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    Federico Brito del Pino Puig

    La vida es hermosa. Tiene sus vaivenes pero es hermosa. Vale la pena vivirla. Por supuesto que si se la vive bien o ella deja que la vivamos bien, tanto mejor. Sin embargo, también puede ser, y es, dolorosa. Aunque sea lógica. Aunque enmarque en sus parámetros códigos que no nos gusten.

    No hay vida sin muerte y viceversa. Qué hueco y banal puede sonar esto cuando se escribe o se lee sin estar involucrado. Pero todos estamos involucrados. Es la ley de la vida, está escrita así y así hay que tomarla.

    Acabo de perder a un gran amigo. El país a un gran profesional. La familia a su pilar. La sociedad a un gran hombre. La religión a un gran católico.

    Pero por sobre todo Federico, el Cr. Federico Brito del Pino Puig, quien hace unos días dejó la Tierra cuando todavía tenía mucho para hacer, era un ser irrepetible.

    Hablar de Federico es referirse a un ser humano excepcional. Un hombre al que conocí recién cuando la vida empieza a generar nuevos compromisos que luego se transforman en los más importantes de la vida laboral. Ingresó al Ministerio de Industria, Energía y Minería siendo un aventajado estudiante de Ciencias Económicas y se recibió cuando trabajaba en la mítica e inolvidable Unidad Asesora de Promoción Industrial.

    De entrada ya mostró, aparte de una capacidad que lo llevó a encumbrarse en su carrera, una bonhomía a la que casi no encuentro paralelismo. Ojo que esto no es idealizarlo, lo que ocurre es que Fede era distinto. No había otro como él. Para muchos era demasiado concentrado en su trabajo y en la honestidad de procedimientos. Sin embargo tenía un humor muy sutil, muy fino. Conocía medio mundo y el otro medio sabía de él.

    Siendo director de la UAPI le llegó la propuesta de ser titular de la Dirección Nacional de Industrias, y él, con ese prisma de siempre estar donde hay que cumplir, aceptó. Allí debió librar una lucha desigual en la que dejó su impronta a costa de su salud. Tuvo que estar fuera del terreno durante muchos meses, pero fiel a su estilo de vida se recuperó, volvió al Ministerio y sus amigos de la Unidad Asesora, entonces absorbida por la DNI, lo quisimos rescatar para que estuviera entre amigos. A pesar de que le costó, al final aceptó. Y un día dijo no va más. Se jubiló y se fue con su esposa, su hija y sus nietos a vivir a Punta del Este. Ese era su plan. Descansar, disfrutar y vivir todo aquello que Dios le permitiera. Y así fue. Hasta hace pocos días, cuando lo llamó junto a Él y dejó a su familia y amigos, desconsolados.

    Pretendo que nadie juzgue estas líneas. No están escritas por un escritor sino con el corazón. Y este corazón está dolido. Sin embargo Anita, su mujer, me dijo que rezara porque ella quería vivir mucho y dedicarse a sus nietos. Fiel legado que le dejó Fede a quien ahora deberá ser abuela por dos, pero a quien yo me tomaría el atrevimiento de decirle que no se preocupe, porque Federico la va a cuidar desde arriba más que nunca.

    La última vez que lo vi fue cuando vino a mi casa hace tres meses y me trajo de regalo un Evangelio. Un libro con los Evangelios de cada día del año. Él sabía que yo era como él, un católico practicante, que era otra de las cosas que nos unían. También me dijo que era un gran amigo que siempre había estado cuando me había necesitado. Cuando me enteré del desenlace me cayó la ficha. Ahí corroboré cómo debemos cuidar todos los días las amistades, la familia, el “laburo”, los compañeros, todas cosas que un día, de un momento para otro, pueden desaparecer y dejarle a uno un sabor amargo, imposible de calmar. Se fue Federico, pero me dejó un legado increíble. Todas las noches cuando me voy a dormir tomo de mi mesa de luz el Evangelio, lo leo, me acuerdo de Fede y rezo por él.

    Juan Carlos Chans Darnaud

    CI 1.102.085-1