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    Haciendo boca

    Teniendo en cuenta el momento que atraviesan ambas instituciones, los hinchas de Nacional y Peñarol deberían invertir el orden en pos de la felicidad: en lugar de juntarse frente al televisor y esperar que gane su equipo, sería mejor que se sentaran a ver cómo pierde el otro. La satisfacción es casi la misma, incluso no sé si no es más lindo ver perder al otro. Este plan sanitario no solo mejoraría la vida de los hinchas de Nacional y Peñarol, sino la de todo el resto de los habitantes. El hincha de Nacional es mucho más simpático mirando a Peñarol perder que viendo jugar a este Nacional actual, y lo mismo pasa al revés: el hincha de Peñarol es un ser humano agradable mientras ve a Nacional caer en desgracia, cosa que no se puede afirmar de él cuando juega Peñarol.

    Lo que —ya que estamos— deberían entender los hinchas de Nacional y Peñarol de una buena vez, es que por más que se sientan superiores al contrario (incluso superiores moralmente como les pasa a los hinchas de Nacional, quienes piensan que El Mal se concentra y organiza en la institución Peñarol), por más que se denosten y se nieguen, unos no podrían ser felices sin los otros, jamás. Más aún: la razón de existir del hincha de Nacional es Peñarol, no Nacional, y la razón de existir del hincha de Peñarol es Nacional, no Peñarol. La construcción de identidad de ambas hinchadas es por oposición a la otra; por eso pueden pasarse horas discutiendo la gansada del decanato, que no tiene ningún interés salvo el de confirmarse a través de la negación del otro. Para quienes no estamos en ese universo paralelo conformado únicamente por hinchas de Peñarol y Nacional, es una de las discusiones más aburridas y estúpidas posibles. ¿Qué mérito tendría haber sido fundado un tiempito antes que el otro? ¿Qué certificación de calidad otorga? ¿Alguna vez vieron a un judío diciéndole a un cristiano “nosotros llevamos miles de años más que ustedes en el calendario, manga de giles”?

    Desde la perspectiva de un tercero, extranjero en ese universo paralelo, les advierto: traten de no anular al otro porque si desaparece Nacional desaparece el hincha de Peñarol y viceversa. Es lo mismo que le pasaba a Saramago con la Iglesia, y espero que lo haya entendido antes de su muerte. El viejo, que prácticamente no hizo otra cosa que descalificar a la Iglesia durante los últimos 20 años de vida, adjudicándole prácticamente todos los males de la sociedad y vendiendo libros al respecto, terminó supeditando su existencia a la de la Iglesia Católica como cualquier sujeto obsesionado en destruir algo.

    Puesto de otra forma, se puede decir que el hincha de Nacional o Peñarol depende tanto del equipo rival como los changos televisivos rioplatenses dependen de la existencia de Tinelli. Si Tinelli se extingue los changos que orbitan alrededor mueren, como les pasó en su momento a los changos de Olmedo, igualito. Cayó Olmedo del balcón y nunca más supimos de Susana Romero o Silvia Pérez. Así de intensa es la dependencia que tiene el hincha de un cuadro grande con respecto a su rival. El día que no haya más sunitas se terminan los chiítas, cuando no queden tutsis se acabarán los hutus, sin capitalismo desaparece el comunista (más todavía), un día Bill Gates se retiró de Microsoft ¿y qué le pasó a Steve Jobs? Se murió, señores. Dios (o Saramago) se dio cuenta de que ya no tenía sentido mantener con vida a ese individuo que se forjó como el opuesto del otro, su razón de existir había terminado.