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    Haciendo boca

    Insisto: estar en contra del ajuste es como estar en contra del invierno; se recibe aprobación popular cuando uno lo expresa desde la indignación pero no tiene sentido ninguno. Dicho esto, y siempre tratando de recordar que no hicimos casi nada perdurable durante esta década de bonanza pero la pasamos bien, consumimos, disfrutamos y salimos en noticieros de otros países que es lo que más nos gusta en el mundo; tampoco se me puede exigir así a la ligera que abrace el aumento de impuestos y tarifas como una etapa más de la justicia social. Acá hay gente que te aplaude hasta los ajustes como medidas de redistribución de la riqueza y sale a cazar insatisfechos con el calderín de la moral y el interés colectivo: “¿Te quejás porque no podés cambiar el auto para ir a Miami a comprarte ropa de marca con el celular último modelo?”. Nunca pude hacer eso, y menos a la misma vez; y no me estoy quejando, simulo exigencias.

    Quisiera detenerme especialmente en los que repiten con lucidez implacable que las decisiones antipáticas del gobierno y otras penurias coyunturales son consecuencia de “la crisis del capitalismo”. Esos no pierden una, se van a ir a la tumba invictos, les comés la reina y te dicen que prefieren jugar a las damas. Cuando estallaban los precios de los commodities y la plata sobraba como para llenar bolsillos y recalentar el consumo interno que agitara la economía y nos sumergiera en ese estado eufórico tan parecido a la prosperidad pero que no está ni cerca de eso y ni del desarrollo, era el resultado de los gobiernos progresistas redistributivos latinoamericanos inclusivos sustentables, y ahora que hay que ajustar es la crisis del capitalismo. Algunos tuvieron más suerte y pueden echarle la culpa de todo a Macri, a seis meses de asumir, como si la economía se parara en seco con el cambio de mando, reseteara y arrancara de cero, automáticamente, para el otro lado como el Poder Judicial (la Justicia es ciega pero no mastica envases retornables, es rápida la cieguita para adecuarse a los vuelcos del poder, al menos en Laaargentina, la economía es bastante más pelotuda en ese sentido).

    Además, permítanme decirles que al socialismo no le está yendo mucho mejor en este momento —ni en ningún otro de la historia universal. Y si hay que elegir crisis, me quedo con las del capitalismo salvaje, son las mejores, uno se puede quedar sin nada: casa, trabajo, cobertura médica, pero al menos puede escribir en su celular pestes sobre el sistema económico imperante y donde tenga suerte y algo de convocatoria arma un movimiento por Facebook; las crisis del socialismo como las que se ven en Venezuela, Cuba o Corea del Norte no ofrecen muchas comodidades ni alternativas, la verdad, menos para gente como uno, que jamás fue de los que salieron gananciosos en una montonera de 26 personas tratando de comprar un chorizo en el tablado o un electrodoméstico en Carlos Gutiérrez, imaginen qué chance tendría en una muchedumbre de 5.000 esperando para conseguir un rollo de papel higiénico o una bolsa de harina. Por otro lado, las crisis de los regímenes feudales como Afganistán u otros lugares preciosos de Musulmania y/o África tampoco seducen demasiado, salvo que uno haya hecho un taller en el manejo del machete o la AK-47. Desde esta cómoda postura burguesa, individualista, antiutópica, inhumanista, despreciable, debo decirles a todos aquellos que gustan utilizar la expresión “crisis del capitalismo” con esmerada rebeldía, que me sigo quedando con las crisis del capitalismo; sin ser un all inclusive en Playa del Carmen algún que otro servicio de contención funcionando les queda, y alguna pequeñísima chance de supervivencia, aunque sea ridícula, te dan; casi como la vida misma.