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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl último domingo de octubre el espíritu democrático se manifiestó en paz, con las garantías que nuestro sistema otorga, de ausencia de fraudes electorales o poselectorales. Porque pese a los esfuerzos de alguna izquierda vernácula, es una gran cosa que todavía no nos hayamos convertido en uno de esos populismos chavistas donde las elecciones son amañadas o mismo en Cuba (donde simplemente no existen). Nuestro populismo tiene vocación autoritaria (violaciones a la Constitución, al resultado de los plebiscitos, a colocar “lo político por encima de lo jurídico”) pero aún no la emprendió contra el sistema electoral ni contra la libertad de expresión.
El Frente Amplio volvió a triunfar por tercera vez en la primera vuelta de las elecciones uruguayas. Y la victoria fue rotunda, inobjetable, si bien aún es parcial: falta la segunda vuelta. Ese éxito del Frente Amplio, sin haber perdido un voto con respecto a la última elección del 2009, significa una de dos:
1) El Frente Amplio ha hecho un muy buen gobierno y el resultado es el lógico.
2) Todos los demás partidos —como tales— han tenido un cometido opositor deficiente, sin perjuicio de alguna excepción individual.
Como yo entiendo y lo he venido afirmando en este y otros medios de difusión, que el Frente Amplio se ha desempeñado mal en el gobierno, debo descartar la primera hipótesis, quedarme con la segunda y fundamentarla.
Después del desgaste que debieran provocar casi 5 años de gobernar al país y contando los frentistas con mayorías absolutas con lo cual toda la responsabilidad de las acciones emprendidas es solo de ellos, el candidato Tabaré Vázquez obtiene prácticamente el mismo porcentaje de votos que el anterior, José Mujica en el 2009, mientras que en la oposición los aumentos fueron mínimos o hubo directamente pérdidas. Pero no solo eso; cambia a su favor el mapa electoral uruguayo: además de ganar en Montevideo ambas elecciones, en el 2009, el Frente Amplio había triunfado en 9 departamentos del interior del país y ahora lo ha hecho en 14.
Cuando un partido gobernante debe lidiar con problemas acuciantes de inseguridad, de educación, de salud; tiene los lastres de Pluna, ASSE, Ancap-ALUR, las inconstitucionalidades, etc., etc., ¿de quién es la culpa si el electorado no le pasa factura el día de la elección? Es evidente que todos esos temas no fueron adecuadamente explicados y no llegaron al elector durante la campaña ni después, siquiera como una suerte de reflejo condicionado cuando tenía que llenar el sobre para depositar en la urna.
De todas maneras, hay que dar vuelta la página y abocarnos a organizar la campaña para el balotaje, apuntalando al candidato que tenga más afinidad con nuestro pensamiento. En mi caso, sin la sombra de una duda: Luis Lacalle Pou.
En primer lugar, el Partido Colorado debe apoyar en masa y sin defecciones la candidatura no del Partido Nacional, sino del que representa nuestra misma sintonía en materia de educación, de seguridad, de política exterior, de salud, de participación sindical, etc.
En segundo término, los votantes del Partido Independiente lo tendrían que pensar muy bien. A lo largo de toda la campaña electoral el Partido Independiente insistió en la necesidad de terminar con las mayorías absolutas del Frente Amplio. Y si ganara Vázquez, el Frente Amplio vuelve a tenerla en las dos Cámaras, por lo que los legisladores independientes no son necesarios para configurar una mayoría. En cambio, un triunfo de Lacalle Pou le garantiza al senador Pablo Mieres su tan deseado rol de fiel de la balanza en la Cámara Alta, porque su voto sería el decisorio 16º.
En tercer lugar, lo que no se hizo en la campaña, hay que llevarlo a cabo ahora y machacar con lo que ha sido el Frente Amplio en estos dos gobiernos, a dónde nos ha llevado a los uruguayos en los temas que más nos preocupan. Se probó la moderación, ser positivos, condescendientes y no sirvió: el Frente mantuvo su caudal electoral.
Eso pasó en toda la oposición, porque era la tendencia mayoritaria de los politólogos y de los publicistas que asesoran a los partidos políticos, que los candidatos no deben ir a la confrontación con sus adversarios. ¿Y quién gana con eso? A todas luces siempre el partido que está en el gobierno y eso lo entendió perfectamente el Frente Amplio cuando se situaba del otro lado del mostrador: acusando, denunciando, imputando, culpando, compeliendo a investigar, sin hablar de otros métodos que, al no ser los nuestros, no vienen al caso.
Porque no estamos discutiendo sobre campañas opositoras sucias, de injurias, de calumnias, de agresiones tal cual hay en otros países del mundo o en algunos gobernantes uruguayos como el ministro de Defensa.
Nos estamos refiriendo a decir las cosas como son. Si un observador extranjero prestó atención a la campaña uruguaya, seguramente habrá llegado a la conclusión de que el gobierno era muy bueno, ya que apenas lo criticaban, cuando es un quehacer que —por definición— es el del opositor.
Aécio Neves da Cunha, el derrotado competidor de Dilma Rousseff, arañó un triunfo que antes de la primera vuelta era imposible —entre otras cosas— hablando insistentemente de la corrupción del PT.
Sin olvidarse de que en el balotaje se vota a la persona y no al partido, hay que convencer de que la situación económica y el consumismo (del cual tanto reniega Mujica), en ancas de un período de bonanza internacional, ha favorecido al gobierno; pero hay que subrayar que la mayoría de las críticas que se les pueden hacer a las administraciones del Frente Amplio es por temas y problemas que se originaron en la gestión de Tabaré Vázquez, en quien se debe centrar la responsabilidad.
Obviamente, ese cambio de estrategia en forma alguna asegura el triunfo de Lacalle Pou, pero mantener la anterior garantiza la derrota y un tercer gobierno frenteamplista.
Adolfo Castells Mendívil