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    Fidel y sus fieles

    Puestos a definir el régimen castrista y el quehacer de los fieles seguidores de Fidel, ello podría lograrse con tan solo dos frases de George Orwell.

    El escritor inglés lo vislumbró todo:

    “No se establece una dictadura para salvaguardar una revolución; se hace la revolución para establecer una dictadura”.

    “El lenguaje político está diseñado para que las mentiras parezcan verdades y el asesinato una acción respetable”.

    Todo queda dicho. A buen entendedor, pocas palabras bastan.

    Hay espacio, de todas formas, para alguna reflexión aunque ya se haya hablado y escrito tanto, para un lado y para el otro.

    No todas fueron malas ni todas buenas, por supuesto. Pero hay algunas cosas tan simples como elocuentes que están ahí: 57 años en el poder —con el poder total—, sin elecciones, sin libertad de prensa, sin libertad de reunión y asociación es difícil de explicar y de asimilar. Más lo del paredón. Sin duda, Castro profesaba y practicaba aquello de que no hay mejor enemigo que el enemigo muerto.

    Otra cosa difícil de tragar es eso de que los cubanos no sean libres ni para irse del país. Ni para huir; peor incluso que en la época de la Alemania comunista. Frente a tanto que se censuran los cierres de frontera y se señala, justificadamente, a los que no te dejan entrar, ¡qué decir entonces de los que no te dejan ni salir de tu propio país, como pasa en la Cuba castrista!

    ——-o——-

    Dicen los de “Forbes” que Fidel era uno de los 10 hombres más ricos del mundo. No está claro. ¿Dónde tiene el dinero? ¿En Suiza? ¿En algún paraíso fiscal? ¿Tiene cosas a su nombre, como la reina Isabel? ¿O a nombre de su familia, como los Kirchner, los Chávez o los Correas y sus familiares políticos?

    Visto desde otro ángulo, empero, puede ser diferente: decía Séneca que la pobreza sobrellevada con alegría no es pobreza y, parafraseándolo, podría decirse que solo es muy rico todo aquel que pueda conseguir lo que quiera, comprar lo que se le antoje, pagarse protección personal, viajar, dar trabajo al que le parezca y despedir al que no le caiga en gracia, presionar a los medios y a los poderes del Estado, la Justicia, el Congreso, en fin, todo eso con lo que muchos sueñan y por lo que tanto se condena a los ricos. Mirado así, entonces sí, Fidel Castro fue el hombre más rico del mundo. Pudo disponer de haciendas y vidas, cosas que ni los muy ricos pueden hacer. La “plus valía” que se levantó Fidel no tiene parangón.

    ——-o——-

    Hay que consignar, paralelamente, que Fidel y la Revolución cubana le pusieron una dura y puntiaguda pica a los Estados Unidos y a sus políticas imperialistas y prepotentes. Fidel abrió ojos y ventanas; eso hay que reconocérselo. Lo hizo, también hay que consignarlo, como peón de la Unión Soviética y del bloque comunista, y en eso se aguantó bien hasta cuando lo ignoraban (crisis de los misiles, por ejemplo) y no tuvo empacho en incluir una profunda genuflexión a los rusos en la propia Constitución cubana (cosa, dicho sea de paso, que nunca indignó a sus fieles seguidores de todas partes, tan celosos de  la soberanía y la no intervención). Al servicio de los rusos, combatió al imperialismo y, a la vez, apoyó a la dictadura argentina del general Rafael Videla.

    Eso sí, Castro se los cobró bien caro a los rusos, los que ponían plata mientras él se hacía el gallito enfrentándose a los Estados Unidos. Cuando los rusos financiaban, ni Fidel ni los fidelistas se acordaban del embargo; se sobraban. Cuando se acabó el financiamiento, todas las tragedias comenzaron a ser consecuencia del embargo y la firmeza y la dignidad naufragaron: hasta el turismo sexual fue promocionado oficialmente.

    Para suerte del castrismo apareció Chávez, que compró el cuento del “heredero” y les entregó Venezuela y su petróleo a los cubanos.

    Fidel fue un gran “cafishio” y, visto así, hay que sacarle el sombrero. Colocó médicos, soldados, mercenarios, oftalmólogos, expertos en seguridad, maestros y a todos les sacó plata.

    Es un hecho, asimismo, que se ocupó de hacer lucir parte de lo que recibía y buena parte lo volcó al sector de la salud, y al mismo deporte, con lo que hizo destacar a Cuba. Lo de la alfabetización, en cambio, da para más de un análisis: es cierto que les enseñó a leer —y no es poco— pero no los dejó escuchar radio ni ver TV libremente. Solo diarios y revistas del Partido y del Ejército, con la doctrina y el mensaje oficialista y con las ventanas cerradas para todo lo que viniera de afuera. “Lea, no crea”, era la consigna. Esto es, lea lo que escribimos nosotros, los jefes, y no hagan caso a los que dicen u opinan diferente.

    ——-o——-

    Cuando estuve en Cuba percibí pleno apoyo a Fidel de una franca mayoría de cubanos. Es así. Era 1985, una buena época, la libreta era de aprovisionamiento (y premios extras) y no de racionamiento. El Comandante estaba por sobre el bien y el mal; lo mismo que noté en 1974 con la media de los españoles respecto a Franco, “caudillo por la gracia de Dios”.

    Pero el mayor logro de Castro fue ser el árbitro y dictaminar, en el mundo y sobre todo en nuestro continente, quién era de izquierda y quién de derecha.

    ¿Cómo vamos a hacer ahora para saberlo?

    Por el altar de La Habana todos desfilaban para  recibir la bendición y el carnet. No faltó ninguno y, además, con su óbolo (le perdonaban una deuda, resolvían algún intercambio desparejo por médicos o maestros, una donación, etc.). Los propios candidatos del Frente Amplio que por momentos fijaban distancia con el régimen, al final se daban una pasadita, no fuera cosa que se dudara de su “izquierdismo”. Quizás la excepción fue el general Líber Seregni, quien no le bancó mucho las esperas a Fidel y que además apoyó a Jorge Batlle cuando este resolvió romper con Castro. (Ver biografía “El General” de Valeria Conteris y Sergio Israel).

    Y en esa pleitesía además se enmarcaba el doble discurso, para que las mentiras parezcan verdades y el asesinato una acción respetable, como decía Orwel. Uno de las casos más indignantes y vergonzosos fue el del ex presidente brasileño Lula —a quien todos los demás seguían— quien, de visita en Cuba y ante la muerte por huelga de hambre del disidente cubano Orlando Zapata y mientras otro, Guillermo Fariñas, protestaba por la misma vía por la libertad de los presos políticos, dijo que había que “respetar la determinación de la Justicia y el gobierno cubano, de detener a las personas en función de la legislación de Cuba, como quiero que respeten a Brasil”. Un argumento muy cínico de quien hoy sale a pedir ayuda por cualquier lado para que no lo metan preso por corrupción en Brasil y de acuerdo con la legislación de Brasil.

    Pero no se frenó ahí: “yo pienso que la huelga de hambre no puede ser utilizada como un pretexto de derechos humanos para liberar a las personas. Imagine si todos los delincuentes que están presos en San Pablo entraran en huelga de hambre y pidieran libertad”, expresó el líder brasileño en clara sintonía y sumisión con el gobierno cubano que definió como delincuentes a los disidentes.

    Despreciable.

    Eran muchos los que le rendían fidelidad a Castro, los que se postraban a sus pies. Pero no todos: Batlle lo hizo hocicar. Primero, viabilizando una misión internacional que fuera a Cuba a investigar sobre la vigencia de los derechos humanos y luego, ante la ordinaria e insultante reacción de Castro y su canciller, rompió relaciones con aquel régimen dictatorial, en honor y defensa de la dignidad de los uruguayos.

    Pensar que el gobierno de este país decretó un día de duelo por la muerte de Batlle y lo mismo por la de Fidel. Es cierto que peor fue que por la de Chávez se decretaran tres días. Pero igual, qué feo todo.

    © Danilo Arbilla. Derechos reservados. (Especial para Búsqueda)

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