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    Guitarra inmortal

    N° 2051 - 19 al 25 de Diciembre de 2019

    Fue un guitarrista orejero, o sea de los que tocaban de oído porque no sabían leer música escrita en una partitura.

    Siendo un adolescente, debutó en boliches de su ciudad natal, Minas, Lavalleja, nada menos que junto al payador José Pedro López, autor del estilo Mi china hereje, que grabaron Gardel y Corsini. Formó un efímero dúo con su compatriota Roberto Fugazot a inicios de la década de 1920 y otro, posterior, con Américo Chiriff, compositor al que Gardel grabó canciones camperas.

    Fue actor ocasional, escribió un libro de cuentos, Espejito e’ cachimba, y una obra teatral, Castigo del destino.

    Animó carnavales en nuestro país y actuó en escenarios prestigiosos de Buenos Aires con su esposa, la actriz y cancionista Margarita del Valle, presentándose con un nombre peculiar: La gaucha y el gaucho blanco. También acompañó cantores en la compañía teatral de Blanca Podestá.

    Y, por supuesto, compuso tangos. Los primeros, sin mayor repercusión, caso de Aquellos amigos, A las nueve y cuarto y Vía Crucis y una curiosa versión de letra modificada –que hicieron popular años más tarde la cantante uruguaya Nina Miranda y Roberto Lister— de Mano a mano, de Celedonio Flores, donde la mujer contesta las quejas del protagonista.

    Pero José Humberto Correa, nacido en las sierras minuanas en abril de 1904 y fallecido en Montevideo en junio de 1964, pasó a la posteridad por la autoría de un tango cuya letra creó, al menos metafóricamente, una guitarra inmortal:

    Vieja viola, garufera y vibradora, / de mis años de parranda y copetín, / de las tantas serenatas a la “lora” / que es la dueña de mi cuore / y patrona del bulín…

    Mi vieja viola, compuesto y estrenado en 1929, aunque registrado recién en 1932, fue popular por unos años en almacenes, bares y pensiones de la capital uruguaya. Cuentan los más memoriosos, y coinciden sin fisuras, que Correa cantó por primera vez este tema en el mítico café La Noche, ubicado en una calle, que confieso no he podido saber su nombre pese a los papeles que he revuelto y a consultas a varios historiadores, a la que llamaban “de los diarios”, cercana a la lujosa pensión, que incluía espectáculos, bailes y prostíbulo, regenteada por una legendaria mujer acerca de la cual se ha dicho de todo, probablemente con escaso fundamento: Sarita Davis. Y dicen también que tomó los vocablos lunfardos garufear, “andar de juerga y trasnoche”, y lora, que por esos años equivalía a “mujer rubia”, de tangos de sus coterráneos Soliño, Collazo y Fontaina.

    Pero Mi vieja viola recién alcanzó un éxito inusual, desde entonces incontenible, a partir de la grabación que hizo Ángel Vargas con su orquesta de la época, dirigida por el bandoneonista Eduardo del Piano, en octubre de 1950.

    Detrás del gorrión de Buenos Aires, cual una catarata de grandes figuras, el tango fue llevado al disco por José Basso con la voz de Oscar Ferrari, por Aníbal Troilo con Jorge Casal, por Edmundo Rivero con trío de guitarras, por la incomparable Mercedes Simone, ya en su etapa final, igualmente brillante, con la orquesta de Emilio Brameri, y por otros solistas como Alberto Marino, Adriana Varela, Lágrima Ríos, Carlos Cristal y Raúl Sadi con Tuco Paz. Está claro que las versiones, con arreglos diversos —hay una impecable grabación de Zitarrosa que data de 1981— y hasta el uso de la fusión, sobre todo por parte del pop y el rock argentinos, siguen, sin aparente final a la vista, hasta el día de hoy.

    Circunstancias curiosas de la vida de un tango.

    Pero en torno de Mi vieja viola, esta —la postergada repercusión popular— no fue la única curiosidad.

    La hubo también en torno a la autoría de la obra, porque fue registrada en Sadaic por Correa como compositor y autor y Osvaldo Daniel Frías como coautor de la letra. Investigaciones serias dieron, tras años de historias de todo tipo, el cierre del asunto con una certeza: música y letra son del minuano y Frías, un amigo con conocimientos musicales, le hizo el pasaje a la necesaria partitura. Como agradecimiento, Correa incorporó a Frías —cuyo primer apellido en realidad era Falero— en el registro y le cedió parte de los derechos de la obra.

    Las mismas investigaciones confirmaron que el único seudónimo que algunas veces usó Correa para ciertos tangos o presentaciones teatrales, fue el de Iván Once.

    Hoy solo queda el recuerdo / de pasadas alegrías. / Solo estás vos, viola mía, / hasta que me vaya yo…