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    Género y discriminación en el mund?o académico

    N° 1961 - 15 al 21 de Marzo de 2018

    Las principales orquestas sinfónicas de Estados Unidos introdujeron cambios en sus protocolos de contratación de nuevos músicos hacia finales de la década de los 70, cuando comienzan a utilizar audiciones “ciegas”. Los candidatos tocan en un escenario detrás de una cortina, que oculta identidad y género al jurado. A partir del uso de los registros de pruebas y decisiones de contratación de las orquestas, Claudia Goldin (Universidad de Harvard) y Cecilia Rouse (Universidad de Princeton) encuentran que la probabilidad de las candidatas de ser contratadas aumentó sustantivamente luego de la introducción de las audiciones “ciegas”. De hecho, a fines de la década de los 70 solo un 5% de los integrantes de las orquestas eran mujeres, mientras que en los 90 eran el 30%. Las autoras dan cuenta de que un tercio de este aumento se debió a imposibilidad de identificar el sexo de los candidatos. La cultura no está exenta de problemas serios de discriminación contra la mujer.

    En el ámbito de la ciencia se conoce como “efecto Matilda” el sesgo contra el reconocimiento de los logros de las mujeres; efecto que se expresa en diferentes dimensiones: atribución de hallazgos obtenidos por científicas a sus pares varones, menor propensión de los varones a citar trabajos de mujeres, evaluaciones asimétricas de la calidad de su actividad académica. Varias investigaciones han aportado evidencias provenientes de distintas fuentes, mostrando que el “efecto Matilda” es cualquier cosa menos ciencia ficción.

    En 2017 el campo de la economía se vio sacudido con resultados menos tradicionales pero más inquietantes, en tanto revelan condiciones laborales subyacentes especialmente adversas para las mujeres. Alice H. Wu presentó una investigación que realizara en la Universidad de Berkeley, reveladora sobre las condiciones de trabajo que las economistas enfrentan en la vida académica. Es un hecho bien conocido la escasa participación femenina en los departamentos de Economía de las universidades más prestigiosas. El trabajo de Wu realiza otro derrotero. Un sitio web, denominado Economics Job Market Rumors Forum, concentra conversaciones informales on line donde participan un amplio espectro de personas integrantes de la comunidad académica en Economía, incluyendo docentes y estudiantes de doctorado. El sitio funciona como espacio de charlas sobre qué institución universitaria está contratando a quién durante un año determinado. En buen romance, un espacio de chismeríos laborales sobre los postulantes a ocupar puestos de profesores una vez culminado su doctorado. Wu, utilizando técnicas de machine-learning, exploró grandes volúmenes de conversaciones on line, e identificó patrones de palabras que califican a varones y mujeres en búsqueda de una posición en una universidad.

    Las palabras que más se asocian a los candidatos varones son de un tenor esperado y mayoritariamente asociadas a la disciplina y con un tono general positivo: “asesor”, “matemático”, “austríaco” (referencia a una escuela de pensamiento), “libros de texto”, “precios”, “Nobel”. Nada fuera de lo esperado, casi anodino.

    El contraste con las treinta palabras más reiteradas y asociadas para calificar o evaluar a las candidatas es devastador: “lesbiana”, “baby”, “sexismo”, “anal”, “casarse”, “feminazi”, “puta”, “caliente”, “vagina”, “tetas”, “embarazada”, “embarazo”, “linda”, “casada”, “levantar”, “magnífica”, “caliente”, “enamorada”, “hermosa”, “secretaria”, “botas”, “compras”, “cita”, “sin fines de lucro”, “intenciones”, “sexy”, “anticuada” y “prostituta”.

    La autora señala que la naturaleza anónima de las intervenciones elimina las presiones sociales que podrían sentir los participantes para controlar su expresión y posiblemente refleje lo que piensan los participantes pero no dicen abiertamente. Mientras que las discusiones sobre los varones giran en torno a su potencial carrera, las discusiones sobre las mujeres se centran en rasgos personales, temáticas relacionadas claramente con el género y adjetivos peyorativos. El estudio no es representativo de la profesión en sí, pero la amplitud de los participantes y el volumen total de posts analizados señalan la presencia de un segmento de la comunidad masculina, que, aun siendo minoritaria, crea un ambiente de trabajo con condiciones hostiles para las mujeres.

    Janet Currie, prestigiosa economista de Princeton, declaró al The New York Times que la resonancia de la investigación se debe a que “cuantifica sistemáticamente algo que la mayoría de las economistas ya saben (…) y dice mucho sobre las actitudes que persisten en los rincones oscuros de la profesión”.

    Pero las reacciones no fueron solo individuales. El Comité sobre el Status de las Mujeres en la Profesión de la American Economic Association (AEA) emitió un comunicado en donde, luego de condenar el sexismo imperante en el sitio web, afirma que “el acoso y el discurso excluyente son barreras a la diversidad en la economía y, por lo tanto, al avance de nuestra profesión. La aceptación tácita de tal comportamiento contribuye a una percepción general de que la profesión económica no es acogedora, o incluso activamente hostil para las mujeres y los economistas pertenecientes a minorías” y termina recomendando “prohibir conductas de acoso o discriminatorias en la Asociación, en el entendido de que son destructivas de la discusión libre, a la vez que condena su utilización en otros ambientes profesionales, incluyendo los foros on line”.

    Suele asociarse a la cultura y a la ciencia como espacios caracterizados por mayor ecuanimidad y apertura a la diversidad que otros ámbitos de la sociedad. Si bien es dudosa esta supuesta “superioridad”, tampoco es razonable pensar que es una excepción negativa, con mayor prevalencia de conductas discriminatorias o abiertamente misóginas que en otros sectores. La evidencia señalada por Wu hace bastante difícil la posición de quienes defienden que la discriminación —en sus diversas formas— de género no es una conducta preponderante y que las diferencias en los logros alcanzados en el mercado de trabajo entre varones y mujeres se deben en su totalidad a otros factores, no asociados a prejuicios ni a desigualdades en la distribución de roles.

    Más allá del canal de transmisión específico, los desempeños desiguales entre géneros se encuentran anclados y sustentados en asignaciones de roles en la sociedad, incluyendo los lazos intrafamiliares, que construyen obstáculos mucho más difíciles de sortear para las mujeres. Normas y valores prevalecientes, escritos y no escritos, imponen una carga de responsabilidades y pautas de conducta cuyo resultado final es un conjunto de opciones más acotado o costos mucho más altos para alcanzar idénticos fines. Y las normas y valores no cambian por arte de magia ni por la libre operativa de las fuerzas del mercado. Las cambian la política y las políticas.

    ?? La pobreza como cuestión pública: los prejuicios como fuente de discurso público

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