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    Fe, sexo y burocracia

    Divino Amor, de Gabriel Mascaro
    Colaborador en la sección de Cultura

    En el principio, una pareja baila de una manera amorosa entre una multitud bañada por música electrónica y chorros de luces azules que se derraman, crudos, traslúcidos, entre los cuerpos y las sombras en movimiento. Sobre la imagen, la voz de un niño que dice: “Corría el año 2027”. Y luego: “Brasil había cambiado. La celebración más importante del país ya no era el Carnaval. Era la Fiesta del Amor Supremo. La redención del cuerpo. Los sentimientos más puros. Votos de amor eterno esperando la vuelta del Mesías”.

    Así comienza Divino Amor (Basil-Uruguay-Dinamarca-Noruega-Chile-Suecia, 2019), de Gabriel Mascaro, uno de los cineastas más originales del actual cine brasileño, director de Boi Neon (2015), una bellísima y poética road movie ambientada en el mundo de las vaquejadas, espectáculos muy similares a los rodeos estadounidenses y que se realizan principalmente en el nordeste de Brasil. Este nuevo filme es prácticamente el reverso de Boi Neon, aunque tiene conexiones superficiales y subterráneas.

    Divino Amor sigue a Joana (Dira Paes), una escribana que trabaja para un organismo estatal de registro civil. Desviándose de la función que debe cumplir, esta bienintencionada mujer intenta “salvar” a los matrimonios que acuden a su oficina para divorciarse. Ella siente que es su misión, su deber. Tiene en su despacho una calcomanía que dice “Tengo a Jesús en el corazón”, y en su casa, donde vive con su marido, Danilo (Julio Machado), guarda en una especie de altar portarretratos con fotografías de las parejas que logró reconciliar. Para hacerlo posible, Joana recurre a Divino Amor, un grupo religioso evangélico del que forma parte junto con Danilo, donde además de reuniones de oración, lecturas colectivas, retiros y bautismos, también se practica una liturgia erótica que incluye el intercambio de pareja. En este contexto, Joana y Danilo llevan un largo tiempo tratando de tener un hijo. Sin embargo, a pesar de su devoción a Dios y su dedicación al prójimo, la mujer ve cómo sus esfuerzos no obtienen recompensa.

    Utopía/Distopía. La tercera obra de ficción de Mascaro tras Ventos de agosto y Boi Neon es una película que desde la superficie parece muy sencilla y que, sin embargo, contiene una complejidad y una densidad que ameritan más de un visionado. Para empezar, elude atajos y obviedades. No está para la fácil. “Quise hacer una película sobre un personaje que vive en lo que una parte de la audiencia puede reconocer como una distopía, pero que para ella es una utopía”, explica a Búsqueda el director, guionista y artista brasileño que vive y trabaja en Recife, en el nordeste de Brasil. “Para Joana, el mundo es bueno y puede ser aún mejor”.

    Entonces, en lugar de contar la historia de un personaje que lucha contra el sistema, a lo largo de 101 minutos Divino Amor narra la odisea de alguien que desea ir todavía más allá, aunque a su manera, dentro del sistema. “Quería hacer una película sobre religión, que fuera aún más religiosa de lo que una persona religiosa quisiera imaginar y que, al mismo tiempo, fuera propositiva y crítica acerca de cómo opera la religión sobre la fe”, comenta el realizador.

    En el mundo de Joana, el Estado aún pretende ser laico, pero la mayoría de la población es evangelista. La presencia de esta corriente en la textura de la vida cotidiana puede verse en las vibrantes y multitudinarias fiestas electrónicas e incluso en establecimientos drive thru de oración. “El fenómeno evangelista en Brasil tiene múltiples caras”, explica el cineasta. “Hay una cierta tendencia a hablar de este fenómeno como algo único, uniforme, pero la verdad es que se trata de una manifestación cultural y religiosa muy variada. Es necesario tener la debida consideración para pensar la complejidad de un movimiento religioso que es múltiple y distinto. Obvio que hay un proyecto de poder más claro, hegemónico, de grupos específicos, pero cuando pensamos en evangelismo es importante no generalizar. Históricamente, cuando los intelectuales y los artistas cuestionan o reflexionan de manera crítica sobre los movimientos religiosos conservadores, en general lo hacen estableciendo juicios despectivos y acusándolos de ser precarios y de mal gusto. En Brasil hay muchos chistes en contra de y sobre los evangelistas, sus ceremonias, fiestas y rituales. Lo que estoy intentando acá es hacer algo distinto. Creo que los movimientos conservadores están cada vez más sofisticados y complejos. Por eso intenté hacer el retrato de una religión muy cool, capaz de emplear elementos que juzgamos como progresistas y liberales para, por el contrario, avanzar aún más en su agenda cristiana ultraconservadora”.

    Mientras escribía el guion, hace cuatro años, Mascaro visitó una gran cantidad de cultos. “Fui a uno de los santuarios más grandes, el Templo de Salomón, que es una reconstrucción, a escala real, del original de Jerusalén. Visité otros templos, ubicados más sobre la periferia, y de diferentes grupos y diferentes manifestaciones evangelistas. Me encontré con un movimiento muy inteligente, capaz de apropiarse de elementos pop, de la cultura juvenil, como la música electrónica, por ejemplo. Fui a un templo donde el pastor usaba un Guitar Hero en el palco, y estaba rodeado de un montón de adolescentes de 12 a 15 años, todos bailando y cantando canciones pop evangelistas. Presencié ceremonias religiosas muy vivas, muy potentes. Quedé fascinado con la fuerza y la capacidad de actualización que tienen estos grupos”.

    La tecnología está naturalizada, es parte del paisaje y del tejido del mundo de Divino Amor. Y es quizá una de las mayores herramientas de control biopolítico por parte del Estado. Mascaro muestra esta realidad a través de ligeras y precisas pinceladas, sin remarcar ni subrayar nada, ofreciendo la información justa, e incluso inacabada, de manera que es el espectador el que completa el cuadro. Las puertas de los edificios, sea un shopping o un organismo estatal, escanean a cada ciudadano (“Irene S. Dutra. Casada. Enfermera”, y a continuación: “Embarazada. Feto registrado”).

    “Brasil es uno de los países más burocráticos del mundo”, explica Mascaro. “La imagen que exportamos es la de un país muy liberal, pero también es todo lo contrario: es muy conservador, y la burocracia es tremenda”. La voz del niño acompaña la narración, aportando, cada tanto, más información sobre el personaje y sus circunstancias: “Joana quiere humanizar la burocracia y pone en manos de una fuerza divina asuntos humanos”.

    Pornochanchada. El uso del color, con composiciones en tonos pastel condensados en encuadres limpios, despojados, precisos, va en consonancia con ese revestimiento pop sobre el que reflexiona Mascaro, y es parte del brillante trabajo del director de fotografía mexicano Diego García, que ya estuvo detrás de Boi Neon y de Nuestro tiempo, de Carlos Reygadas. Hay una constante comunión entre los ambientes burocráticos y los edificios de arquitectura brutalista con los coloridos escenarios donde se producen los rituales evangélicos. “Cuando empecé a explorar las posibilidades estéticas y a investigar filmografías que pudieran servirme como referencia, percibí que era importante entrecruzar algún elemento de cine distópico con la herencia de la pornochanchada brasileña, movimiento cinematográfico que durante la dictadura militar (1964-1985) hacía comedia ligera y crónicas de la vida cotidiana con un poco de política y pornografía soft. Es muy curioso pensar que movimientos tan limítrofes como la pornografía ofrecen la posibilidad de hacer algún comentario social. Me pareció interesante pensar una película que tuviese elementos de erotismo evangélico dentro de un contexto distópico. La pornochanchada fue una tradición cinematográfica muy popular, y yo quise, de alguna manera, realizar una apropiación de un recorrido cinematográfico que forma parte de la identidad cultural brasileña y transportarla a estos días”.

    También hubo otra apropiación. “En una película sobre religión, para hablar de una historia sobre la utopía y la fe de un personaje, me pareció importante apropiarme incluso de la propia tradición bíblica. Por eso la película trabaja con el voice over, que es muy común en textos religiosos, con ángeles que narran lo que pasó”. El niño que narra la historia de Joana cuenta, de hecho, algo que pasó hace tiempo.

    Mascaro vuelve a trabajar junto al montajista uruguayo Fernando Epstein y a colaborar con el uruguayo Sandino Saravia Vinay, productor de Roma, de Alfonso Cuarón. Ambos forman parte del equipo de Boi Neon. Y, como en Boi Neon, en esta nueva película también hay varias escenas de sexo.

    Boi Neon es una película sobre el cuerpo en medio de una transformación económica acelerada de un contexto industrial. Mientras que con Divino Amor intenté hacer una película que especula, una alegoría de un futuro cercano, sobre el presente, la biopolítica y el control del cuerpo desde el Estado, especialmente el cuerpo de la mujer. No sé si es un deseo muy consciente de mi parte, pero como artista me interesa un montón pensar el cuerpo en un contexto de transformación”.

    El director buscó hacer la operación inversa a Boi Neon, “una película con mucho aire, muchos planos abiertos, paisajes”, explica. “Quise contar una historia completamente confinada, de espacios artificiales y opresivos. Al ser esta una religión que carece de arte sacro, no hay santos, no hay crucifijos, y yo no tenía elementos materiales simbólicos para manifestar la espiritualidad y la religiosidad. El evangelismo es una religión muy minimalista. El desafío era encontrar elementos sensoriales que permitieran manifestar la espiritualidad”, confiesa el realizador. “Y los elementos que disponía eran la luz y la música”. Y la música, compuesta por los uruguayos Juan Campodónico y Santiago Marrero junto con el brasileño Otávio Santosse, se construye sobre capas de pop y electrónica minimalista.

    El futuro que plantea la película se enlaza con el presente que se vive en el Brasil de Jair Bolsonaro y el avance de la agenda conservadora cristiana populista y ultranacionalista. “Es obvio que se produzca la sensación de que la película está hablando con su tiempo”, dice el director. “Lo que es curioso es que empecé a escribir el guion hace cuatro años, cuando Bolsonaro todavía no era una realidad, aunque su llegada al poder no fue una sorpresa para mí. Yo crecí en la periferia de Recife, que tenía una iglesia evangelista. Algunos amigos míos se convirtieron al evangelismo. La fuerza cultural que tiene esa iglesia en los barrios y en las comunidades es bastante notable, en especial en las zonas más distantes, más alejadas del Estado, que no cumplía su papel social. Entonces, donde no hay Estado, en Brasil, hay iglesia. Históricamente, la iglesia, especialmente la evangelista, ocupó de manera muy eficiente los espacios que el Estado no cubrió. Pasó algo muy raro, porque incluso los gobiernos de izquierda no lograron frenar el avance de la iglesia sobre zonas que le correspondían al Estado. Si bien es algo que está muy enraizado en la cultura brasileña, el crecimiento del conservadurismo es, en parte, responsabilidad del Estado y su ausencia. Allí donde no hay Estado hay un pastor dispuesto a dar un apretón de manos, un abrazo, un consejo o una palabra de aliento. La elección de Bolsonaro es muy representativa de eso. Espero que sea una alerta sobre lo que puede pasar en otros países. Estoy contento por la manera en que la película puede hablar del presente brasileño, aunque no fue escrita para Bolsonaro. Cada semana que pasa, con cada declaración pública del presidente, con cada acción política, es casi como si la película estuviera intentando comunicarse de manera distinta y quizás más eficiente con el público”. Y agrega: “La película está viva: Brasil cambia y la película cambia con él”.

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