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    Formación docente en el Elbio Fernández

    Habilitación del IFD en el Elbio. Cuando hace cuatro años, en el patio central de la Sociedad de Amigos de la Educación Popular (entidad responsable de los servicios educacionales que se identifican como El Elbio), me acerqué a su presidente, el Cr. Luis García Troise, para sugerirle la posibilidad de establecer un instituto privado de formación de docentes, no sabía si esa iniciativa iba a ser recibida como lo fue. Yo recién había ingresado como Directivo en la SAEP; en cambio, el presidente tenía vasta experiencia en la gestión pedagógica y administrativa de la entidad. La respuesta que me dio días después me dejó entusiasmado: en su meditada opinión, podíamos ensayar el emprendimiento.

    No hubo apresuramiento. Se consultó a los demás directivos y recuerdo que además se difundió la idea en una asamblea y por lo menos en dos actos culturales a los que asistieron los socios y público en general. Finalmente, luego de unos meses durante los cuales se barajaron los pro y contra, se acordó por unanimidad comenzar los cursos, y a la vez se iniciaron los trámites reglamentarios (actualmente culminados, al menos en la primera etapa) para su habilitación.

    Todos fuimos conscientes de que, tanto en lo individual como en lo social, las acciones de tipo educacional son, como bien lo decía John Dewey, de perforación remota: sus frutos a menudo no los alcanzan a ver los promotores. Y si hablamos de dividendos económicos, con más razón aún. Por eso trabajé honorariamente como director y como profesor durante todo el período, y dos destacadas docentes me acompañaron durante el primer año en esa tesitura. La única ganancia inmediata fue la de irradiación cultural, que esa sí, me consta, la hubo.

    Pero además, con ello se cumplía un mandato histórico que arrancaba en 1876. En efecto, fue en ese año que la Comisión Directiva de la SAEP, en ausencia de una institución oficial que preparara maestros, inició algunos cursos (de carácter gratuito y nocturnos) que sirvieron no solo para formar aspirantes al magisterio sino también para perfeccionar el escuálido saber de los que ya poseían el título. Las crónicas de la época hablan de unos cien asistentes, que escucharon clases, entre otros, de José Pedro Varela, Francisco Antonio Berra, Emilio Romero, María Stagnero de Munar… Ese colosal esfuerzo ya no fue necesario seis años después, al crear el Estado en 1882 el Internato Normal de Señoritas, y aquellos cursos cesaron.

    Ahora el Consejo de Formación en Educación ha aprobado la habilitación para formar docentes de ese nuevo instituto privado. Ya existían autorizados, desde casi cuatro décadas, el Instituto Normal María Auxiliadora (creado en la capital y desde hace unos años trasladado a Las Piedras) y más recientemente, los centros de la Universidad de Montevideo y de la Universidad Católica. Ninguno entra en competencia con los estudios oficiales, sino que los complementan. Bienvenidos sean todos a la lucha, cada vez más dura y cada vez más compleja, para elevar el nivel de la docencia nacional.

    Aquellos primeros pasos de funcionamiento fueron sin duda los más difíciles porque hubo que organizarlo todo (la difusión del emprendimiento, la administración, la orientación pedagógica, la normativa interna).

    Recuerdo aquellas noches invernales (el horario duraba algunos días hasta las 23 horas) en que, cerradas desde la tarde la biblioteca y la cantina (¡cuán capaz de mitigar la soledad a veces resultaba un buen café, traído desde casi dos cuadras!), recibía las llamadas de apoyo del entonces presidente de la Institución, Cr. Luis García Troise, y de la integrante de la misma Directiva, Marina Jorge de Bellini, interesándose por la marcha de las clases, dispensando su consejo y contribuyendo a solucionar los pequeños y grandes problemas implícitos en un arranque institucional desde cero, y aun sin respaldo oficial. Muchas veces esas palabras de aliento confortaron mi ánimo en los diarios regresos nocturnos de 50 quilómetros hasta mi domicilio.

    Esta nota tiene el propósito de rendir el merecido homenaje a quienes con su energía y decisión estimularon e impulsaron los primeros pasos para que recomenzara a funcionar (después de 133 años) la formación de docentes en el Elbio.

    Hoy que la autoridad educacional ha avalado el emprendimiento, me sumo a los que auguran logros pedagógicos estimables al mismo.

    Prof. Agapo Luis Palomeque

    CI 3.002.618-9

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