Sinceramente no creo que el Pepe Mujica haya leído las “bases y puntos de partida para la organización nacional”, que el recontra “neoliberal” de Juan Bautista Alberdi escribió a mediados del Siglo XIX para don Justo José de Urquiza y sus amigos, los salvajes capitalistas británicos (y si lo leyó, no creo que le haya gustado demasiado), pero que está cumpliendo a rajatabla con su célebre frase, no quedan dudas.
Días atrás estaban reunidos en la Torre Ejecutiva el presidente con dos asesores-clave en estos temas inmigratorios: el canciller Almagro, y el Mufti musulmán Mustafá Te Kolok-El Guachit, discutiendo los detalles de la inminente llegada al Uruguay de más de cien niños sirios, junto con sus maestras, mamás y algún que otro acompañante.
—“Tonshe lo yevamo panchorena de una, y aí, quesheyó, lo metemo provishoriamente en uno contenedore, digoyó, ¿no le pareshe? Endemientra, ashí she lejvan hashiendo la cashita ante van a viví, pero pa que puédamo irla yevando, a mí lo de lo contenedore me pareshe una buena idea, metele padelante Almagro, ¿ta?” –dijo el presidente.
—“Pepe” —replicó el ministro, “ya tengo la primera queja, antes de que lleguen los niños. Hablando del tema días atrás con Juan Raúl Ferreira, me dijo que la Institución Nacional de Derechos Humanos iba a presentar una queja formal si los metíamos en contenedores, que eso es un trato inhumano y qué se yo, así que habrá que pensar en otra solución” —agregó Almagro.
—“¿Y qué quieren ejto rompecoco?” —reaccionó el Pepe —“¿Qué lo yévemo al Yératon shincojtrella, quieren? ¡Jatejodé, papá, lo yevamo pa lo contenedore y quejto trancabochone de lo derechoumano she queden en el molde! ¿Tamo?” —agregó con fastidio.
—“Gon dodo respedo, yo greo gue los ninios esdarán bien en los gondenedores” —indicó con voz suave el Mufti –“dengan en güenda gue ellos esdán en garpas de gampania, o a la indemberie, gasi no gomen y abenas duermen, los gondenedores serán gomo un balacio bara ellos” —enfatizó.
—“Pepe” –dijo entonces el ministro Almagro —“fíjate que estamos ultimando detalles de esta venida de los niños sirios y todavía no tenemos resuelto dónde vamos a meter a los musulmanes que vienen de Guantánamo, sería bueno ir poniendo las cosas en orden, y decidir qué hacer en ese caso también” —agregó.
—“¿Shabé lo qué?” —replicó el primer mandatario —“ejto shon tan mushulmane como lo gurishe shirio, ashí que, como esho ninio tan carente de afeto y de la imagen paterna referente, que she la volaron con lo mishile, pobreangelito, lej traemo lo mushulmane de Guantánamo como lídere majculino, pa que ayuden a contenerlo y she shientan mejó, ¿lolejpareshe?” —agregó Mujica incorporando, fiel a su costumbre, otra idea trangresora al menú en discusión.
—“Me barese una idea grandiosa, bendito sea Alá, senior bresidente” —intervino el Mufti —“¡es lo más indeligende gue he esguchado sobre la venida de estos jóvenes musulmanes gue su generosidad y grandeza han bermitido bara gue reguberen su dignidad y su liberdad!” —agregó. “Y gue ellos se engarguen de enseniar a los ninios sus habilidades será una gondribusión gue ellos abrobecharán mucho, y será dan bositiva bara los ninios!” —dijo con lágrimas en los ojos, mirando al techo, como buscando una elevación espiritual.
—“Tá, vamo a dejarno de paparrucha, ya ej tiempo que métamo padelante” —dijo Mujica —“me loj traen a todo panchorena, lo metemo en lo contenedore con aire acondishionao, lo mushulmane de Guantánamo sirven de maejtro pa lo gurishe y ayudan a la maejtra queyo traigan de Shiria, y ya lo vamo acondishionando a todo en Anchorena, que ayá hay tierra y ejpashio en pila, ¿mentendé?” —reafirmó el presidente con satisfacción.
En eso suena el celular de Almagro.
—“¿Cómo? ¿Y de dónde salieron esos muchachos? A ver…” —le dijo el canciller a su interlocutor, y se quedó luego en silencio escuchando lo que parecía una larga explicación de un acontecimiento inesperado.
Cuando cortó la comunicación, el canciller procedió a informarle al presidente (y de rebote al Mufti también) que un grupo de 28 marineros africanos que formaban la tripulación de un barco pesquero chino habían desembarcado en el puerto de Montevideo, y habían denunciado malos tratos y torturas por parte de los armadores chinos de la nave. Varios habían sido internados en hospitales para tratarlos por diversas lesiones y patologías, se había además presentado una denuncia penal por los tratos vejatorios que habían sufrido los marineros. Pero lo más inesperado vino al final del relato: todos habían pedido asilo en Uruguay, porque sabían de la buena disposición del presidente y de su gobierno para albergar a los desgraciados y perseguidos de este mundo.
—“¡Lo parió!” —expresó el presidente como reacción inicial a la sorpresiva noticia —“¿y ahora qué hashemo con eto morocho?” —preguntó y se preguntó, tomándose unos segundos de reflexión, mientras ninguno de sus dos interlocutores pronunciaba palabra, y el silencio se cortaba con serrucho. “¡Ya shé!” —dijo casi enseguida, mesándose su casi blanca y abundante cabellera, alborotada como siempre —“¡lo yevamo panchorena y hashemo una comparsha de lubolo coloniense, pa defilar en la yamada, shon muchacho bueníshimo lojafricano, le ponemo de nombre a la comparsha ‘lo Pejcadore Rejcatao’, ¡matamo con eshe nombre, papá!” —se felicitó, y prosiguió —“vo, Almagro, que comprenalguno contenedore má, lo ponemo en otro potrero a lo morocho pejcadore, shi lo que shobra en Anchorena é sitio, mentendé?” —concluyó.
En eso, desde el otro lado de la puerta del despacho se escucha una voz como de ultratumba.
—“¡Escuchad, presidente! ¡Es la voz del espíritu progresista que os habla! ¡No toméis estas medidas, o vuestras almas serán condenadas!” —dijo la misteriosa voz, engolada y con un extraño eco.
—“¿Queshesho, vo? ¿de ande shale esa vó? ¿quién anda ahí’?” –dijo Mujica, extrañadísimo.
—“Me parece de sale de la sala de espera de ese lado” —dijo Almagro.
—“¡Andá a vé!, ¡qué cosha má rara, vo!” —indicó el presidente.
Almagro se levantó, abrió la puerta y encontró que el que estaba en la sala, leyendo una revista, era el Dr. Tabaré Vázquez, quien le indicó que tenía una entrevista con Mujica un rato más tarde.
—“¿Tabaré, vos hablaste recién o dijiste algo?” —le preguntó Almagro.
—“¿Yo? No… no dije nada, ni escuché nada, ¿por qué me preguntás?” —replicó con indiferencia el ex mandatario.