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    Haciendo boca

    No descubro nada si les digo que hay una guerra en la cual estamos lateralmente involucrados: Almaceneros (entiéndase en su acepción más general para nombrar al comerciante) Vs Rapiñeros. Este torneo de eliminación directa que uno puede seguir por los informativos, no tiene otro destino que el de recrudecer por las más simples y lineales tendencias evolutivas. El enfrentamiento será cada vez más cruento, de acuerdo a lo que he dado en llamar: “Teoría de la Selección Natural del Almacenero”.

    Vayamos al inicio. Para ser comerciante hoy en día, cualquiera lo sabe, hay que tener los cataplines bien puestos. Es más riesgoso ser almacenero que piloto de F1. Las probabilidades de quedar en medio de violencia extrema con peligros físicos y psicológicos tangibles son más altas para un almacenero que para un camarógrafo de la National Geographic que registra una comunidad de gorilas con problemas de tiroides.

    No hay comerciante que no sea rapiñado, es una máxima irrefutable. Para tener un comercio de atención directa al público hay que estar dispuesto a soportar eso como parte de la lógica laboral; como el periodista debe tolerar que se cuelgue internet o admitir que se tejan sospechas sobre su condición de operador de intereses espurios, o el futbolista debe tomar como parte de su trabajo las lesiones y ser tildado de mercenario o cagón en algún momento de su carrera, los comerciantes tienen, dentro de las vicisitudes de su tarea, aguantar una o dos rapiñas por año (hablamos de comerciantes con suerte).

    Después de una rapiña en la que entran con armas y lo encañonan y todo eso que ya sabemos que pasa, ¿quién puede ir al otro día a trabajar al mismo lugar y seguir en su tarea estoicamente, como si nada? Los valientes y/o los perseverantes y/o los trastornados. Muchos abandonarían ante la primera de estas experiencias traumáticas, tipos blandos entre los cuales no me cuento, yo soy de los que ni siquiera necesitan vivir la experiencia, con saber que le pasó al dueño anterior del local o al del quiosco de al lado me alcanza para irme bien lejos a vivir del consumo de licuados de polen. Ante la repetición del hecho violento, una, dos, tres veces más, el camino se estrecha y sólo quedan dos conductas posibles: está el que dice “esto no se aguanta más, me van a matar o me van a volver loco, que es dañino en cualquier caso”, y está el “perseverante competitivo” que dice “a mí estos planchas no me van a ganar, se creen que tienen más huevos que yo, a mí no me digitan la vida estos delincuentes”.

    Los que soportan la presión hostil y siguen al frente del negocio son los que tienen como motor diario el discurso: a mí estos no me echan de mi propio trabajo, les voy a dar pelea. Darles pelea es comprarse un chumbo, aclaro por si alguno pensaba que la lucha era espiritual o haciendo tai chi. Esos son los comerciantes que van quedando, cada vez más radicalizados y fanáticos como única forma de sostener esa estructura mental que les permite resistir; y entre esos que siguen adelante, los que sobreviven son los que realmente usan el revólver, no los que lo tienen de adorno como el gatito chino que mueve el brazo; y entre los que usan el chumbo, los que disparan más rápido y sin preguntar son los más resistentes y perennes. Así, el almacenero más apto es el más violento, paranoico y pragmático, dispuesto a disparar si el cliente le recuerda alguna experiencia violenta pasada o no se decide a tiempo entre dos marcas de agua mineral, si escucha un ruido fuerte o la propia voz de Charlton Heston hablándole al oído. Mientras tanto, los rapiñeros tampoco invierten su tiempo en cursos para dominar la ira, no se crean.

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