• Cotizaciones
    martes 11 de junio de 2024

    Godland, estreno de Cinemateca

    El frío, la nieve y el rencor

    Islandia, fines del siglo XIX. Un sacerdote danés llamado Lucas, joven, claramente poco experiente y amante de la fotografía, llega a ocuparse de la iglesia en construcción en un remoto pueblito de la costa sureste. Como viene motivado y con ganas, elige desembarcar en cualquier otro lado en lugar de en el pueblito en sí (entonces, como ahora, todas las áreas habitadas de Islandia estaban sobre la costa), porque está ansioso por empaparse del país en que va a residir. Se hace amigo del traductor (nunca se menciona su nombre) y trata de aprender el idioma local. Comete el error de preguntarle cómo dicen “lluvia” y ante la catarata de una quincena de palabras distintas tiene que pedirle por favor que pare, en la única escena de comedia de la película. Ambos desembarcan en una playa desolada junto con el equipo de fotografía, montones de libros y una cruz de madera envuelta en lona. Los recibe la gente de Ragnar, un local que será su guía. Ragnar desprecia a Lucas, a Lucas le cae mal Ragnar.

    Parten en unos caballitos petisos típicos de Islandia (las leyes del país impiden que se importen caballos de otras razas, ni siquiera para rodajes) y, como anhelaba, Lucas de inmediato se empapa, pero de agua de lluvia. El clima es desapacible, húmedo en los mejores momentos, lluvioso en casi todos los demás. El terreno es, como cualquiera que haya visto imágenes de Islandia ya lo sabe, acorde con el clima. De belleza extraterrestre, pero de una dureza desolada y ardua. Godland, el título internacional de la película, significa “tierra de Dios”, pero el título danés original, Vanskabte land, quiere decir algo así como “tierra miserable” o “tierra horrible”. Los locales, tan duros como el territorio, lo recorren sin problema.

    El blanduzco Lucas, interpretado por Elliott Crosset Hove, va dejando girones de su propio ser a cada metro. En determinado momento toma una decisión muy mala y pierde al traductor, su único amigo, y a la cruz que viene acarreando desde Dinamarca. Ragnar (Ingvar E. Sigurðsson) lo desprecia todavía más, pero eso es secundario ante la propia degradación del sacerdote, que a la vista de todos va siendo carcomido por el paisaje islandés, la culpa y la duda. Finalmente colapsa y recupera la conciencia en su destino, la casa de Carl, un granjero próspero que es lo único que se verá del pueblo. Al costado de la casa se empieza a construir la iglesia, con Ragnar como maestro carpintero. Lucas comienza una relación de hacerse ojitos con Anna, la hija mayor de Carl (Vic Carmen Sonne). De manera muy islandesa se ve que Carl desaprueba la relación, que Lucas se va degradando más y más en sus convicciones, que Ragnar o lo detesta cada vez más o trata de acercarse a él sin éxito. La manera islandesa es como la exacerbación de lo que se espera de los nórdicos: educados, sin confrontación, sin muestras de amor ni odio. Hasta que al final de más de dos horas de película los sentimientos subterráneos que se fueron desarrollando tapados y en sordina hacen erupción, nórdicamente.

    A mitad del film ya se nos había alertado que estaban pasando más cosas de las que se veían, mediante un montaje de imágenes naturales que llenaban la elipsis entre que Lucas colapsa y se recupera: un prado desolado con hierba y cantos de pájaros, una corriente de lava volcánica, el fondo de un arroyo…

    La larga marcha

    Se puede ver Godland sin mayor información previa, dejándose arrastrar por su ritmo cansino, que tiene la velocidad de un glaciar, y su fotografía espectacular (mérito de Maria von Hausswolff). Sin embargo, hay claves históricas que explican mucho de la relación entre los personajes y los acontecimientos finales.

    Islandia estuvo deshabitada hasta el año 874, cuando llegaron los primeros colonos noruegos con sus esclavos irlandeses y escoceses. Para mediados del siglo siguiente vivían unas 10.000 personas en la isla. Subsistían de la pesca y de lo que lograban arrancarle a la tierra. El país lentamente fue creciendo, que no prosperando. Se gobernaban mediante un Parlamento que se reunía una vez al año y en general no se metía en asuntos ajenos. Desde Islandia partió Leif Erikson, quien descubrió Groenlandia en uno de sus viajes y en otro fundó un asentamiento en lo que hoy es Canadá.

    Prosperar lo que se dice prosperar, nunca prosperaron. De hecho Islandia fue el país más pobre de Europa hasta el siglo XX. En 1281 toda la isla era un rifirrafe permanente entre las familias más poderosas, casi una guerrilla civil, y el rey Hákon Hákonarson de Noruega vio la oportunidad perfecta de sumar unos cuantos kilómetros cuadrados a su territorio. Desde ese momento Islandia pasó a ser parte de Noruega primero, de Noruega y Dinamarca unificados después y colonia danesa a partir del 1397. Y como colonia siguieron hasta el siglo XIX, a mediados del cual se fortalecieron los sentimientos nacionales y se llegó a proclamar la independencia. Pero tampoco hay que pensar en algo muy épico y glorioso, fue más un asunto de declaraciones arriba de una piedra, de idas y vueltas, con la explosión de un volcán en medio (el Askja, en 1874) que mató a casi todo el ganado… Todo muy nórdico y de ritmo cansino. En ese clima espeso de resentimiento y frustración es que el sacerdote Lucas llega a Islandia.

    El proceso emancipador del país siguió a ritmo tan pausado como la lava, pero sin nada de su fogosidad. Durante la Primera Guerra Mundial tuvieron un boom económico gracias a la venta de lana que permitió que por fin prosperaran, y durante la Segunda Guerra Mundial, envalentonados por la relevancia estratégica que habían ganado, se declararon como nación independiente. Tampoco hay que pensar en nada muy estentóreo, más bien aprovecharon que Dinamarca estaba ocupada por los nazis para cantar una especie de “¡Alpiste, perdiste!” y librarse de su metrópoli colonial (los daneses, pésimos eligiendo territorios coloniales, tuvieron que conformarse con mantener Groenlandia, donde a nadie se le ocurre independizarse).

    Fotos

    Al inicio de Godland se dice que la película se basó en la aparición de una caja de madera con fotografías sobre vidrio con colodión húmedo, pero esto es un invento del director Hlynur Pálmason para justificar el relato. Algo así como la adición más extrema al género del found fotage. También decisión del director fue fotografiar la película en el formato 4:3 (o 1.33:1), el ratio original del cine de los hermanos Lumiére y luego de los televisores de tubo, que últimamente se ha visto en varias películas de directores preciosistas de muy distinto pelaje como Wes Anderson, Lisandro Alonso o Zack Snyder (El faro, de Robert Eggers, el primer ejemplo que viene a la mente, en realidad está filmado en el más rebuscado ratio 1.19:1).

    Formato, ritmo, narración, música, todo en Godland apunta a un espectador curtido en el cine de Bresson, Antonioni, Ozu o Béla Tarr, capaz de apreciar la belleza lenta e hipnótica de una tragedia que se desarrolla bajo la superficie calma de gente impertérrita viviendo en paisajes desapacibles, incapaces de decir “te amo” o “te odio” hasta que lo único que queda es un estallido tan violento como inesperado. Ya se la vea como el relato desolador de un joven entusiasta demolido por un paisaje terrible, un estudio de la degradación provocada incluso por el colonialismo menos aberrante, el retrato de una gente moldeada hasta el hueso por el país que habita o la minuciosa observación de una crisis religiosa, a Godland hay que tenerle paciencia y dedicarle tiempo. No es una película sencilla, y tal vez sus 143 minutos sean un poco excesivos comparados con lo sorpresivo y expeditivo de los acontecimientos finales, pero tampoco se puede decir que a un experimento formal de esta clase le haría algún bien apurarlo o recortarlo.

    Vida Cultural
    2023-05-17T21:23:00