Entre los múltiples engendros multilaterales que la humanidad ha inventado para solaz y gratificación del grupo más favorecido del género humano (léase, los burócratas internacionales), entre ALADIS, PARLATINOS, OEAS, ONUSES y varios casos más, está la CELAC.
Esta sigla responde a la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, y tiene por objetivo “promover unidad, integración y desarrollo sostenible de América Latina y el Caribe, fortaleciendo la cooperación regional y la voz común de sus 33 países miembros”.
Más allá de la superposición de propósitos, misión, alcances y buenas intenciones de esta, y de casi todas las otras siglas que pueblan el mundo de la burocracia internacional, a nadie se le ha ocurrido hasta ahora coordinar las funciones de algunas, fusionarlas o, simplemente, borrarlas del mapa; tal es la fatuidad intelectual que las alienta, sumada a la inoperancia y el derroche de fondos que bien podrían ser destinados a fines menos superficiales y prescindibles.
Pero mientras estén ahí, hay que darles vida, cumplir con sus exigentes estatutos, cuya principal función es la de reunir a los miembros en hoteles cinco estrellas, en balnearios, islas pintorescas, ciudades de enorme interés turístico e indudable belleza, y discursear en hueco, que es el idioma oficial de todas ellas.
Recientemente, Uruguay asumió la presidencia pro tempore de la CELAC en Colombia, y allá marchó nuestro primer mandatario, para agarrar la campanita y dirigir los debates que arreglarían el mundo y la región, o al menos eso diría, sin falta, la declaración final del encuentro.
En la recepción oficial del país anfitrión, antes del pase del mando, en un auditorio donde se les dio la bienvenida a los asistentes, Orsi se quedó dormido, tal cual lo demuestra la foto que circula con generosidad en las redes sociales desde hace varios días.
Eso determinó que nuestro “námber uán” no escuchara ni registrara los nombres de los delegados que representarían a los países que habían concurrido al encuentro.
En la sesión inaugural, Orsi recibió el bastón de mando de manos del presidente Petro (quien, dicho sea entre paréntesis, llegó una hora tarde y puso un poco nerviosos a los organizadores) y, al mirar a su alrededor, divisó el rostro de su compañero de lucha progresista, el presidente Lula, y se sintió acompañado y reconfortado por la presencia de un amigo de esos que brindan tranquilidad y confianza.
Pero cuando empezó a mirar en recorrida visual los cartelitos que indicaban la presencia de muchos de los demás países asistentes, ya la cosa no le resultó tan fácil. “Deben ser los presidentes de todos estos otros países —pensó el Yama para sus adentros— así que, aunque no sepa el nombre de estos personajes, ya sé que son los presidentes de cada país, una solución sencilla”, reflexionó, mientras se levantaba la primera mano del grupo, solicitando el uso de la palabra.
—Tiene la palabra el señor presidente de República Dominicana —dijo Orsi, mirando con respeto a quien tenía el brazo levantado.
—Perdón, presidente, pero yo soy el representante de Dominica, no de República Dominicana, mi país también es una isla en el mar Caribe, pero diferente, ¿vio? —expresó el representante—. Además, no soy el presidente, quiero aclarar. Soy el tercer vicesecretario de la Comisión de Reivindicaciones Progresistas de los Pueblos del Caribe, presidente, y quiero proponer la creación de una comisión que nos permita integrarnos con los luchadores sociales de otros países de la CELAC —redondeó el hombre, pero el pobre Orsi no sabía por dónde arrancar con su respuesta.
—Le pido disculpas al señor delegado de Dominica, porque yo vi su cartelito que decía Dominica y me lo confundí con el que dice Dominicana, que está también en esta mesa, y, en cuanto a la comisión, iremos viendo cómo se desarrolla la sesión, a ver si hay ambiente para una…
—Moción de orden —dijo un morocho que tenía delante un cartelito que decía “Antigua y Barbuda”. Entonces Orsi, después de leer con cuidado el cartel y de esbozar una sonrisa al ver que había un país que se llamaba como un personaje de murga, respondió: “Tiene la palabra, por una moción de orden, el señor presidente de Antigua y Barbuda”.
—Para empezar, y antes de presentar mi moción de orden, le aclaro a la presidencia que yo no soy el presidente, sino el ministro de Desarrollo Progresista y Revolucionario de mi país. Lo que quiero proponer es que no se empiecen a inventar comisiones, como lo ha dicho el representante de Dominica, hasta que no hayamos fijado los objetivos de este encuentro, que son los de promover la integración de los pueblos que luchan en toda la región, para enfrentar juntos los ataques imperialistas que promueve el matón Trump, que…
—Señor delegado —dijo Orsi interrumpiendo al antiguaybarbudense—, yo le propongo que leamos primero el orden del día preparado por la Secretaría General y no arranquemos con este tipo de planteos, que…
—¡Señor presidente, usted está aplicando una mordaza a la libre expresión de los delegados presentes! Es inaudito que se nos impida decir lo que se nos ocurra —dijo, levantando la voz, el que estaba detrás de un cartelito que decía “San Vicente y las Granadinas”, un nombre que le hizo recordar a Orsi a un conjunto que había escuchado cuando era chico en los tablados de Canelones durante el carnaval y que se llamaba “Don Vicente y las Carolinas”: un gaucho que tocaba la guitarra acompañado por dos gurisas que cantaban en dúo. Pero, volviendo en sí de su ensimismamiento, tuvo que hacer sonar la campana para pedir silencio, porque en ese momento todos hablaban entre sí a los gritos, se insultaban y amenazaban con agarrarse a las piñas.
—¡Señores delegados y representantes, les ruego silencio y respeto, compórtense, por favor! —dijo Yamandú y, acercándose a Lula, le susurró: “Che, Lula, ¿cuándo termina esto y me puedo ir para casa? ¿No querés seguir presidiendo vos, que tenés más cancha?”.
Pero Lula lo convenció de que siguiera, porque no se pueden abandonar estos ámbitos de tanto valor político, que generan progreso y desarrollo entre los pueblos más desposeídos.