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    Haciendo boca

    “Solo hay dos cosas seguras en este mundo: la muerte y los impuestos”, Benjamin Franklin, fundador de EEUU, Modelo de Billetes de U$S 100.

    “De ninguna manera se le puede llamar tarifazo”, Danilo Astori, ministro de Economía, inspector nacional de Semántica.

    “Un turrón es un turrón y un tarifazo es un tarifazo”, Edgardo Novick. Pensador popular Grado 5 en Tautologías.

    “En diciembre UTE te premia. Y en enero: UTE te preña”. Anónimo.

    Mientras nosotros mantenemos esta fundamental y elevada discusión acerca de cómo llamarles a los aumentos de las tarifas, nuestra ministra de Turismo nos avisa que Uruguay ha llegado a los 3 millones de visitantes en el 2016. Tomando esa cifra como cierta, aunque sepamos que no lo es, porque somos grandes y ya aprendimos que toda estadística refleja más los deseos de quien se la manda hacer que la realidad supuestamente medida (desconozco cuál es el truco específico en este caso pero intuyo que, entre otras variables generosas con el objetivo de engrosar el número, deben contar los uruguayos que viven en el exterior y entran a ver parientes, una gran ventaja estadística generada gracias al fino arte de expulsar gente durante décadas y mantenerla atada con los hilos paralizantes de la nostalgia chauvinista barata), lo primero que uno debe hacer es admitir con gallardía que la conducta del turista es un misterio indescifrable. A priori no existe una sola razón valedera para que un individuo decida gastar sus días de ocio y recursos económicos generados durante un año de trabajo en estas humildes calles, por no decirles calles de mierda, con precios similares a los que pagaría en las calles del Principado de Mónaco o alquilando un penthouse en Tokio. Alguien podría pensar que no hay vínculo alguno entre el aumento de las tarifas y el país turístico que nos queremos hacer creer que somos, pero la relación es directa (precios), y también estructural, profunda y simbólica: ambas disciplinas (facturas y turismo) ilustran nuestro accionar cortoplacista recaudatorio depredador, filosóficamente ubicable dentro de un marco teórico conocido en la academia económica como “pensamiento de almacenero”; vivimos con un cuaderno en el corazón y una lapicera en la oreja. Así funciona nuestro sistema cognitivo en lo comercial, y así también actúa nuestro dios El Estado. A propósito de negocios y creencias: Sturla cerró el año como un ganador con la gilada de las balconeras de la Navidad de Jesús, vendió 30.000 banderas a 3 tintas, un negociún, si no es el emprendedor del año pega en el palo; por supuesto que ni bien vi las balconeras pensé: esto va a ser una derrota triste de la Iglesia, no hay chance de que Jesús le gane a Papá Noel en ningún rincón del mundo, los derechos de imagen de la marca Jesús los maneja la Iglesia (con su anacronismo característico solamente superado por los musulmanes y los judíos ortodoxos) y a Papá Noel lo representa la Coca-Cola, no va a funcionar. Anótenme otro poroto como visionario del mundo de los negocios.

    Vuelvo al meollo: el problema nacional más importante que tenemos es que somos un país de almaceneros. Por eso pierden nuestras empresas públicas, se funden nuestras empresas privadas si no las financia el Estado hasta el infinito (que en paz descanse Fripur), y por eso tampoco se les da a nuestras empresas del Derecho Privado nacidas del apareamiento de dos empresas públicas, como Gas Sayago, hija del dios UTE y la diosa Ancap según la mitología batlleberretinista. Así es que el mundo ultracompetitivo del turismo tampoco parece hecho a nuestra medida. Estimados turistas, uruguayos que vinieron a pasar las Fiestas porque añoran un Uruguay que en el mejor de los casos ya no existe y en el peor nunca existió, viejas que bajan del crucero a estirar las patas, gente que vio luz y entró, incautos en general, ¡Bienvenidos a Almaceneroland!

    Dentro de la población activa hay tres categorías: empleados (estatales, privados, domésticas, etc.), empresarios estatales, y almaceneros en todas sus formas. Y no tengo nada contra los almaceneros.

    Entre otras perlas características de Almaceneroland, pueden vivir una experiencia irrepetible: el vendedor uruguayo es el único vendedor en el mundo que no quiere vender. Cuando su negocio no está cerrado directamente (vayan un fin de semana por la Ciudad Vieja y verán la muerte paseando en crocks), se encarga de transmitir un desinterés especial por el cliente, o lo somete al desollamiento feroz cobrándole 120 pesos un café tibio en un pocillo sucio. Lo de los servicios no se nos da, es como las veredas con baldosas parejas, que tampoco se nos dan, no conseguimos 10 metros consecutivos de vereda homogénea y en buen estado, no tiene que ser el Paseo de las Estrellas en Hollywood o la moquette del Moviecenter, algo que no haga recordar a Kabul sería suficiente.

    El Uruguay turístico ni siquiera se sostiene como mentira porque en Almaceneroland tampoco somos buenos mintiendo, o ligamos mal o nos da pereza o alguien googlea el nombre del caballero de la derecha y justo entra un fotógrafo en Lindolfo mientras comen todos juntos porque no encontraron un lugar menos céntrico y ubicuo para acomodar la mentira, o ligaron mal o les dio pereza. Lo único que escapa más o menos a esa lógica de nuestra idiosincrasia es Punta del Este, un tiempo compartido de la vida supuestamente suntuosa inventado por los argentinos. Ellos son los creadores, los consumidores principales, y los que mantienen la estafa de Punta del Este; incluso los brasileros que vienen a Punta del Este son producto del engaño argentino, nosotros no hicimos nada, ni siquiera sabemos cómo funciona ni por qué. No se habrán creído que es Kechichian la que trae a esos miles de adinerados en busca de embotellamientos al rayo del sol camino a la Barra, o fue Bordaberry en su año y medio de ministro de Turismo regalando botellas de vino personalmente, o son los encantos de los maldonautas como vendedores de servicios que se vuelven irresistibles para millonarios de mal gusto.

    En cuanto a Montevideo la Mustia, ha mejorado muchísimo como atracción turística desde que le pusimos el cartel de Montevideo en la montañita del Kibón. En un principio yo lo veía como un adefesio espantoso y terminó siendo el éxito edilicio más grande que ha tenido esta ciudad desde la construcción del Palacio Salvo (porque el Diamantis Plaza prometía mucho pero al final no fue la joya de la arquitectura que creíamos, ni el punto de concentración de empresarios internacionales exitosos y multimillonarios que suponíamos iba a ser).

    Feliz año, disfruten de Almaceneroland.

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