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    Bienvenidos a Urunarnia

    El discurso del presidente el lunes pasado no fue un hit, onda Gran Hermano, ni un clásico en el GPC, pero tuvo sus telespectadores

    El discurso del presidente el lunes pasado no fue un hit, onda Gran Hermano, ni un clásico en el GPC, pero tuvo sus telespectadores.

    Entre ellos había una gran dispersión de orígenes.

    Estaban los fieles militantes del Yama, esos que lo siguen desde que era candidato a la intendencia de Canelones (aproximadamente el 2%); los contras de la oposición, a ver dónde podían encontrar algo para hacer un contradiscurso (un 17%); los rebeldes comunistas, que creen que el presidente ha sufrido un lavado de cerebro por parte de unos brujos exorcistas del MPP (un 6%); los que no se bancan ninguno de los demás programas de la tele y están dispuestos a escucharlo con tal de no padecer, por el cable, un programa de comida norcoreana o una (otra) aventura de El mentalista (12%); y los autores de las letras de las murgas, que ya están empezando a juntar material para el Carnaval 2027 (40%). El saldo, hasta completar el 100%, corresponde a los que miran la televisión, pero no la ven, porque necesitan un ruido de fondo innominado, y no importa si en la pantalla están Menecucho y sus Locos del Humor o uno de los predicadores que vociferan para ahuyentar a Satanás.

    Fortunato estaba entre los que habían dejado de ver el discurso en directo, para poder presenciarlo en replay, más tarde, después de cenar.

    Frente a la tele, con su copita de vino en la mano, empezó a mirar con atención aquella interminable letanía llena de buenas noticias, perfección ciudadana llena de virtudes, y aquella acumulación de cifras varias, atribuibles cada una a un éxito en la construcción de un país feliz, siempre pum para arriba y a otra cosa.

    Gracias al somnífero oficial que estaba brindando el primer mandatario y después de haber visto bostezar a Carolina —a quien, además, se le cerraban los ojos de a ratitos—, el pobre Fortunato también empezó a quedarse dormido.

    Cuando sus párpados ya pedían agua bendita por señas para no empezar a roncar sin aviso previo, le pareció escuchar otro de los anuncios presidenciales, que al menos lo hizo pensar que tal vez ya estaba dormido y todo aquello era un sueño o una pesadilla.

    —Y, para concluir, me refiero ahora a los más sacrificados servidores públicos, los funcionarios —dijo don Yamandú, y prosiguió con énfasis—. Somos un poco más de tres millones de habitantes en el Uruguay, y ellos, los empleados públicos, son casi 400.000. Cientos de miles de almas puras y sacrificadas que logran, con su esfuerzo y sacrificio, que el país avance, progrese y llene de satisfacción a todos los hogares orientales.

    Por ello —continuó—, hemos decidido hacer primero un relevamiento de las escasas ventajas de las que gozan merecidamente en el ejercicio de sus tareas y mejorarlas, como corresponde a un gobierno obsesionado por cultivar el reconocimiento justo y redistributivo a sus servidores públicos. Para empezar, mejoraremos el importe de poco más de $ 20.000 que se les otorga actualmente para financiar las congruas subsistencias de sus hogares. Pasaremos a entregarles a todos ellos, a partir de ahora, $ 40.000 para comidas, por encima de sus sueldos. Y en cuanto a las distribuciones de los resultados de las multas que se cobran en las intendencias, hay una selva de montos diferenciales, que deben unificarse. Seguiremos el ejemplo de Tacuarembó, que entrega el 75% del importe de las multas a los funcionarios de las oficinas de tránsito. Ahora todos, en todas las intendencias, pasarán a ese justo porcentaje.

    Y sigamos —dijo Orsi— con los beneficios en especie, los kilovatios gratis que se llevan los empleados de UTE, los hectolitros de agua gratis que se llevan los de OSE, las guarderías gratuitas que tienen los de Antel, junto con las bonificaciones por gastos de telefonía fija, móvil y de datos que también les tocan, los “remanentes” del cobro de entradas que se les otorga a los del Sodre, las exoneraciones de contribución inmobiliaria y de patentes de rodados que se les otorgan a muchos funcionarios, pero no a todos, las exoneraciones de pagos de psicólogo, dentista y lentes, incluidos los de contacto, de las que gozan otros tantos, las primas por nacimiento de los hijos, por matrimonio y por hogar constituido que benefician a otros tantos y que, cuando se jubilan, siguen disfrutando, y cuando mueren, les siguen tocando a viudas, hijos, nietos y bisnietos —enfatizó el presidente—. Ahora, todos esos beneficies les tocarán por igual a todos los funcionarios públicos, los KW, los litros de agua, las guarderías, los lentes de contacto, las horas extras por estar a la orden, que se pagan igual, se trabaje o no, y hasta extenderemos algunos de esos beneficios. Por ejemplo, los alumnos de las guarderías tendrán en lo sucesivo un viaje a Disneylandia gratuito una vez que terminen los cursos de cada año y sus maestras gozarán de cruceros por el Caribe para reponerse de su dura labor cotidiana durante el año lectivo, también en forma gratuita, obviamente. Se repartirán globos y caramelos financiados por el Estado en todas las fiestas de cumpleaños de los hijos de los funcionarios, ahora extensible también a los nietos y, por qué no, también a los propios funcionarios, quienes dispondrán de vales por pizza, cerveza y vino tinto en sus propios cumpleaños, lo que culminará, de ahora en adelante, con un gran asado de fin de año que financiarán las arcas del Estado en todas y cada una de las reparticiones públicas. Todos estos beneficios —culminó el presidente— serán justos, porque si no, ¿para qué estamos creando el ministerio de justicia? ¡Es para que vigile todo lo que con justicia les corresponde a nuestros héroes de la administración pública!

    Por suerte, Fortunato se durmió toda esta parte del discurso, porque si no, el vinito le habría generado un fuerte ardor de estómago…

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