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    Fabián O’Neill

    Sr. Director:

    Allá por abril del 92, Nacional jugaba contra Cerro Porteño, de visitante por Libertadores. Perdíamos 0-1 y no se veía por ningún lado la posibilidad de cambiar el resultado. El Tricolor era una lágrima.

    A los 30 del segundo tiempo, aparece un chiquilín en la raya pidiendo el cambio. Rubio, fornido pero casi impúber. Sale el tico Wanchope. ¡Debuta Fabián O’Neill de puntero izquierdo! Lo ponen en un partido de visitante, Libertadores, perdiendo, fuera de puesto. Ideal para quemarlo.

    Toca su primera pelota. Se nota que los paraguayos lo subestiman al gurí. Nadie lo conoce. Nosotros tampoco. Deja a dos por el camino y tira fuerte. Pasa cerca.

    Nos miramos entre quienes padecíamos el partido a la distancia. Hizo más en dos minutos que todo el equipo en 75. “Es atrevido este gurí, me gusta”, pensé.

    Faltando casi nada, otro desborde del rubio, centro y empatamos. Ya de pique hizo la diferencia. No le pesó nada el debut.

    Así conocí, conocimos, al Mago.

    Luego, tantas postales aquí y allá. Los caños a Rotundo y Gatusso; aquel gol genial a Santos en Villa Delmiro que nos hizo soñar. Siempre pensando en lo que podría jugar si se cuidara un poco. Pero era sí. Un todo, con lo malo y lo bueno.

    Se nos fue el Mago, “el borracho”, como se le gritaba cariñosamente. “Ubriaco”, le gritaban en el Cagliari.

    Quizás el mejor uruguayo que vi en cancha. Diferente, de potrero. Pisada, caño, calidad. Ambidiestro. Nunca se sabía qué podía inventar. Gambeta con firulete, pase y tiro fortísimo. Guapo sin estridencias. Un fenómeno era el Mago.

    También era diferente fuera de la cancha, a su bohemia de estaño le agregaba un discurso simple, sincero y frontal. Sin humo ni filtro. Por eso caía tan bien a todos.

    Con naturalidad contaba que arreglaba partidos y avisaba a los amigos para que apostaran, así como su falta total de profesionalismo con su compadre el chango. Nadie se podía enojar por ese desparpajo. Despertaba cariño y una sonrisa.

    En este fútbol uruguayo, tan careta, sus comentarios eran aire fresco. Desde aquella “defensa” a Forlán, como su explicación escueta a su pobreza actual luego de recibir tantos millones: “Mujeres rápidas, timba y caballos lentos”. Rodeado de los amigos del campeón en momentos de vacas gordas (compró 1.000 sin querer), deambulaba solo con sus hijos y pocos amigos en los últimos tiempos.

    Por su persona, dentro y fuera de la cancha, es tan triste su partida, no por anunciada, duele mucho.

    Hasta siempre, Mago. Gracias.

    Pablo Oroño