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Héctor Pedro Blomberg jamás pudo quitar de su pensamiento y de su emoción la tragedia de Camila O’Gorman, bellísima hija de una familia de la aristocracia argentina en tiempos del tirano Rosas, y Ladislao Gutiérrez, joven sacerdote tucumano de la iglesia del Socorro, en la Recoleta.
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Camila y Ladislao, ambos veinteañeros, consumaron a mediados de la década de 1840 un amor prohibido por los rígidos convencionalismos de la época y vivieron su pasión hasta que el propio padre de la muchacha los denunció ante las autoridades. Ellos fugaron, tratando de llegar a Paraguay o Brasil, pero en Goya (Corrientes) quedaron sin dinero. Con nombres falsos —Valentina Desan y Máximo Brandier— se instalaron allí, fundaron una escuela privada para sobrevivir y ella quedó embarazada.
Corriendo 1848 fueron descubiertos, denunciados por un sacerdote irlandés que conocía a Ladislao, y encarcelados.
En 1930 Blomberg escribió un poema que incluyó en su libro Canciones históricas, empujado por esa historia —muchos años después filmada con los protagónicos de Susú Pecoraro y el español Imanol Arias— que aparece subliminalmente en la peripecia de otra Camila, una joven que tocaba la guitarra y cantaba temas de amor a los federalistas, también en la época del Restaurador unitario, en la parroquia de San Nicolás, ubicada entonces donde hoy, desde 1936, está el mamotrético obelisco porteño.
Publicado el libro, Blomberg convocó a su amigo, el guitarrista Enrique Maciel, para que compusiera un vals con aquel poema. Así nació La guitarrera de San Nicolás, que Ignacio Corsini grabó dos veces, en marzo y en abril de 1930, con las guitarras de Pagés, Pessoa y Maciel. Hay una versión exquisita llevada al disco por Nelly Omar y otra, solo instrumental, de Roberto Firpo, ambas de años más tarde.
Curiosamente, es uno de los valses más hermosos y menos conocidos de todos los que se han escrito en la etapa de oro de la música popular.
—Guitarrera, guardé tu guitarra / porque nadie sus cuerdas jamás / pulsará como tú las pulsabas / en las noches de San Nicolás. / Tú también te llamabas Camila, / como aquella que amó hasta morir; / bajo el sauce de Santos Lugares / tu guitarra volcó su gemir. En los patios que amó el jazminero / y que no te olvidaron jamás, / te escuchaban llorando los hombres, / guitarrera de San Nicolás.
El barrio de San Nicolás es el más céntrico de Buenos Aires y está acotado por las avenidas y calles Córdoba, Callao, Rivadavia, La Rábida Norte y Madero. La parroquia fue reconstruida en un área privilegiada de esa zona y lleva el nombre de San Nicolás de Bari.
Camila O’Gorman y Ladislao Gutiérrez, pese a la clemencia que por ellos pidió la propia hija de Rosas, Manuela, fueron fusilados uno junto al otro, en el cuartel de Santos Lugares, el 18 de agosto de 1848, despertando este comentario de Sarmiento, exiliado en Chile:
—El cura Gutiérrez, Camila y el niño de ocho meses que ella llevaba en sus entrañas han sido asesinados por orden de Rosas. Buenos Aires tiene encallecido el corazón de experimentar horror. Si la ciudad entera hubiese recibido un solo instante la noticia, se la habría visto estremecer como si una cadena galvánica hubiera comunicado a todos una descarga eléctrica
El Restaurador, ya fuera de Argentina y poco antes de morir, escribió:
—Ninguna persona me aconsejó la ejecución. Todas las personas del clero me hablaron sobre ese atrevido crimen y la urgente necesidad de un ejemplar castigo para evitar escándalos semejantes o parecidos. Mía fue la responsabilidad…
Pero La guitarrera de San Nicolás, aun inspirada en Camila O’Gorman, esconde una relación directa que Blomberg prefirió poéticamente disimular. Camila, la que cantaba y tocaba la guitarra, también fue fusilada, poco tiempo después, por orden de La Mazorca, agrupación paramilitar de represión rosista dirigida por Ciriaco Cuitiño.
—Porque tú les cantabas de amores / en las noches del Restaurador, / y también, al oír tu guitarra, / las porteñas lloraban de amor. / Un jazmín floreció en tus cabellos, / y al cantar tu postrera canción / de rodillas cayó La Mazorca, / de Cuitiño sangró el corazón. / ¡Ah, qué noche tan triste en el barrio / donde nunca volviste a cantar?!
Cuenta la historia que Camila y Ladislao, segundos antes del fusilamiento y vendados los ojos, volcaron sus cabezas uno hacia el otro y murmuraron: