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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáComplementando lo expresado en nuestra carta sobre la laicidad y el laicismo publicada en la edición del 15 de mayo, nos permitimos aportar algunas ideas que complementan la necesidad de velar por la supervivencia de los valores laicos en la sociedad, como garantes de la libertad, que está en la base del desarrollo de la personalidad humana.
La laicidad, que va de la mano con la libertad de conciencia y la tolerancia, tiene en el anverso de la moneda, y como permanentes amenazas en el presente siglo XXI, la intolerancia del dogmatismo y del fundamentalismo. Convengamos que el fanatismo, en cualquiera de sus acepciones y más allá del ropaje que adopte para mimetizarse con el ambiente y evitar ser combatido, es el principal enemigo de la laicidad así como también lo es de toda expresión de libertad.
El diccionario de la Real Academia define al fundamentalismo como la “Exigencia intransigente de sometimiento a una doctrina o práctica establecida”. Y el politólogo alemán Thomas Meyer, lo describe, en cuanto a su aplicación dinámica en la práctica, como “un movimiento de exclusión arbitrario, una tendencia opuesta, aunque inherente, al proceso de apertura general del pensamiento, a la toma de iniciativas, una tendencia enemiga de las formas de vida particulares y sociales que caracterizan a la modernidad; frente a ello, el fundamentalismo pretende ofrecer, en la medida en que condena toda posible alternativa, certezas absolutas, sostén firme, auxilio permanente y orientación incuestionable”. Y señala la presencia de estas tendencias y formas de comportamiento en las religiones, en la política y en la filosofía. El fundamentalismo es una postura que exacerba el desprecio por el otro y neutraliza el discernimiento.
El término “fundamentalismo”, fue originalmente la denominación con la que se conoció al movimiento conservador surgido entre algunos protestantes de los Estados Unidos a finales del siglo XIX, con su apogeo en el primer cuarto del siglo XX. Floreció a comienzos del siglo XX, con la publicación entre 1910 y 1915 por el Instituto Bíblico de Los Ángeles, EE.UU., de una serie de 90 ensayos, contenidos en 12 volúmenes, con el título de “Los fundamentos, un testimonio de la Verdad”, que fue un éxito editorial. Subrayaba como rasgos esenciales e indiscutibles del cristianismo la infalibilidad de la Biblia, el nacimiento virginal y la divinidad de Jesús de Nazaret, su sacrificio en la cruz como expiación de los pecados de la humanidad, la resurrección física y la segunda venida de Jesús, así como la resurrección física de los creyentes. Se propagó en la década de los años 20 del siglo pasado, sobre todo en las zonas rurales, principalmente de California, en los estados fronterizos y en el Sur. La controversia que despertó este tema se hizo más intensa en el ámbito secular cuando los fundamentalistas exigieron a los gobiernos estatales que prohibieran la enseñanza de la teoría de la evolución en las escuelas públicas.
En algunos estados lograron la sanción de textos legales, como en Tennessee, donde un decreto sobre el tema llevó en 1925 al proceso, que alcanzaría un gran eco internacional, de John Thomas Scopes, acusado de enseñar la evolución y desafiar la ley, cuya historia sirviera de inspiración para una famosa obra de teatro llevada luego al cine en 1960 con el título de “Heredarás el Viento”.
El fundamentalismo fue perdiendo adeptos a partir de los años 30, debido a la aceptación por los estadounidenses de las teorías y métodos modernos de doctrinas religiosas más liberales y en 1968 el Tribunal Supremo de lo Estados Unidos sentenció que ese decreto era inconstitucional.
La expresión “fundamentalismo islámico” por su parte es una creación occidental, difundida a través de los medios de comunicación principalmente. No es una denominación extraída del propio contexto islámico sino, por asimilación a su similitud dogmática, una trasposición del fundamentalismo cristiano original de los EE.UU., al que nos referimos líneas arriba.
La cultura islámica, gozó de una época de auge en la que fue depositaria y trasmisora de la herencia greco-romana, fue cayendo a posteriori de la Edad Media en un período de decadencia, lo que condujo a una renovada insistencia en promover la reflexión sobre el pensamiento original o ijtihad y a movimientos de reforma religiosa que exigían un retorno a las formas originales del Islam, con base en los aspectos fundamentales de la ley islámica o sharia.
Los fundamentalistas islámicos no se oponen a la educación moderna, la ciencia y la tecnología per se, pero acusan a los reformadores de ser los vehículos transmisores de la moralidad occidental. Creen que la emancipación de la mujer, tal como se concibe en Occidente, es responsable de la desintegración de la familia y de una moral sexual permisiva en exceso.
Durante la época moderna, el Islam ha continuado incorporando nuevos creyentes a sus filas atraídos por su igualitarismo y su estricto sentido de la solidaridad.
Estas posiciones han enfrentado en los últimos años a los países de cultura islámica con los países del llamado mundo occidental, con base judeo-cristiana, pero aquí se debe tener en cuenta que hay un fenómeno de choque de culturas y debemos evitar juzgar a la ligera y tan solo por sus apariencias al complejo mundo musulmán.
Pero es importante realizar dos aclaraciones importantes. En primer lugar, en la actualidad cuando se habla de fundamentalistas se piensa por reflejo en el Islam o en el mundo árabe. Y hay que aclarar que no todos los árabes son islamitas, aunque éstos son inmensa mayoría en el mundo árabe, pero tampoco todos los islamitas son árabes así como no todos son fundamentalistas, sino que éstos constituyen una minoría dentro del Islam. Pero el desconocimiento del mundo islámico lleva a hacer generalizaciones que no contribuyen a la mejor convivencia global, con una religión que comparte en líneas generales valores similares a los que integran la llamada civilización judeo-cristiana.
Digamos también por un sentido de elemental justicia, que todas las religiones principales tienen o han tenido rasgos fundamentalistas en algunas de sus manifestaciones minoritarias. Tampoco todos los fundamentalistas son terroristas, aunque a veces convivan bajo un mismo paraguas, por más que sus métodos políticos sean francamente antidemocráticos para los estándares occidentales. Y es preciso analizar toda esta temática desde una perspectiva de choque cultural.
Estos conceptos suelen ser magníficamente recogidos por la Dra. Susana Mangana, experta española sobre el Islam en sus clases magistrales de la Universidad Católica y en conferencias dictadas en distintos ámbitos de la sociedad uruguaya.
La otra precisión aclaratoria refiere al uso del término “yihad”, que es un elemento clave en la vida del creyente musulmán y que traducido del árabe significa “esfuerzo” o “combate”. Se trata de una abreviatura cuya fórmula completa, que se emplea con frecuencia en el Corán, es “el esfuerzo en el camino hacia Alá”. Para ello pueden emplearse diversos medios. El primero es el esfuerzo en el auto perfeccionamiento, que para muchos musulmanes es el yihad más importante, y consiste en luchar contra las tendencias negativas, que anidan en el interior del ser humano, para ser cada día mejor ante los ojos de Alá. Otro es el esfuerzo militar contra los no musulmanes, cuando se trata de defender el territorio poblado por musulmanes contra los ataques enemigos, o a la hora de abrir al Islam una zona que rechaza la invitación pacífica para que lo adopte. Y también existe el esfuerzo contra los musulmanes para combatir a los que no actúan de modo correcto. Pero algunos grupos terroristas islámicos han utilizado, particularmente en las últimas décadas, a la religión según sus intereses y han tergiversado el significado de “yihad”, con la finalidad de justificar sus acciones, que han causado el asesinato indiscriminado y el dolor de mucha gente. Por desconocimiento de la cultura islámica, se suele confundir todas las otras expresiones relatadas antes con esta interpretación espuria de un concepto emanado del Corán.
El fundamentalismo presupone intolerancia y rechazo o aniquilación de todo aquello que se oponga a sus dogmas y en algunos casos implica el ejercicio del poder por la fuerza. Triste destino ha sufrido y continúa sufriendo la humanidad como consecuencia de estos fenómenos calificados como fundamentalismos, totalitarismos o fanatismos.
Pero si bien referimos como fundamentalismo o fanatismo, ante todo, a la expresión religiosa, el concepto puede aplicarse a otras doctrinas legitimadoras del poder, que a veces tendemos a dejar de lado cuando abordamos el tema. Ocupan el papel de religiones aunque no hablen de un Dios trascendente. Porque el fundamentalismo no se agota en el mundo contemporáneo con sus expresiones de tipo religioso. Se han ido designando de tal forma, por asimilación, a las corrientes de pensamiento filosófico o a los regímenes políticos que tienen como denominador común el dogmatismo, el fanatismo o el totalitarismo intelectual, que no admite segundas opiniones y que termina por denostar a todo aquel que enfrente esa suerte de “verdad oficial”, con una visión independiente. Así, por ejemplo, en el campo económico se señala “el fundamentalismo del mercado”, en detrimento del Estado y de la sociedad.
Y el mundo tuvo en el siglo XX ejemplos muy claros de fundamentalismo en los totalitarismos que utilizan al individuo como engranaje de una gran maquinaria, so pretexto de servir a los intereses del “Estado”, del “pueblo” o del “proletariado”, considerados éstos términos como entelequias vacías de real contenido. Por citar algunos ejemplos extremos, basta mencionar solamente al fascismo de Benito Mussolini, al nacional socialismo de Adolfo Hitler o al período estalinista de la Unión Soviética pero el lector podrá encontrar seguramente otros más cercanos en el tiempo, y algunos aún presentes, que tienen algún punto ideológico de contacto con las expresiones de totalitarismo político.
Podemos observar cerca nuestro la nociva influencia en la organización social de algunos corporativismos, como los que se han enquistado en la Educación Pública, que buscan obtener beneficios para sus colectivos en detrimento del bienestar de la comunidad en su conjunto, y particularmente de los niños y jóvenes más carenciados, utilizando herramientas que tienen un marcado sesgo fundamentalista.
El término fundamentalismo ha trascendido, pues, su alcance original y es aceptado para describir situaciones sociales, con algunas características determinadas, que se apartan de las que sirvieron para acuñarlo y que bien podrían admitir, hasta con mayor precisión, las denominaciones de totalitarismos o fanatismos.
Deseamos cerrar estas reflexiones, con una cita de Albert Jacquard, cuando sostiene que “Es fanático quien se siente seguro de poseer la verdad. Un individuo así, se encuentra definitivamente encerrado en esa certeza; no puede, por tanto, participar ya en ningún intercambio; pierde lo esencial de su persona. Ya no es más que un objeto susceptible de manipulación”.
Gastón Pioli