N° 1870 - 09 al 15 de Junio de 2016
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl exaltado diálogo de Lear con la tempestad (acto III) podría ser solamente una señal de extravío si no fuera, además, la expresión de una conciencia desventurada que hace del dolor y de la humillación un templo cuyas columnas reta y abiertamente ofende. Lear está, es cierto, herido en su orgullo, se siente humillado y despreciado por sus infieles hijas mayores; fue echado de su casa, fue librado sin piedad a la tormenta y asume la lluvia y los truenos como el símbolo del lastimoso remolino al que su ceguera emocional y su soberbia lo han llevado. Pero también se encuentra experimentando la más grande anagnórisis de su existencia; advierte, bajo los truenos, que ha vivido en un universo puramente ficcional, donde el discurso que no cesó de decirse ocupó el lugar de la realidad y lo tuvo encadenado a la mentira de una existencia sobre la que ya no tiene ningún poder. Lear está loco no de locura, sino de lucidez.
El mejor interlocutor que ha encontrado en esa soledad que es el despertar a la cruel verdad cuando ya es tarde para torcer cualquier rumbo, es la borrasca y su estrepitoso rugido: “Brama y desencadénate ¡Oh viento! desplegando todo tu furor”. Este pedido tiene una intención podríamos decir higiénica, catártica; le pide a la furia de los elementos que no deje nada de eso que hasta entonces lo ha cobijado vanamente y creía conocer; su puño está crispado, su aliento es desesperado. Antes que ver la supervivencia de su error y el triunfo de los infames, prefiere que suenen las trompetas del Juicio y que todo sea arrastrado hasta alcanzar las sagradas fronteras del olvido: “Huracanes, cataratas y tempestades, derramad vuestros torrentes sobre la tierra: sepultad bajo las aguas la cima de nuestras torres y de nuestros campanarios: fuegos sulfurosos, ejecutores del pensamiento, embajadores del rayo que estalla y rompe las encinas, abrasad mis canas: horrísono trueno que todo lo conmueves, aplasta el globo del mundo, destroza todos los mundos de la naturaleza, y extermina los gérmenes todos que producen el hombre ingrato”.
Funciona el paralelismo psicocósmico en esta escena donde los elementos y su inclemente acción, sus víctimas visibles y secretas, y todo lo que marchitan o destrozan o directamente matan son los seres reales que forman la tragedia del rey traicionado íntimamente por su necedad y por sus errores, figuras ambas que encarnan la mancomunada perversidad de Gonerila y de Regania, que fueron causa de su ya invencible pérdida de referencia y de identidad: “Agota tus flancos, huracán, derramando tus torrentes de lluvia y fuego; vientos, trueno, tempestad, no sois vosotros mis hijas: elementos furiosos, no os acuso de ingratitud. No os he dado un reino; no sois hijas mías, ni me debéis obediencia”. Con el mismo tono imperativo, más que rogando, ordenando, como un dios caído que no sabe que su reino ahora es el barro, clama por castigo; ve la derrota en la que se ha convertido su existencia y quiere apurar la copa: “Descargad, pues, sobre mí todo el furor de vuestros crueles fuegos”. Pero en la misma frase, sin que medie siquiera una pausa, como agolpándose en su boca las palabras que ya no pueden salir enfiladas, declina hacia una autoconmiseración regresiva, como un niño que se lamenta del juguete roto y espera que alguien se apiade de su dolor, para no sufrirlo solo, para no verse en el supremo despojamiento: “Soy vuestro esclavo sumiso, pobre y débil anciano abrumado bajo el peso de los achaques y el desprecio, y sin embargo, tengo el derecho de llamaros cobardes ministros, que os aliáis con dos hijas perversas, declarándome la guerra desde las alturas, eligiendo por meta de vuestros horribles combates mi vieja cabeza cubierta de blancos cabellos”.
Termina Lear su entrevista con la tormenta postulando que las situaciones críticas, extremas, esas que lavan la costra que vela las verdades del mundo, son crueles pero también necesarias. Porque nadie merece ni puede vivir engañado todo el tiempo: “¡Sepan los potentes dioses distinguir y herir a sus verdaderos enemigos! ¡Tiembla, desventurado, que guardas en tu seno crímenes ignorados e impunes! ¡Ocúltate, sanguinaria mano del asesino! ¡Huye, perjuro, y tú, hipócrita, que bajo la máscara de la virtud, cometes el incesto! ¡Tiembla, malvado, que bajo un velo de humanidad y benevolencia atentaste contra la vida del hombre! ¡Y vosotros, crímenes escondidos a toda mirada, rasgad el velo que os cubre y pedid perdón a los terribles heraldos de la justicia divina”.