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    Haciendo boca

    Cierro mi exposición sobre la Industria de la Opinión (en las columnas anteriores hablamos de los medios de opinión y las Carreras de Opinión mal llamadas Ciencias Sociales), con el colectivo que más jugo le ha sabido sacar: los politólogos; a quienes aludiré indistintamente junto a los encuestadores por una cuestión de practicidad (y porque son los mismos tipos). Dentro de todos los parásitos de la opinión ellos pertenecen a una casta especial y superior que se alimenta de la opinión pura y dura, y hasta son capaces de generar su propio alimento de opinión, una suerte de fotosíntesis; son como los veganos de la opinión pero a la vez son el vegetal que come el vegano. Trabajan con el acopio de opinión de la gente, pero fundamentalmente de opinar de las opiniones que generan en la gente las opiniones de los políticos. ¿Qué hacen? Encuestas de opinión, a troche y moche. Han establecido algo a lo que llaman método, con una parte estadística que ordena las opiniones y trae numeritos. También cobran —más, es un servicio extra que se paga aparte— por opinar sobre las encuestas de opinión. Le llamarán análisis profundo y detallado, estudio complementario cuali-cuantitativo, o algún nombre que le de entidad al ejercicio.

    Son la base de las decisiones en una sociedad, se necesitan encuestas para todo. Nos pasamos la vida haciendo encuestas. Y las encuestas tienen una notable inclinación a decirle al cliente lo que quiere escuchar; pero no es culpa del encuestador politólogo al frente del procedimiento, es plena responsabilidad del cliente, quien exige de manera tácita que la encuesta refleje un tanto la realidad y otro tanto su deseo. Lo bien que hacen los encuestadores, si quieren que ese cliente los vuelva a contratar, en torcer un poquito la realidad para que se arrime al calor de la expectativa del contratante. Nadie se manda hacer una encuesta para que le de mal, el tipo quiere poder mostrársela después a sus empleados, colegas, amigos, o familia, y decir: “mirá qué lindo lo que opina la gente de mí, abuela”. Si gasta esa plata, le tiene que dar algo que lo reconforte en algún punto. Lo mismo sirve para el caso de una empresa o una repartición del Estado. Lo primero que pregunta el de la encuestadora es: ¿y a usted qué le gustaría que le dé?, y hay uno que anota.

    Un suponer: el sector “Milonga Nacional” del Partido Nacional contrata una encuesta, quiere saber qué opina la gente de su sector y qué nivel de favoritismo tiene. ¿Le va a dar mal? ¡No! Le va a dar lo mejor posible, sin llegar a la fantasía absoluta. No digo que le mientan, de ninguna manera, pero se ayuda con un truquito inofensivo en las preguntas apenitas capciosas por aquí, un efecto visual por allá, etc. Ejemplo: “Marque con una cruz qué agrupación le simpatiza en la interna blanca”, en la hoja se le pone MILONGA NACIONAL bien grande, tipografía 48, y las otras más chiquito: unidad nacional, alianza nacional, hijosynietosdeherreristas, CRN (esta puede ir grande porque es la de Saravia y además parece la sigla del Centro Nacional de Reclusión, nadie la va a marcar). También se le puede humedecer la parte del papel de los sectores contrarios, y como en esa zona no le escribe bien la lapicera el encuestado termina haciendo cruz en Milonga Nacional porque es más cómodo y se tiene que ir al dentista. Y así miles.

    Es de caballero torcer un poquitito la encuesta para que le dé bien al cliente, y es de profesional que quiere que lo vuelvan a contratar. El cliente es bastante infantil en ese sentido: si le da mal a él, se calienta con la encuestadora y sale a buscar otra.