecho de tener.

    Para abonar dicho desprestigio, se les echará la culpa a “los ricos” por la existencia de los pobres, a efectos de hacerle creer a la gente pobre que su condición es culpa de “los ricos”, y que para progresar no hace falta ni el trabajo, ni el esfuerzo, ni el estudio; basta con que haya políticos “sensibles” que se la jueguen y tuerzan la ley para despojar a “los ricos” de sus bienes, para repartírselos a los pobres.

    Cómo los pobres (los que verdaderamente lo son, y los que no lo son pero creen serlo) son mayoría, eligen presidente. De ahí que a los políticos siempre les conviene que haya una cierta cantidad de pobres. El discurso de la mayoría de los políticos ya es de por sí vacío, pero al menos hay discurso. Sin pobres, ni discurso tendrían.

    A la inmensa mayoría de los políticos, que se llenan la boca con promesas de combate a la pobreza, no les interesan los pobres sino la simpatía que de ellos pueden ganar, para que los voten.

    Estos badulaques lamentables no hacen más que desprestigiar un oficio tan noble como la política y abonar doctrinas de odio que luego se traducen en los dramas de convivencia social que sufrimos.

    Quienes roban en las calles lo hacen porque entienden que cualquiera que tiene algo en sus manos ya es rico y por lo tanto, digno de ser robado, porque es culpable de su precaria situación. El ratero no se detiene a analizar que, de pronto, su potencial víctima no es rica ni mucho menos, que lo poco que ha logrado lo ha hecho con mucho esfuerzo y que él también podría tener lo mismo que ella, si así lo quisiera. El ratero ya está manijeado y le resulta más eficiente robarle a alguien en la calle y luego venderlo, ya que con uno o dos días robando varias veces sacaría lo que a un obrero le cuesta un mes de trabajo.

    Recientemente, los diputados Pérez y Querejeta se enfrentaron al director de Casinos al proponer (fruto de un desconocimiento alarmante) que los recursos que el Estado invierte en la industria hípica se vuelquen a un aumento para los jubilados. Lo más pavoroso del asunto surgió cuando Pérez le respondió a Cha (quien oportunamente defendió la política del gobierno en la materia): “En la vida cada cual elige a quién defender. Cha eligió defender a los dueños de caballos, que son ricos y yo elijo defender a los pobres”.

    Nuevamente aquí la demagogia y la argucia de este charlatán vocinglero al que muy poco le importan los pobres, ya que de lo contrario no querría destruir una industria que genera puestos de trabajo no calificados, dirigidos precisamente a esas personas que, de no ser por la existencia de estas industrias, serían no pobres, sino indigentes, y probablemente, dados a los malos hábitos.

    Pero quizá lo más vituperable de las declaraciones de Pérez es decir que los dueños de caballos son ricos. O ignora la realidad o la tergiversa malintencionadamente. Si bien es cierto que una persona verdaderamente rica puede llegar a ser lo que quiera (desde dueño de un caballo hasta dueño de un banco), es sorprendente cómo Pérez ignora que existen dueños de caballos que con gran esfuerzo logran adquirir uno, que hay caballos que son propiedad no de uno, sino de varios propietarios que se asocian para tratar de llegar a tener uno, y un sinfín de variedades entre las cuales con seguridad hay propietarios que gozan de un pasar económico sin sobresaltos, pero que están muy lejos de ser ricos, y que viven de su trabajo diario, como comerciantes u otras profesiones.

    No resta otra conclusión que lamentar el vil y despreciable nivel intelectual de algunos de los políticos que, con su hacer y decir, desprestigian la institucionalidad democrática del país, porque dejan la impresión de que cualquier zascandil puede llegar a diputado.

    Emanuel Seropián Dive