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    Flor de Mburucuyá

    En estos días que corren hay que andar con mucho cuidado. La iconografía que nos rodea está que arde, más allá de los chanchos flotantes de Roger Waters, que ya están desinflados y preparándose para flotar en algún otro recital antisemita, hipócrita y transgresor como el que nos deparó este muchacho tan comprometido con la población indígena charrúa como con el jet privado que lo lleva desde y hacia su rancho de barro y totora de 35 millones de palos verdes en algún suburbio de alguna ciudad en los EE.UU.

    El afiche de la Patria Gaucha, donde una amorosa morena ama de leche amamanta a un bebé blanco, nos llevó, según la Comisaria de la Corrección Artística y Progresista, Marina Arismendi, a un siglo y medio atrás, a los tiempos de la esclavitud y del sometimiento racial. Todo ello fue corroborado por la Superintendente de la Defensa de la Mujer Perseguida hasta en el Arte, doña Mariela Mazzotti, cuyo bastión de lucha se denomina “Inmujeres”.

    Una vez incinerado el afiche esclavista y denigrante, las autoridades del Mides  (Ministerio para la Inspección de los Desvíos de la Estética Socialista), las sabuesas del arte políticamente correcto se lanzaron a rastrillar la ciudad y el país, para descubrir (y arrasar con) otras violaciones del  arte degenerado que mancilla la igualdad de género.

    En una prestigiosa casa de remates se llevará a cabo el 21 de noviembre una subasta de arte, entre cuyos puntos más altos se encuentra un cuadro de Blanes denominado Flor de Mburucuyá. En El País del martes pasado se describe la obra como “un lienzo de Blanes que muestra a una adolescente recostada sobre un árbol y rodeada de una frondosa vegetación” (le faltó agregar “y esplendorosos jardines, alfombras de macachines y plantas en floración”) “en la que predominan las flores de color azul, y que dan nombre a la obra. Todo indica que el gran artista uruguayo retrató aquí a la joven protagonista de la leyenda que llega hasta nuestros días y que habla de la hija de un capitán español, que en tiempos de la Conquista se enamoró de un cacique guaraní”.

    Doña Marina, apoyada por Inmujeres, ha declarado que hará las gestiones para que la obra sea sacada del catálogo del remate, y eventualmente incinerada, por cuanto exhibe la perversa agresión y acoso sexual de un indígena depravado y lascivo, que enamoró a una adolescente blanca (de piel, no de filiación política, válgame Dios) con inconfesables fines de posesión carnal. “Esto nos retrotrae a la época en que nuestros abuelos desembarcaron en estas tierras para traer la civilización progresista europea, y que fueron obstaculizados por nativos ignorantes y embrutecidos, a los que habríamos de domesticar más tarde con amor y persuasión, pero a los que, mientras tanto, había que mantener a raya para que no abusaran de las frágiles muchachas blancas. Ello nos lleva a combatir esta iconografía negativa y atrabiliaria, que no es posible conservar sin que ello despierte el desprecio por el género femenino. Propondremos que este cuadro desaparezca cuanto antes de la vista de los nuevos uruguayos”, concluyó la Gran Comisaria.

    Visto este peligro, nos fuimos a recorrer la exposición de los demás cuadros que se rematan ese día, y encontramos una cantidad de aberraciones pictóricas que seguramente serán objeto de la piqueta fatal de la censura de género que con tanto entusiasmo han acometido las Inmujeres.

    Por ejemplo, hay un (para mí) precioso cuadro de Ángel Tejera que muestra a tres personas de espaldas. Una mujer con un niño en brazos, y otro pequeño que sigue a su madre, agarrándose de su vestido. Le mandé una foto del cuadro a Marina Arismendi, y no solo me agradeció, adelantándome que lo va a mandar sacar del remate, sino que comentó que “el hecho de que las personas, y en especial la madre, estén de espaldas indica un claro intento de despersonalizar a la mujer, ocultando su rostro, que sin duda refleja el dolor del abandono de ella y de sus hijos, en el desamparo que implica el desprecio machista del poder masculino. ¡Vaya a saber con qué mujerzuela se fugó el padre de esas criaturas, dejando a su familia en la pobreza, el hambre y la desesperación!”, me dijo, y agregó: “Hay que erradicar la violencia de género, esté donde esté”.

    Ya con ese antecedente me alcanzaba para no mandarle otro de los cuadros del remate a la Reina del Mides, pero aproveché que me encontré con otra (para mí hermosa) pintura de la belle époque, obra del español Ramón Casas y Carbó, llamada Reunión social, en la que aparecen también tres personajes. En primer plano una refinada damisela muy elegante, con una copa de champagne en la mano, y detrás, dos personajes masculinos de galera, uno de los cuales fuma un humeante puro. Le saqué una foto y se lo mandé a Mariela Mazzotti, a ver qué le parecía. Me contestó que le parecía un asco, que eso de “reunión social” era una mera excusa, y que no había duda de que los tipos eran asiduos visitantes de un burdel de lujo, en pleno proceso de embriagar a una joven prostituta de alto nivel con el fin de llevársela a sus aposentos, con el objetivo que todos podemos imaginar, dos hombres con una mujer, una orgía en ciernes seguramente condimentada con cocaína, como dijo ella textualmente: “Una obra de lascivia encubierta, en la que la mujer, como siempre, es la víctima propiciatoria de la lujuria machista, siempre lista para abusar de la mujer cualquiera fueran las circunstancias”.

    Marina además me llamó para informarme que su lucha no era solamente contra el machismo y por la violencia de género, sino que el afiche de la Patria Gaucha también era parte de la lucha contra el estereotipo de la esclavitud, del dominio del blanco sobre el negro.

    Le pregunté si alguna vez había visitado Sarandí Grande, donde hay una estatua de Ansina, paradito, sirviéndole un mate a Artigas, que lo espera sentado.

    “Ya lo mandamos tirar abajo”, me contestó. Estamos en lucha contra todas las desigualdades y los desprecios a la humanidad, inspirados por seres perversos y malintencionados.

    Le pregunté entonces qué le parecía el mural de Marx en el túnel de 8 de Octubre.

    “¿Vio qué lindo que quedó?”, me respondió, y me colgó el teléfono.

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